La Sra. B había sido mi paciente por 10 días. Había venido al hospital por una dificultad respiratoria, complicada por un historial de enfermedad pulmonar crónica, cáncer de pulmón, cáncer de pecho y otras cosas. Tenía 75 años. Me cayó inmediatamente bien, era inteligente y divertida. Verla era mi parte favorita del día, nos conectamos desde el primer momento.

Tenía una hija para quien no quería ser una carga, un hermano y nietos. El nombre de su nieta era Amy y acababa de casarse. Durante todo el tiempo que pasamos juntas, nunca vi que nadie la visitara. Pensé que quizás era una persona un poco solitaria, pero su espíritu positivo y gran voluntad me demostraban lo contrario.

Ayer las cosas estaban un poco mejor. Los indicadores habían subido y su jadeo ya no estaba. Planeamos transferirla a un centro de rehabilitación en el que completaría su recuperación y pronto estaría lista para ir a casa. Ella quería ir a casa porque había "cuentas que pagar" y extrañaba a sus vecinas.

"¿Estás bien?", le pregunté. "De maravillas", contestó.

Nos detuvimos en su cuarto para un último chequeo y se veía lista para salir. A los pocos minutos de nuestra visita, el corazón de otro paciente se detuvo. Llamaron a los doctores para ayudar y corrí hacia allá. Cuando volví al cuarto de la Sra. B, éste estaba lleno de doctores y enfermeras; ella tenía mucha dificultad para respirar y su corazón estaba muy acelerado, por lo que el personal médico intentaba controlar su pulso. Vi que estaba asustada. Le sostuve la mano y le pregunté qué planes tenía para después de ser dada de alta. Le pregunté por su hija y nietos. Apenas podía respirar, pero estaba deseosa de contarme. Después de media hora, su corazón volvió a la normalidad y las cosas parecían bajo control.

"¿Estás bien?", le pregunté.

"De maravillas", respondió.

Antes de ir a casa esa noche, volví a ver cómo andaba la Sra. B por última vez. Ella estaba bien. Pero había escuchado que sería transferida a la unidad coronaria para controlar que no tuviera arritmias como las que había tenido ese mismo día.

"Doctora, creo que no voy a salir nunca de este hospital", me dijo. Le conté sobre un estudio que dice que los pacientes que piensan que no saldrán del hospital tienen más posibilidades de morir en él que los que piensan que sí saldrán. La obligué a decirme que saldría bien del hospital. Luego le dije que me iba a casa, que sólo había parado para saludar.

"No se vaya a casa", me imploró.

"¿Y qué debería hacer en cambio?".

"¡Duerma aquí!".

"¿Por qué quiere que duerma aquí?" pregunté.

"Porque confío en usted".

"¿Y no confía en nadie más?" le dije riendo.

"No", contestó.

Nos reímos de nuevo. Le dije que sería la primera persona que vería en la mañana. Mientras salía, me dijo sonriendo: "Venga temprano en la mañana, doctora. Aquí estaré". Yo le sonreí y me fui a casa.

Esa mañana cuando llegué al hospital me enteré que la habían entubado. Ella había sufrido un paro respiratorio y había sido transferida a la sala de cuidados intensivos. Fui a verla de inmediato. Estaba muy sedada, entubada, y con guantes acolchados para evitar que se dañara a sí misma o a los demás. La enfermera me dijo que se había resistido por la fuerza.

La mujer que yacía en la cama no se veía para nada como la Sra. B; ni siquiera se veía como una persona. Los monitores hacían toda clase de ruidos y luces, los doctores entraban y salían de su cuarto todo el tiempo y me sacaban del camino. Le dije al doctor a cargo que quería despertarla y decirle buen día, quería que viera una cara familiar, ¡debía estar tan asustada! Me pidió que no la despertara porque había estado muy agresiva, por lo que no lo hice.

Unas horas después, yo iba camino hacia la cafetería cuando recibí un mensaje de texto de una colega – el corazón de la Sra. B se había detenido y estaba muriendo. Corrí a la unidad de cuidados intensivos para encontrar un mar de doctores entrando y saliendo de la unidad. Casi no había lugar para moverse. Me las ingenié para entrar. El doctor a cargo preguntó: "¿Ella preferiría RCP o que la dejemos ir?".

El personal llamaba frenéticamente a su familia, pero no encontraban a nadie. Yo pensaba cómo se sentirían al enterarse que habían perdido esta llamada, la última llamada. Nadie sabía qué hacer. Desde el fondo de la habitación, dije: "Por lo que sé sobre la Sra. B, creo que ella querría que intentemos de todo, hasta el final". De repente entendí que la Sra. B estaba muriendo y que yo era la persona ubicable más cercana a ella en ese momento.

"¡Comiencen con la RCP!" dijo el médico a cargo. Se apuraron para llegar a sus posiciones y comenzaron con la RCP.

"Necesitamos ayuda", dijo la enfermera. "¿Alguien quiere ayudar?". Me puse unos guantes inmediatamente y corrí a su lado.

Estaba muriendo. Recé por ella mientras le hacía RCP.

El doctor me miró y dijo: "Es tu turno, haz lo mejor que puedas". Presioné su pecho hasta que pensé que me desmayaría. Otra persona me relevó, y nos alternamos cada dos minutos, por muchos minutos. Ella sangraba por el cuello y no respondía. Estaba muriendo. Yo recé por ella mientras le hacía RCP.

Sin ninguna respuesta, ya no nos quedaba nada por hacer. "¿A alguien se le ocurre algo?", preguntó el doctor. La multitud permaneció en silencio. No había ideas. Nos pidió que desistiéramos. "13:06 es la hora de la muerte", dijo. De repente, todos los doctores salieron del cuarto, los equipos fueron apagados, se había acabado la tensión.

Salí a la sala de espera y tomé una silla. Mis colegas me esperaban, mudos. Comencé a llorar y unas enfermeras se acercaron a consolarme. "Hiciste bien… hiciste lo mejor que pudiste…" En lo único que podía pensar era en su triste muerte, rodeada de extraños. Me pregunté si supo que yo había venido a visitarla esa mañana, y que había presionado su pecho hasta el momento de su muerte.

Sé que hice lo mejor que pude. No me arrepiento de ningún antibiótico que le sugerí, ni de ninguna radiografía. Pero siempre me arrepentiré de no haberle dicho esa noche cuánto disfruté conocerla y lo honrada que me sentí de que confiara tanto en mí.