Mientras crecía, no había mucho del judaísmo que amara, o incluso que me gustara. Pesaj era aburrido (las Cuatro Preguntas era la única actuación que conocí que no me gustara), y no me hagan hablar de Iom Kipur (¿podría decir, "inanición sin significado"?).

Con mi padre haciéndome perder juegos de fútbol de la escuela o bailes por algo que el llamaba "shabbos" (Shabat), se pueden más o menos imaginar como me sentía yo acerca del judaísmo cuando tenía 16 años. ¡Lo odiaba!

Pero había una cosa judía con la que me conectaba desde la época en que era niño: Januca. Se que suena muy cliché decir que la única festividad judía que disfrutaba un niño judío secular como yo era aquella que ocurría cerca de Navidad, pero es cierto. Siempre he amado Januca. De hecho, fue Januca lo que probablemente me salvó de dejar el judaísmo por completo.

Siendo niño, mi casa no era un buen lugar para estar durante las festividades. Pero Januca era diferente.

Siendo niño, mi casa no era un buen lugar para estar durante las festividades. Cualquier festividad. Siempre había tanta presión para tener la "festividad perfecta", que usualmente todos terminaban muy tensos e infelices al terminar el día.

Mi padre siempre estaba particularmente tenso alrededor de Rosh Hashaná, pero no sin justificación. Era difícil intentar meter a cinco niños pequeños al auto para que pudiéramos llegar todos a tiempo a la sinagoga a celebrar el Año Nuevo. Pero como siempre estábamos atrasados, (inevitablemente el zapato de alguien estaba perdido o el pelo no estaba como debía estar) usualmente recibíamos el Año Nuevo de una forma que era, bueno, digamos solamente "menos que festiva". Iom Kipur era la misma situación, en una festividad distinta, pero con el agregado a la situación de un ayuno.

Al Día de Acción de Gracias no le iba mucho mejor tampoco. El pavo siempre tardaba más que lo que el "tipo de la carne" había dicho que tardaría (lo que llevaba a que reviviéramos el ayuno de Iom Kipur), las papas no estaban tan buenas como las del año anterior y el verdadero dolor de tener que perderse otro juego de fútbol transmitido por televisión, todo derivaba, bueno, en no mucha diversión.

Pero Januca era diferente. Quizás era porque mi papá perdía ímpetu luego de las "grandes fiestas", quizás era porque nadie tenía grandes expectativas de hacer un "Januca para Recordar", o quizás era porque a nadie le importaba. No lo sé. Cualquiera que haya sido la razón, Januca era relajado e incluso divertido.

Y no era por los regalos. Créanme, con cinco niños a quienes comprarles, no había muchos regalos.

Como niño, Januca tenía un atractivo particular porque claro – admitámoslo – Januca es una excelente historia de guerra. Es como el día D para los judíos. Mi padre fue un piloto condecorado de aviones B-25 durante la Segunda Guerra Mundial, y yo crecí escuchando sus historias de guerra. Me cautivaban. Las batallas, los héroes, ganarle a las probabilidades, completar exitosamente la "misión imposible" – mi padre lo había hecho todo. Pero lo hizo como parte del Ejército de Estados Unidos.

Januca contaba la historia de cómo el ejército judío venció las probabilidades y derrotó al poderoso ejército de los griego-sirios. La historia de Januca tenía todo lo que las historias de guerra de papá tenían: batallas, héroes, ganarle a las probabilidades y completar exitosamente la "misión imposible".

Pero Januca tenía algo más: tenía a Dios. La historia de Januca no sólo me daba una sensación de orgullo e incluso un "fuerte" linaje como niño, sino que también me enseñaba lo que mi madre me había dicho siempre: Siempre puedes contar con Dios para cuidarte.

