En un vecindario ruinoso y descuidado de East Cleveland, un grupo de judíos ortodoxos con barba y kipá desentonan muchísimo. Pero cada mañana, ellos se abren paso hacia el centro, a sus almacenes, aparentemente abstraídos de su entorno abandonado.

Shimón Weiner es uno de esos hombres. Desde su oficina en la calle East 131, a veces ve gente, principalmente afroamericanos, vagando sin rumbo por calles desiertas. A veces alcanza a ver una pelea ocasional, y todos los días sin falta ve hordas de niños corriendo hacia y desde la escuela pública que está a la vuelta.

Cuando la piedra golpeó su ventana, Shimón saltó hasta el techo.

Fue al final de un día escolar cuando se rompió la primera ventana. Shimón oyó un fuerte "crac" en el momento en el que la piedra, perfectamente dirigida, encontró su objetivo. Se escucharon fuertes risotadas que acompañaron a la lluvia de vidrios rotos. Cuando el incidente pasó de ser un evento aislado a una actividad de ocio preferida, Shimón decidió que no se iba a quedar sentado.

Cuando la segunda piedra golpeó su ventana, Shimón saltó hasta el techo.

Bajó las escaleras corriendo y tomó por el cuello al primer chico que pudo. Después de cambiar unas pocas palabras con el grupo de jovenzuelos aterrorizados, finalmente los dejó ir con amenazas si llegaba a ocurrir de nuevo.

Se sorprendió cuando el otro día comenzó con un agradable crrrac.

Shimón Weiner no es un hombre pequeño. Cuando salió disparado a la calle esa mañana, los chicos comenzaron a temblar. Después de expresar su ira, Shimón liberó a sus cautivos con la amenaza de que si alguna vez llegaban a tirar otra piedra, desearían no haber nacido.

¡Oy! Se dijo Shimón a sí mismo, mientras volvía a la oficina calmándose un poco. ¿Qué he hecho? Pelearme con niños de los barrios pobres no es lo más inteligente para hacer, y rápidamente se dio cuenta de las ramificaciones de su reacción. Telefoneó a la escuela y pidió hablar con el rector.

"Un grupo de sus niños está yendo a la escuela y posiblemente están un poquito conmocionados", admitió avergonzado. "Estuvieron rompiendo mis ventanas y yo perdí la calma". Luego agregó: "Quiero pensar en una manera constructiva para frenar su comportamiento".

El rector tomó la iniciativa de dar el número telefónico de Shimón a los padres de los estudiantes ofendidos. No pasó mucho tiempo hasta que recibió una llamada.

"¿Hablo con el Sr. Weiner?".

"Sí", dijo Shimón, preparándose para recibir una paliza por intimidar a los niños.

"Quisiera disculparme porque mi hijo rompió sus ventanas. Lo siento", dijo la voz en la otra línea.

Shimón estaba pasmado.

"Bueno", dijo. "¿Por qué no vienen usted y algunos de los otros padres a mi oficina? Tengo una idea que puede ser útil para hacer que estos niños dejen de romper ventanas".

Unas pocas horas después, un grupo de padres se encontró con Shimón en su oficina céntrica para comer torta con jugo. Shimón explicó su idea.

"Creo que si los niños y yo nos conocemos un poco, no van a querer romper mis ventanas", dijo con simpleza.

Más tarde, ese mismo día, un grupo de estudiantes de escuela primaria entró a las oficinas de DryCast Inc. Shimón los recibió cálidamente, les ofreció algunos bocadillos, y luego les pagó para que hagan algunas tareas livianas en su depósito. La reunión fue un gran éxito. Mientras se estaban yendo, Shimón les dijo a los niños: "Son siempre bienvenidos en mi oficina. Ya sea que necesiten un baño, una bebida o ayuda, la puerta está siempre abierta".

A la mañana siguiente Shimón tuvo un montón de niños golpeando a su puerta ansiosos por decirle buen día a ‘Simón’.

La Torá no fue entregada a ángeles; fue entregada a seres humanos imperfectos que están buscando traer espiritualidad a su vida cotidiana.

Ahora ellos vienen a menudo. Antes y después de la escuela pasan para saludar y para hablar con Shimón y con Abraham, su socio. Él les pregunta sobre sus aspiraciones en la vida, sobre quiénes son sus héroes. Algunos de esos niños viven en casas sin figura paterna; muchos de ellos despiertan cada día para encarar un mundo difícil e incierto. Con esta guía gentil y con calidez, Shimón se convirtió en una fuente de esperanza para docenas de niños.

Ahora está buscando ideas para expandir este "pequeño éxito" para ayudar a más niños de barrios pobres a alcanzar su potencial.

A medida que nos acercamos a Shavuot, el día en el cual renovamos nuestros compromisos con Dios y con Su Torá, esta historia dice mucho. La Torá no fue entregada a ángeles; fue entregada a seres humanos imperfectos, que están buscando traer espiritualidad a su vida cotidiana. Shimón se dio cuenta de su error y quiso reparar el daño. Juntó las piezas de ese vidrio roto y lo compuso nuevamente.

La pequeña revolución de Shimón comenzó con una ventana rota. Tu próxima experiencia maravillosa puede estar sólo a un piedrazo de distancia.