Yo crecí sin ningún marco religioso. Así que nunca estuve al tanto del estereotipo común de que las mujeres ortodoxas son consideradas ciudadanas de segunda clase y que estas pobres y desafortunadas criaturas están descalzas, siempre embarazadas, y encadenadas a la cocina. Después de haber conocido mujeres observantes de todos los tipos en Israel, regresé a Nueva York para ser informada por mis amigas seculares del real estado del asunto. Si no hubiera visto la realidad por mí misma, hubiera creído lo que ellas dijeron y descartado posteriores exposiciones judías como arcaicas y desconectadas de la realidad.

Para aquellos de nosotros que cuestionamos los estereotipos no probados, dejemos algo perfectamente claro: las mujeres judías trabajan. Y siempre han trabajado, ya sea en una tienda, como maestras, o profesionales, ya sea en Babilonia, shtetls europeos o en Estados Unidos en el siglo XX. Hoy en día, como todas las mujeres en el mundo occidental, ellas trabajan en todos los campos. Algunas administran sus propios negocios o son parte de una corporación más grande. Aquí en Israel una de mis vecinas es física nuclear. Otra es directora de una escuela. Varias buenas amigas son abogadas. Una es pediatra. Dos son artistas exitosas. Yo soy veterinaria de un zoológico.

Muchas de estas mujeres profesionales han sido religiosas desde su nacimiento; tanto como muchas han regresado recientemente al judaísmo tradicional. Mi punto es, poco está prohibido para nosotras. Trabajamos en los campos que queremos. Tenemos opciones abiertas. Podemos escoger trabajar medio tiempo o tiempo completo. Podemos escoger quedarnos en casa con nuestros hijos, y nadie nos mirará feo por esto, también es una opción valorada.

Mi primer contacto con el judaísmo tradicional fue mientras trabajaba en el Zoológico de St. Louis como cuidadora de la Casa Acuática. Mi hermano me presentó a un amigo de la universidad que recién había pasado seis meses en un programa para principiantes judíos en Israel. Era un buen chico. Nos hicimos religiosos y nos casamos.

En realidad, mi regreso al judaísmo tomó más tiempo que eso. Mi novio no estaba haciendo nada judío cuando nos conocimos, pero él hablaba de eso. Y siguió hablando de eso. Yo lo encontré de cierta forma interesante pero decidí que nunca podría ser relevante para mí. Cuatro meses después de que nos conocimos, me mudé a Colorado para comenzar la escuela de veterinaria. Tres meses después de eso nos comprometimos. Ya que mi futuro esposo estaba determinado a continuar con esta "cosa" del judaísmo, acordamos explorarlo en Israel antes de la boda, y yo accedí a cuidar una extraña forma de Shabat durante el año de estudios. Eso significaba no trabajar para la universidad los sábados y no hablar por teléfono. Francamente, el Shabat salvó mi sanidad mental durante ese primer y extenuante año de veterinaria.

Pronto me di cuenta que el judaísmo era cada vez más sorprendentemente relevante, y que necesitábamos vivir cerca de una comunidad judía. Arreglé una transferencia a la Escuela Veterinaria de Tufts para la primavera siguiente. Ahí fue cuando volamos a Israel para resolver nuestras vidas.

Mi madre, alterada por mi nueva inclinación religiosa, predijo que yo dejaría la escuela de veterinaria, me casaría, quedaría embarazada, y en veinte años me divorciaría sin ninguna forma de mantenerme económicamente. La verdad es, que sí me salí de la escuela de veterinaria y sí me casé, y sí quedé embarazada inmediatamente. Puede que las madres siempre tengan razón, pero no siempre son profetas: más adelante me gradué de la escuela de veterinaria, y aún estoy casada y feliz. E incluso puedo mantenerme económicamente.

Todos pensaron que yo estaba en tratamiento de quimioterapia por el pañuelo y que eso era una pena porque estaba embarazada.