Cada noche después de encender la menorá, cantábamos Maoz Tsur. Incluso como niño, mis ojos siempre se llenaban de lágrimas mientras cantábamos el versículo, "Y Tus palabras quebraron sus espadas, cuando nuestra propia fuerza nos falló". El pensamiento de que Dios, solamente con una de Sus palabras, puede romper la espada de un enemigo y derrotarlo por nosotros era impresionante para mí. De alguna manera me quedó grabado que solos somos indefensos, vulnerables, vencibles. Pero con la ayuda de Dios podemos hacer cualquier cosa, superar lo que sea, lograr lo que sea. Incluso cuando creemos que no podemos hacerlo.

¿Quién quiere destacar como un "tipo raro", o peor, un "tipo judío raro"? Yo no.

Ahora que soy un adulto religioso, veo incluso con mayor profundidad la historia de Januca. Sigue siendo una excelente historia de guerra, pero ahora también me doy cuenta de que es una historia acerca de mis propias batallas: primero contra el judaísmo mientras crecía, y ahora mi lucha actual por preservar el judaísmo dentro de mi familia.

Mientras crecía, estaba rodeado por el mundo de mi barrio, un mundo que me alentaba en cada esquina a asimilarme a la cultura general, americana, cristiana. Como niño pensaba, "Bueno, ¡Eso suena bien para mí!". Me refiero a ¿quién quiere destacar como "tipo raro", o peor, como un "tipo judío raro"? Yo no. No era ningún Yehudá el Macabeo. De hecho era justamente lo opuesto – era mi propio griego-sirio. Me alentaba a mí mismo a asimilarme lo máximo posible.

Pero igual, como con los Macabeos, Dios me salvó de perder el judaísmo del todo. Las probabilidades de que esto pasara eran enormes: la cultura de mi barrio y la cultura secular versus Dios salvando un alma judía. El Todopoderoso tenía que hacer algo bueno, algo poderoso. Y Él lo hizo. Me dio una festividad que yo pudiera disfrutar, algo judío de lo cual pudiera aferrarme. Me dio Januca.

Tener eso me permitió decir, "Bueno, quizás no botaré todas estas cosas judías aún. Quizás está bien ser judío – sólo un poquito". Al final, como en la historia de Januca, Dios ganó. El judaísmo sobrevivió en mí.

Me di cuenta de que la batalla tiene que ser ganada porque mi esposa y yo, y nuestras dos pequeñas hijas, somos el último eslabón fuerte de judaísmo en ambas familias.

Cuando uno se hace religioso a los treinta y tantos, sin embargo, también se enfrenta con batallas bastante difíciles – en contra tuyo, en contra de la sociedad, incluso en contra de miembros de la familia bien intencionados – para preservar el judaísmo en tu vida y en la vida de tu familia. A veces pareciera que las batallas son abrumadoras y que los enemigos son demasiado para superar.

Pero incluso enfrentando todo eso, me he dado cuenta de que la batalla debe ser ganada porque mi esposa y yo, y nuestras dos pequeñas hijas, somos el último eslabón fuerte de judaísmo en ambas familias. Somos la última línea de defensa.

Así que durante tiempos difíciles, recuerdo aquel versículo en Maoz Tsur y recuerdo que Dios puede ayudarnos a superar cualquier cosa, que Él puede ayudarnos a salvar el judaísmo en nuestras vidas tal como ayudó a los Macabeos hace tantos años. Mis ojos aún se llenan de lágrimas cuando pienso o canto ese versículo.

Januca me recuerda que Dios está siempre ahí para nosotros, y que si nosotros tan sólo Le permitimos ayudarnos a pelear nuestras batallas – cualquiera que ellas sean – Su palabra romperá la espada de nuestro enemigo. Quizás es ese poderoso recordatorio del amor de Dios hacia nosotros lo que hace que Januca sea mi festividad favorita. Y quizás es ese poderoso mensaje del amor de Dios hacia nosotros lo que me detuvo de abandonar el judaísmo durante todos esos años en que estuve tan lejos de él.