Hacia el final de este artículo diré que aprender a utilizar para bien mis palabras es una de las cosas más difíciles que me propuse en la vida. Creo que nunca escribí nada que fuese más cierto.

Las palabras que están leyendo son la prueba concreta.

Hace unos días, en estos mismos renglones, yo justificaba con una anécdota infantil el nacimiento de mi tendencia a lastimar con las palabras.

Por regla general no escribo si no siento que hay algo bueno para aportar y en ese momento creí estar en un lugar de superación en donde ya estaba encaminada en el camino de utilizar el regalo del habla para bien.

Hoy escribo desde un lugar más humilde, al haber descubierto que imperceptiblemente sigo lastimando con palabras, así que, de superada, nada.

Los párrafos que quité estaban bien redactados, eran divertidos y explicaban a la perfección por qué me aferré a las palabras como forma de defensa. La triste ironía es que con las mismas palabras con las que quería demostrar mi superación, alguien salió lastimado.

Aunque una vez que las palabras salen de la boca es imposible volver a guardarlas, esta vez, gracias a la tecnología y a la gentileza de los editores de Aish HaTorá que me permiten corregir lo escrito, los dejo aquí con la segunda parte del artículo, que paradójicamente, al estar mutilado, logra cerrar el círculo perfectamente.

Una ametralladora invisible

Desde muy pequeña, a falta de fuerza física, yo aprendí a atacar con las palabras. Para defenderme, desarrollé una lengua filosa que como una ametralladora disparaba cientos de balas por minuto.

Cada vez que me sentía atacada, aguzaba la lengua. Enfocaba los puntos débiles de mis víctimas y arremetía con precisión alucinante. Ratatatata, eres mala en el estudio. Ratatatata, te mereces que nadie te quiera. Ratatatata, tienes un grano en la cara.

Lo que se aprende en la niñez tiene un impacto profundo, y una vez que la lengua se desata, es difícil volver a controlarla.

Durante muchos años esa insensibilidad se convirtió en parte de mi personalidad. Con el tiempo, por supuesto dejé de hablar como una niña mal educada, pero adopté formas sutiles de violencia verbal. Con balas de menor calibre, seguía disparando.

Una espada de doble filo

Nunca le decía a nadie en la cara que me parecía un torpe, pero sí ponía cara de impaciente cuando la persona delante de mí no podía desenganchar el carro del supermercado.

No mencionaba que el trabajo práctico de mi compañero me parecía horrible, pero chasqueaba la lengua y arrugaba la nariz cuando me preguntaba si me gustaba.

Me anticipaba a contar el final de un chiste para demostrar mi inteligencia.

Desvalorizaba los logros ajenos contando una hazaña propia que los superaba.

Bostezaba en mitad de una conferencia.

Llamaba a alguien por su apodo, aunque sabía que le molestaba.

Ponía los ojos en blanco cuando una abuela no se arreglaba con el cajero automático del banco.

Me reía de un tropezón, me burlaba de un error ortográfico, menospreciaba las opiniones ajenas. Ratatatata. La lista es larga.

Hay miles de maneras en las que sin darme cuenta hería a las personas que me rodeaban.

Lo extraño es que no sentía las cosas que decía. Pensaba que las palabras eran como pompas de jabón que explotaban en el aire sin dejar rastro.

Creía que a las palabras se las lleva el viento, pero la vida me demostró que ese viento, sopla para adentro.

Mis palabras siguen allí y su eco se escucha en todas mis relaciones. En especial en las de la gente que más quiero.

Volver y revolver

Desde hace un tiempo estudio diariamente las leyes de onaat devarim (causar daño con nuestras palabras) para intentar corregir ese rasgo deplorable de mi carácter.

El precepto de no lastimar con las palabras se aprende del versículo en Levítico (25:17): "Lo sonu ish et amitó" (no agredirá el hombre a su compañero) y aunque a primera vista parece fácil de cumplir, está lleno de vericuetos por donde las palabras hirientes se nos escapan.

El Rey Salomón escribió: "Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada, pero el habla del sabio es medicina".

Yo quiero curarme. Cada día que pasa me avergüenzo más de la manera en la que hablaba cuando estaba enojada, cansada o de mal genio.

Aprender a utilizar mis palabras para construir en lugar de destruir es una de las cosas más difíciles que me propuse en la vida. Lo dije al principio y lo repito al final.

Si pudiese pedir un deseo, sería que quienes me rodean, nunca y de ninguna manera salgan lastimados.