Es una pregunta difícil y para muchos muy controversial: en la era post Weinstein, ¿hemos llegado demasiado lejos con nuestra respuesta a las acusaciones de acoso sexual contra los hombres acusados de conductas inmorales y criminales?

Durante demasiados años hubo hombres que aprovecharon su puesto y su poder para imponerse sobre mujeres no interesadas. Debemos sentirnos agradecidos de que la sociedad haya detenido agresivamente el silencio que a menudo rodeaba esos actos despreciables.

Sin embargo, debemos señalar algo. Lo que nos debe llevar a la reflexión es un punto que tiene su fuente en el libro de Génesis, una verdad que hoy invariablemente provoca condena y censura pública a cualquiera que lo pregone.

Es la historia de Iosef y la bella esposa de su amo egipcio, Potifar. Iosef era un siervo fiel, extremadamente escrupuloso y exitoso en el cumplimiento de sus obligaciones. Su único problema era ser demasiado apuesto. La esposa de Potifar intentó seducir a Iosef. Pero cuando no lo logró porque Iosef se negaba a traicionar a su amo, la amante rechazada en un ataque de furia lo acusó de intentar violarla, una mentira que como consecuencia llevó a Iosef a una prisión inmerecida.

El tutor se sorprendió cuando ella susurró: “Si alguna vez tratas de decirme qué debo hacer, le diré a todo el mundo que tocaste mis partes privadas”.

Un hombre joven compartió conmigo como rabino un problema que él y varios de sus amigos habían enfrentado últimamente. Él era tutor en un campamento de verano, a menudo responsable de la disciplina de grupos mixtos en viajes y paseos. Al retar a una niña de 10 años por quebrar una regla grave y por ignorarlo con completa falta de respeto, él se sorprendió cuando ella se dio vuelta y le susurró: “Si alguna vez tratas de decirme qué debo hacer, le diré a todo el mundo que tocaste mis partes privadas”.

Este no fue un incidente aislado reservado a un campamento de verano. Los maestros me han confiado que la dinámica de la autoridad y el poder ha cambiado en vistas de la fuerza que tiene la amenaza de la “acusación de acoso sexual”. Es una clase de intimidación en la cual la máxima de “inocente hasta que se demuestre lo contrario” ya no tiene ningún significado. Sin duda es una tragedia cuando no se les cree a las mujeres luego de un encuentro sexual forzado. Pero no debemos aspirar simplemente a revertir la dinámica masculino-femenina que siempre le dio prioridad al primero e ignorar injustamente los derechos de los últimos. Eso es igualmente injusto.

No es el hombre de Neanderthal interno el que me lleva a proclamar que a veces incluso es posible que los hombres sean inocentes, que las mujeres pueden buscar vengarse por un amor no correspondido con historias falsas, que la historia bíblica de Iosef incluso puede tener un paralelo contemporáneo.

De hecho, como vimos la semana pasada, a veces las mujeres pueden ser los agresores. El movimiento #MeToo tiene que reconocer que una de sus voceros principales, la actriz Asia Argento, quien en el pasado se presentó a sí misma como una víctima de acoso sexual, ahora es acusada de acosar y traumatizar a un joven adolescente menor de la edad en que puede brindar su consentimiento y 20 años más joven que ella.

La inocencia y la culpabilidad requieren cuidadosa deliberación, sin importar el género del acusado, y los culpables deben recibir el castigo debido. Mi preocupación es que se pueden arruinar vidas simplemente porque el acusado es un hombre en vez de una mujer. Para responder racionalmente, necesitamos reconocer que a veces incluso un hombre puede ser una víctima real, tal como el bíblico Iosef.