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El Escape y los Zapatos de Shabat

El Escape y los Zapatos de Shabat

¿Qué empaca un niño de 8 años cuando se escapa de su casa?

por Jan Weber

No son nada especial, simplemente zapatos negros lisos con cordones. Mis hijos ocupan estos zapatos para ocasiones especiales y para Shabat. Nosotros los llamamos: “Zapatos de Shabat”.

Nunca me detuve a pensar en estos zapatos hasta la última primavera en la que mi hijo de 8 años decidió escaparse de la casa. La causa de este histórico primer (y esperemos último) episodio fue una combinación de cosas. Avi se sentía sobrepasado; demasiadas tareas, una discusión con su hermano Jacob, una colación saludable (es decir: nada de golosinas), y nada de tiempo para jugar Hockey.

Avi es un niño típico. Sus prioridades son la comida y el Hockey; Hockey y comida, dependiendo del gruñido de su estomago. Su mayor dicha es comer helado mientras ve el partido de los Filadelfia Flyers.

Envié a Avi a su habitación por unos minutos luego de una discusión entre él y su hermano Jacob. El salió 10 minutos después con una maleta y anunció, “¡Me voy de la casa!”.

Y se fue por la puerta, dejando a su sorprendida madre atrás.

Antes de que llegara a la calle, lo convencí de que volviera a entrar a la casa por un bocado.

(¡Gracias a Dios por esas prioridades!) Me senté con él mientras comía y discutimos los detalles de su escapada. ¿A dónde iría? ¿Cómo comería? ¿Dónde vería los partidos? ¿Qué había empacado?

¡Ah! ¿Qué había empacado? Algo de ropa, un cepillo de dientes, su gato (su peluche preferido) una frazada, y sus cartas de hockey. “Bueno Avi, suena como si tuvieras todo”, le dije. En realidad sonaba como si hubiera empacado para una noche en casa de su Abuela, pero no le dije eso por miedo a que realmente quisiera ir a su casa en Cherry Hill.

“¡Ah, sí!, también empaqué mis zapatos de Shabat para que nos podamos ver en Shabat en el Shul”. Añadió como si nada.

 

No sabía si llorar o reír, así que hice las dos.

No sabía si llorar o reír, así que hice las dos. En ese momento, me di cuenta de que sus prioridades iban bastante bien. Él realmente se fue, caminando muy despacio hasta el final de la calle. Lo alcancé a mitad de camino. Lo abracé y le dije que lo extrañaría demasiado si se iba y que tratáramos de solucionar nuestros problemas. “Además, no quiero esperar hasta Shabat para verte de nuevo. Por favor vuelve a casa”.

Volvió, y como tenemos suerte, había helado en el refrigerador y un partido de los Flyers en la televisión. Mientras desempacaba su maleta, puse lo zapatos de Shabat en su closet y realmente aprecié las prioridades de este niño de 8 años.

Publicado: 10/1/2010


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