En la Universidad de Berkeley realizaron un interesante experimento. Se trataba de un juego de Monopoly, pero con reglas inusuales (¡a mí ya me resulta bastante difícil conservar mis hoteles y ferrocarriles con las reglas normales!). Un jugador recibió 2.000 dólares al comienzo y 200 dólares cada vez que pasaba por la partida. Los otros participantes recibían la mitad de eso. Al comienzo, el jugador con la ventaja injusta se sentía incómodo, pero pronto comenzó a sentirse poderoso e indiferente. Al final perdió la pasión y la emoción, y sólo se enfocaba en ganar.

El psicólogo Paul Piff, quien diseñó este experimento, cree que esto apoya su teoría de que vivir en la parte alta de la escala socioeconómica deshumaniza a la gente. Él sugiere que los ricos son más egoístas y menos comprensivos que los demás.

Esto parece reflejar una creencia de que el altruismo y la empatía son cualidades innatas, las cuales son destruidas por las circunstancias de la vida, particularmente las financieras. Creo que la Torá sugeriría algo diferente: que la gente es por naturaleza egocéntrica y no tiene empatía, y que parte del objetivo de la vida es esforzarse para desarrollar esas cualidades. Un principio fundamental del judaísmo es que toda situación tiene sus desafíos, siendo algunos desafíos exclusivos para los ricos y otros para los pobres. Nuestra tarea es hacer lo mejor que podamos dadas nuestras circunstancias.

Pero volvamos al experimento del profesor Piff. Admito que no conozco todos los controles ni las variables involucradas, sin embargo quisiera sugerir algunas explicaciones alternativas sobre el comportamiento del jugador rico, ya que ciertamente existen cualidades negativas sobre las cuales debemos trabajar, pero éstas no son tan simples como meramente tener más recursos financieros.

No es necesario que lideres un país para que abuses o maltrates a la gente.

La primera característica es el deseo de poder. Desde que la serpiente se le acercó a Eva en el Jardín del Edén (¿No deseas ser como Dios?) y a lo largo de toda la historia, hemos visto cómo el poder seduce y corrompe. Y no es necesario que sea mucho poder. El encargado de los créditos en el banco, el empleado de la aduana en el aeropuerto, tu doctor, el director de la escuela… hay muchas personas en nuestra vida que tienen poder y no todas lo usan de forma justa, razonable, atenta y considerada.

Algunos disfrutan subyugar a los demás. No hace falta que lideres un país para que abuses o maltrates a la gente. A veces es más sutil. Sin importar lo pequeño que sea el poder que tiene una persona, la tendencia es manipular y degradar a los demás. Es una tendencia humana innata contra la que debemos luchar. Este experimento demuestra, aunque en pequeña escala, lo que ocurre cuando no mantenemos la guardia en alto.

Hay otra idea judía que quizás es relevante aquí: una mitzvá lleva a otra. Si te acostumbras a hacer buenas acciones, entonces, la consecuencia será que realizarás cada vez más buenas acciones. Es algo así como una versión judía de la Ingeniería del comportamiento.

El abuso de poder y la falta de empatía no son características exclusivas de los ricos.

Lamentablemente lo opuesto también es verdad: una acción negativa lleva a otra acción negativa. Y uno se va acostumbrando a ellas. Aún recuerdo a una conocida que luego de graduarse de la escuela de derecho fue a trabajar a una gran firma inmobiliaria. Como parte de su trabajo tenía que desalojar a algunos inquilinos ancianos de sus hogares (no estoy comentando sobre la legalidad ni sobre los aspectos sociales de esto, sino sólo sobre el factor de la empatía). La primera vez que lo hizo le resultó muy difícil y doloroso, lloraba al contar la historia. La segunda vez le resultó más fácil, ya no hubo lágrimas. La tercera vez le resultaba gracioso.

Somos criaturas adaptables, para bien y para mal. En este experimento vemos lo fácil que puede resultarnos despreciar las necesidades, y casi la existencia, de los demás.

Es muy fácil atacar a los ricos, ya que al hacerlo no tenemos que hacer introspección ni trabajar en nosotros mismos. Si miramos este experimento desde una perspectiva más amplia, entonces podremos ver que todos somos presas potenciales de esta trampa, que todos tenemos que mantener la guardia en alto. El abuso de poder y la falta de empatía no son exclusivos de los ricos. No creo, como dice Piff, que los ricos son más vulnerables a priorizar sus intereses egoístas por sobre los de los demás. Creo que eso es parte de la naturaleza humana, y es una batalla que todos debemos luchar constantemente.