¿Qué puedes decir cuando estás por encontrarte por primera (y última) vez con alguien, porque tiene programado un suicidio médico asistido en otras 72 horas?

Este terrible dilema lo enfrenté hace unas semanas cuando fui a visitar a Paula (no es su nombre real), una anciana de 82 años que fue una de las amigas más cercanas de mi hermana durante casi 20 años. Ellas se conocieron hace 47 años, cuando Sharón era una adolescente y se hizo amiga de una de las hijas de Paula.

Cuando falleció nuestra madre, Paula se convirtió en una madre postiza para Sharón, brindándole regularmente sus consejos francos, ingeniosos y a veces irreverentes sobre la vida. Ella alentó a mi hermana a regresar a la universidad y participó en todos los eventos y celebraciones familiares. Por su parte, también Sharón se convirtió en una hija postiza para Paula, porque sus hijos adultos se mostraban sorprendentemente poco atentos y egoístas.

Durante los últimos años, Paula soportó tres accidentes cerebrovasculares que la debilitaron. Hace cinco años estaba paralizada y confinada a una cama ortopédica, sólo recibía nutrición líquida y una asistente permanente atendía a sus necesidades más privadas. Con frecuencia sufría dolores. Luego del último accidente cerebrovascular, Paula entró en un programa de internación domiciliaria y pensaron que no viviría más que unas pocas semanas. Sharón visitó a Paula varias veces por semana, a menudo varias horas cada día. Paula le dijo a mi hermana que ya estaba más que lista para morir y poner fin a su sufrimiento. De hecho, le aseguró que se alegraría cuando llegara la muerte.

En vez de seguirse debilitando, Paula se recuperó, recobró un poco de fuerzas, claridad mental y la capacidad de volver a hablar.

Sin embargo, en vez de seguirse debilitando, Paula se recuperó, recobró un poco de fuerzas, claridad mental y la capacidad de volver a hablar. Desafió las expectativas médicas y siguió viviendo.

Posteriormente, sin que Sharón lo supiera, Paula pidió permiso para un suicidio médico asistido, algo que es legal en California desde la “Ley de opción de fin de vida” de junio del 2016. Sus defensores se refieren a ella como una “ayuda médica para morir”, y a la fecha es legal en seis estados de Norteamérica. Cuando Sharón descubrió que el pedido había sido aprobado se sintió sumamente afligida.

Sharón me dijo: “Yo sé que ella está dispuesta a partir de este mundo y detesto pensar en todo lo que sufre, pero también odio pensar que ocurra a través de un suicidio. La expectativa de lo que está por hacer me anuda el estómago. Es terriblemente doloroso. No sé qué hacer”.

Le ofrecí a mi hermana la esperanza de que tal vez Dios se llevaría a Paula tranquilamente antes de la fecha fijada para su muerte. También me sorprendió darme cuenta que debería haber ido a visitar a Paula antes; debería haberle prestado más atención a una amiga tan cercana de mi hermana. En ese mismo momento llamé a mi hermana desde el auto y le dije que estaba en camino.

Antes de que llegara, Sharón me advirtió que no le dijera a Paula que su acto era incorrecto. “Ya lo oyó demasiado de sus amigos. Ella sabe que tú eres ortodoxa y que probablemente no lo apruebas”.

Reprender a Paula hubiera sido lo último que me podía imaginar, sin embargo al ir a visitarla me sentí embargada por las emociones. No podía contener las lágrimas y la tristeza.

”Quiero partir bajo mis propios términos”

”Quiero partir bajo mis propios términos”, dijo Paula. Pero tal como descubrió mi hermana, el hecho de saber que alguien planea poner fin a su vida, aun cuando esa vida es dolorosa y al parecer no hay posibilidades de recuperación, es desconcertante, incluso alarmante. No pude evitar pensar: Paula ya desafió las expectativas médicas al vivir muchos meses más de lo esperado y recuperar tanto sus facultades mentales como la capacidad de hablar. ¿Acaso es imposible que ocurra un milagro?

En su cama ortopédica en medio del salón, Paula me recibió con una enorme sonrisa. Sus grandes ojos azules brillaban y estaban alertas.

