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El cuadro de da Vinci, ¿realmente vale $450 millones?

El cuadro de da Vinci, ¿realmente vale $450 millones?

Todo depende de quién sea su creador.

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¿Es posible que una obra de arte valga casi quinientos millones de dólares?

Obviamente alguien —que sigue siendo anónimo— pensó que lo valía cuando la semana pasada ofreció $450 millones en la subasta de Christie por Salvator Mundi, un cuadro de 600 años de antigüedad, supuestamente pintado por Leonardo da Vinci.

El precio estratosférico convirtió al retrato de 66 cm. en la obra de arte más cara de la historia, superando el récord previo de Les Femmes d’Alger (Mujeres de Argelia) de Pablo Picasso, vendido en el 2015 por $179.4 millones, mientras que Nafea Faa Ipoipo (¿Cuándo te casarás?) de Paul Gauguin recaudó $300 millones en una venta privada ese mismo año.

Quizás más destacable que la enorme suma pagada por lo que Christie publicó como “El último da Vinci”, es la suma que pagaron por este mismo retrato tamaño póster en 1958, antes de que fuera atribuido a Leonardo da Vinci. En ese momento lo subastaron por el grandioso precio de sesenta dólares, y quienes lo vieron no se impresionaron demasiado por sus méritos artísticos. Posteriormente, en el año 2005 cuando la misma obra de arte fue rematada en una subasta estatal, un comprador se vio tentado a pagar por ella $10.000.

Muchos críticos de arte señalan que incluso si Salvator Mundi realmente fue pintado por Leonardo, algo que sigue en discusión, es casi seguro que no merece ser llamada “una obra maestra”. Poco después de esta venta récord, el crítico de arte Jason Farago escribió en el New York Times que, si bien él no está en la posición de “afirmar o negar la autoría [del cuadro]”, personalmente cree que la llamada obra maestra es “un competente, pero no especialmente distinguido cuadro religioso de Lombardía de comienzos del siglo XVI, que ha atravesado una enorme cantidad de restauraciones”. El crítico de arte Jerry Saltz en un ensayo para la New York Magazine, definió al retrato como “muerto” e “inerte”.

Entonces, ¿por qué alguien pagaría casi quinientos millones de dólares por él?

Incluso el más adinerado oligarca debe recibir alguna satisfacción al gastar esta increíble cantidad de dinero, y es claro que la simple experiencia de ver este cuadro no es suficiente explicación.

De hecho, la prueba respecto a que el valor de un cuadro tiene poca relación (si es que tiene alguna) con su valor estético, la encontramos en lo ocurrido en el año 2011. Pierre Lagrange, un gerente de fondos de cobertura belga, descubrió que un cuadro que compró a una galería por $17 millones, supuestamente pintado por Jackson Pollock, contenía un pigmento que no se vendía comercialmente en la época en que vivió Pollock. Muy pronto, muchos otros compradores de la misma galería que vendía obras de arte multimillonarias atribuidas a maestros tales como Mark Rothko, Jackson Pollock y Willem de Kooning, descubrieron que habían sido engañados y que compraron falsificaciones.

La revelación de que el verdadero artista era Pei Shen Qian, un inmigrante chino de 73 años que pintaba sus falsificaciones desde su garaje en Queens por unos pocos miles de dólares, inmediatamente les quitó todo su valor. Sin embargo, la apariencia de los cuadros no cambió. Antes los habían recibido con grandes manifestaciones de admiración. Lo único responsable por el drástico descenso de su valor fue el nombre real de su creador.

Durante años, Pierre Lagrange fue un hombre feliz. Él poseía un cuadro que constantemente lo sorprendía por su belleza y lo inspiraba por su calidad artística. Pero cuando descubrió que en verdad no poseía un verdadero Jackson Pollock, se sintió furioso y miserable.

Claramente, más importante que lo que vemos, es nuestra creencia en quién se supone que es el creador.

Esta idea transmite también un importante mensaje religioso.

Estamos rodeados por un mundo de infinita belleza. El Rey David, en su maravilloso libro de Salmos nos inspira en innumerables pasajes a observar a nuestro alrededor y valorar las majestuosas obras de la naturaleza. “¡Oh Hashem! Con sabiduría Tú creaste todo; la tierra está repleta de Tus riquezas” (Salmos 104:24).

¿Por qué entonces tanta gente no las valora? Henry Thoreau lo expresó maravillosamente cuando nos pidió que recordemos que “El cielo está bajo nuestros pies, tal como está sobre nuestras cabezas”. El cielo nos rodea, pero sólo si creemos en el cielo superior; para valorar realmente la creación, necesitamos reconocer la verdad de un Creador.

Para aquellos que creen que la vida es el resultado de una evolución carente de Dios, el mundo se reduce a una simple falsificación, tan poco valiosa como un cuadro falso de Leonardo da Vinci o de Jackson Pollock.

George Santayana dijo que “el mundo tiene su música para aquellos que la escuchan”. Realmente podemos valorar su belleza, pero sólo si escuchamos los acordes de verdadera autoría del Máximo Creador.

27/11/2017

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