Después de nuestro aprendizaje en Israel, nos mudamos a Boston y a la universidad de Tufts. Este fue mi primer estreno profesional como una mujer ortodoxa. Estaba visiblemente embarazada con un pañuelo en mi cabeza. Estaba nerviosa acerca de cómo me aceptaría la gente. Pero ya que la escuela de veterinaria era lo que había deseado toda mi vida, me lancé hacia adelante. Durante seis semanas nadie me habló. Muchos años más tarde, supe que los estudiantes de veterinaria pensaron que yo era una estudiante de medicina, los estudiantes de medicina pensaron que yo era una estudiante de veterinaria, y todos pensaron que yo estaba en tratamiento de quimioterapia por el pañuelo y que eso era una pena porque estaba embarazada. Tomó un tiempo aclarar las cosas.

Lo que más me sorprendió durante mis cinco años en la Universidad de Tufts fue la cantidad de gente diciéndome cuanto respetaban mi mezcla de vida judía y vida profesional. Incluso el decano me ayudó. Cuando le dije, que no podía trabajar o rendir exámenes en Shabat o en las festividades, el escribió: “Elizabeth Kaufman hará peticiones por razones religiosas. Por favor accedan a todo lo que ella pida”. Él me entregó el papel diciendo: “No abuses de esto”. Para corresponder, trabajé cada domingo y todas las festividades cristianas, griegas y armenias. Siempre intenté ser educada y amistosa. Siempre intenté comportarme mejor de lo que me hubiera comportado. Porque, enfrentémoslo, me veía extraña: yo era la única con vestido en el turno nocturno durante largas rotaciones de animales.

Cuando hice Aliá, después de la residencia en la Clínica Wildlife New England de Tufts, mis colegas me organizaron una fiesta. Habían hecho sus investigaciones y estaban orgullosos de que fue un evento completamente casher.

El tiempo siempre fue escaso. Sin tiempo para llamadas telefónicas, para correspondencia, para trámites. Siempre estaba corriendo a casa desde las clases para amamantar al bebé y ver al esposo, quien hizo todas las compras, cocina, limpieza, y cuidados del bebé durante cinco años. Él insistió en que no era un amo de casa y prefirió ser llamado ama de casa. Le compré flores para el día de la madre.

Dieciséis años después estoy trabajando en cuatro trabajos de medio tiempo en dos ciudades. Trabajo para el Zoológico Bíblico y para una clínica privada. Enseño en la Escuela Veterinaria de la Universidad Hebrea y en programas de acercamiento al judaísmo a lo largo del país. He encontrado que la respuesta de mis colegas actuales hacia mí es similar a aquella de mis días de estudiante – las personas salen de sus esquemas para acomodarse a mis requerimientos religiosos y lo hacen alegremente. Yo intento ser alegre, profesional y religiosamente tolerante en respuesta.

Sin importar lo que requiera el trabajo, mis hijos están primero.

Pero las prioridades siguen siendo esposo e hijos. Siempre estoy en casa a la una, cuando llega mi hijo más pequeño. Reorganizo mi semana de trabajo si hay una fiesta de la escuela o una presentación. Sin importar lo que requiera el trabajo, mis hijos están primero. Porque sin una prioridad familiar sólida, no podemos esperar que nuestras vidas o nuestros hijos sean exitosos.

Podrían preguntar, ¿si la familia es tan importante porque las mujeres deben trabajar en primer lugar? La respuesta es diferente para cada una. Para algunas es una necesidad económica; dada la opción ellas preferirían no trabajar. Para otras, como yo, los desafíos presentes al ejercer una carrera profesional agregan una dimensión que nos ayuda a perfeccionarnos como seres humanos balanceados. Podemos descubrir intereses adicionales y descubrir potencial oculto.

El mundo occidental define el éxito como estar a la cabeza del campo de uno, ejerciendo poder y ganando grandes sumas de dinero. En crudo contraste se encuentra la definición judía: ¿En que grado te has convertido en un ser humano desarrollado? ¿Cómo tratas a tu cónyuge? ¿Vecinos? ¿Compañeros de negocios? ¿Eres honesto contigo mismo? ¿Estás imitando los atributos de Dios? ¿Estás educando a niños para que hagan lo mismo? Porque en el judaísmo, construir y cuidar a personas de principios es una carrera igualmente valorada para una mujer – y para un hombre.

Este articulo apareció originalmente en el libro, “Jewish Women Speak on Jewish Matters”.