“¡Es un honor conocerte!”, me dijo cuando mi hermana me presentó. Instintivamente tomé la mano de Paula y devolví su saludo. Ella estaba muy conversadora y habló especialmente sobre su crianza y sus valores judíos. Se refirió a su abuelo como a un talmid jajam, un erudito de la Torá; recordó buenos momentos al trabajar en un negocio de judaica durante las corridas previas a Jánuca y momentos felices de la infancia.

No me dio la impresión de que Paula fuera una persona que no tuviera ninguna razón para vivir ni que se le hubiese acabado la energía. Cuando compartí este pensamiento con mi hermana, ella me dijo: “No te engañes. Ella está feliz de tener ahora tantas visitas. Todo el mundo viene a despedirse. Si llega a cancelar la cita de este viernes, todas las visitas se detendrían. Incluso sus hijos que viven cerca apenas vendrían a visitarla”.

Partí sumamente conmovida, y durante los días siguientes a menudo me descubrí observando el reloj, contando las horas que quedaban hasta el momento fijado para la muerte de Paula. Comencé a entender por qué sería terrible saber cuándo moriremos; eso lleva a que se pierdan las esperanzas.

Saber que un ser querido se encuentra cerca de la muerte a menudo crea la urgencia de manifestar las lecciones de vida aprendidas y nunca reconocidas, expresiones finales de amor y valoración. Sharón y Paula compartieron esas confidencias durante los últimos días. Cada una descubrió con cuánta profundidad había consolado y apoyado a la otra. Sin rodeos, Paula le dijo a Sharón que sin sus visitas hubiera muerto mucho antes.

Rav Benjamín Blech escribió elocuentemente respecto a la oposición del judaísmo a cualquier forma de suicidio. En su artículo La trágica muerte de Brittany Maynard, Rav Blech se refiere directamente a la difícil pregunta de cómo se puede concordar por un lado con la compasión hacia aquellos que enfrentan una dolorosa enfermedad terminal, quienes como Paula afirman una y otra vez que quieren dejar este mundo “bajo sus propias condiciones”, y por otro lado los dictámenes morales y la consciencia de que nuestros actos tienen dimensiones espirituales invisibles. Nuestra sociedad proclama la virtud del “yo” a través de la autorrealización, la autodeterminación y “seguir tu pasión”. La sociedad ha reenfocado el suicidio médico asistido como una “muerte con dignidad”, lo cual puede tener un atractivo irresistible y romántico.

Pero como escribió el Rav Blech:

El suicidio en el sentido más simple es estar en desacuerdo con un veredicto Divino de vida. Ante la pregunta de “¿Por qué? ¿Por qué debo seguir viviendo cuando siento tanto dolor? ¿Por qué debo continuar cuando soy solamente una carga para otros? ¿Por qué debiera seguir en este camino cuando el fin que deseo es inevitable de cualquier forma?”, solamente podemos encontrar consuelo en la respuesta de Dios a Moshé cuando éste le pidió “muéstrame Tu gloria, déjame entender tus caminos”. “El hombre no puede verme y vivir… Yo pasaré ante ti y tú verás Mi espalda, pero Mi rostro no lo verás” (Éxodo 33:18–23). Como seres mortales, nunca podremos entender completamente cómo maneja Dios su universo. Sin embargo, hay una verdad que a menudo sirve para captar un poco de Su sabiduría. Nunca podemos ver Su rostro. La vida se desarrolla de formas misteriosas y a menudo nos quedamos perplejos ante sus aparentes crueldades, sorprendidos por sus inexplicables dificultades. Sin embargo, algunas veces podemos ver “Su espalda”: en retrospectiva, los eventos adquieren significado; podemos atisbar el propósito de las dificultades.

Creo que la cercana amistad entre mi hermana y Paula, particularmente durante sus últimos años, ilustra maravillosamente por qué en hebreo la palabra amor, ahavá, tiene como raíz la palabra hav, que significa dar. Aquellos que más le dieron a Paula, más la amaron y llenaron su vida con el significado y la alegría que era posible. El amor de Paula enriqueció y agregó propósito a la vida de mi hermana, y el amor de mi hermana enriqueció y extendió la vida de Paula.

Que el alma de Paula descanse en paz.