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Caminando con mi padre

Caminando con mi padre

Nunca caminamos solos.

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Los padres pueden enredarse con los horarios de los niños, las actividades de después de la escuela, el estrés de la tarea atrasada y los exámenes. Las constantes dificultades que surgen de disciplinar y planificar la vida de nuestros hijos pueden hacernos perder de vista el panorama general. Nos olvidamos con facilidad que educar a nuestros hijos es en realidad un camino de amor.

A pocos días del yortzait de mi padre, recuerdo cómo él tomaba mi pequeña mano en su gran mano y me daba el regalo de sus palabras para conducirme a través de muchas etapas de la vida. Aunque él ya no está más a mi lado, siempre tendré la imagen de él caminando junto a mí e intentando compartir un legado de vida. Estos son dulces momentos que para mí están congelados en el tiempo. A pesar de que ocurrieron hace muchos años, la marca que dejaron nunca se borró de mi alma. Mi padre me hizo saber que yo nunca camino sola. Quizás es una buena idea pensar sobre cuál es el mensaje que nos gustaría que nuestros hijos recuerden cuando piensen en nosotros después de que hayamos dejado este mundo.

Tiempo de amor

Agosto, 1984

La suave música sonaba a la distancia. Frente a mí había dos altas puertas que pronto se abrirían. Tenía puesto mi vestido de novia de tul, el velo cubría mi cara y esperaba con ansias mi caminata hacia la jupá con mis padres a mi lado. Comenzaba una nueva etapa de mi vida, y estaba sumamente emocionada de empezar mi vida de casada.

Mi padre me hizo una señal. Quería decirme algo. Tomó mi mano y vi que sus ojos se humedecieron. “Sheyfala”, susurró (él siempre me llamaba “Sheyfala”, un término de cariño en idish). "Cuando camines esta noche hacia la jupá, quiero que sepas que no estás caminando sola. A tu lado están todos tus santos abuelitos y abuelitas que te antecedieron. Sus almas están aquí y te traen bendiciones; son sumamente santos y te cuidan. A donde sea que te lleve la vida, nunca debes temer”.

Yo sabía que mi padre había perdido a sus padres y a toda su familia en el holocausto. Yo sabía que para él había sido un milagro ver la vida comenzar de nuevo; que había inhalado desesperación, pero exhalado fe. Y ahora compartía esa fe conmigo. En el momento en que comenzaba mi vida como joven novia, mi padre quería que yo supiera que mi fe siempre me ayudaría. Él me dio esta bendición, esta increíble noción de que nunca caminamos solos.

Las puertas se abrieron y comenzamos nuestra caminata hacia la jupá tomados de la mano.

Tiempo de vida

Septiembre, 1985

“El doctor dice que necesito caminar”.

Ahí estábamos, esperando el nacimiento de nuestro primer hijo. Mi esposo y yo llegamos de madrugada al hospital pensando que yo estaba en pleno trabajo de parto, pero en lugar de eso me informaron que tenía todavía mucho tiempo por delante. Mis padres llegaron y compartí con ellos el consejo que nos había dado el doctor: caminar era lo mejor que podía hacer.

Una vez más, mi padre me tomó de la mano. “Ven Sheyfala, demos un paseo juntos alrededor de la cuadra. Si sientes un dolor terrible, aprieta mi mano”.

Apreté fuerte la mano de mi padre ese día. Tenía miedo de hacerle daño, pero él se rió y dijo: “Para eso están los padres”. A medida que caminábamos, él me recordó una vez más que yo nunca camino sola.

Esa noche mi esposo y yo recibimos a un precioso niño en este mundo. Le pusimos el nombre del hermano mayor de mi padre, a quien se llevaron los nazis, dejando atrás una hermosa familia de la cual tampoco nunca se supo más. Mi padre llevaba sus vidas consigo; pero a pesar de que era una pesada carga, nunca se permitía amargarse o perderse en la tristeza. Nunca decía una palabra de queja. Yo sabía que con el nombre de nuestro hijo podíamos darle un poco de consuelo por todo lo que había perdido. Y mi padre nos ofreció gran amor y paciencia para todos nuestros hijos que siguieron.

Ver a mi padre educar a mis hijos fue una lección de alegría. Llevaba a los pequeños al lago que había frente a nuestra casa y se reían mientras alimentaban a los patos con jalá. Él disfrutaba cargar a nuestros bebés en sus hombros, y merecerlos y dormirlos con sus besos. Siempre tenía tiempo para otra historia antes de dormir o para recitar el Shemá. Cuando los niños crecieron, les encantaba visitarlo porque él los escuchaba... realmente los escuchaba. Mi padre nunca era impaciente; nunca parecía cansado o aburrido; nos hacía sentir queridos incondicionalmente a todos. Yo sé que él tenía muchas presiones. Pero de alguna forma, siempre hacía el estrés a un lado, ponía una magnífica sonrisa en su cara y se deleitaba con nosotros, sus hijos y nietos. Esta es la inspiradora forma de educar a la que recurro mientras intento subir la propia escalera de mi vida.

Tiempo de pérdida

Enero, 1996

“El doctor dice que necesito caminar”.

Una vez más estaba en un hospital, pero esta vez no estábamos esperando el fascinante nacimiento de un niño. Mi padre estaba en el hospital Memorial Sloan Kettering de Nueva York, el cual se especializa en tratamientos de cáncer. Yo sabía que él estaba muy enfermo, a pesar de que recién hace unas pocas semanas habíamos descubierto que estaba enfrentando la lucha de su vida. Estábamos consternados. Mi hermoso padre de 1,89 m., quien siempre nos cargaba sobre sus anchos hombros, ahora estaba en una cama de hospital. Yo pasaba tiempo con él y mi padre me contó que el doctor había dicho que sería una buena idea caminar por los pasillos. Ayudé a mi padre a levantarse de la cama y nos acercamos al pasillo.

Mi padre me tomó de la mano. Dimos unos cuantos pasos, en silencio. Yo no sabía qué decir.

Mi padre dejó de caminar por un momento.

Sheyfala”, dijo al tiempo que se volteaba para mirarme. “¿Recuerdas otro paseo que hicimos una vez juntos? ¿Te acuerdas que entonces dijiste que el doctor quería que caminaras?”.

Asentí sin poder pronunciar una palabra.

“Este es un paseo diferente, lo sé. Pero aún estoy tomándote de la mano. Y todavía puedes apretar mi mano si sientes dolor. Quiero que sepas que incluso aquí, nunca caminamos solos. Nunca tienes que tener miedo. Y cuando algún día yo no esté aquí a tu lado, quiero que sepas que aún estaré a tu lado, caminando junto con tus abuelitos y abuelitas. Nunca caminarás sola”.

Poco después mi padre me dio su bendición final. Me dejó un legado sobre cómo educar que intento seguir cada día.

A medida que educamos a nuestros hijos, debemos intentar mostrarles que disfrutamos estar con ellos. Tenemos que transmitirles el mensaje de que aunque haya presiones y momentos de estrés, escuchamos sus voces y nunca nos alejamos de ellos. Y cuando haya momentos de desafío o de miedo, debemos darles un mensaje de fe.

“Mi querida hija, nunca caminarás sola. Sin importar lo que pase, yo estoy aquí a tu lado. Nunca tengas miedo”.

5/1/2015

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