¿Acaso perteneces al 45 por ciento de las personas que la próxima semana tomarán resoluciones para el año nuevo?

Parece ser una idea maravillosa. Dejar atrás malos hábitos. Perder peso. Volverse una mejor persona. Pero las estadísticas dicen que el 80 por ciento ya habrá fallado al llegar el mes de febrero. El total de aquellos que se dieron por vencidos al término del año llega al 92 por ciento.

Sin ninguna duda debe haber una mejor manera de asegurar el éxito. Gracias a algunas fascinantes investigaciones sobre el comportamiento humano, ahora sabemos que el secreto para que las personas puedan llegar a cumplir sus promesas y concretar sus resoluciones, es apegarse a los compromisos a pesar de las dificultades que sin ninguna duda se presentarán en el camino.

Durante mucho tiempo enfocamos el problema de forma equivocada. Fallamos en reconocer una peculiaridad de la naturaleza humana. Siempre nos enseñaron que la manera ideal de lograr el objetivo deseado es a través de una recompensa. El mayor incentivo es un premio.

Resulta que hay algo mucho más fuerte para motivarnos. Se ha corroborado que eso es eficaz para mantenernos alejados de la derrota, de la frustración y de levantar una bandera blanca antes de lograr nuestros objetivos. Es un sistema con un nombre inusual: “anti-caridad”, descrito por la científica social Vanessa Van Edwards.

¿Qué ocurre si en vez de establecer un sistema de recompensa para ti mismo (por ejemplo, permitirte comer un pequeño postre cuando bajas dos kilos), como castigo por no haber logrado tu objetivo tienes que separar una suma de dinero? Pero aquí está la clave: el dinero debe contribuirse para una causa que detestes, una organización que odies, una caridad que se oponga a todos tus valores y creencias.

En efecto, estarás ayudando a aquello que odias, y el odio psicológico es muchísimo mayor que el amor por una recompensa para uno mismo.

El concepto de “anti-caridad” ha probado ser bastante exitoso en el ámbito de las resoluciones para el nuevo año. Al aplicarlo para promover el cumplimiento de un compromiso deseado, transforma la fuerza del odio en un logro positivo. La fuerza del odio también ayuda a explicar lo que se encuentra detrás de algunos eventos contrarios a la lógica, como la reciente votación de las Naciones Unidas condenando la aceptación de los Estados Unidos de Jerusalem como la capital de Israel.

128 naciones, casi 2/3 de los 193 estados miembros de la alianza global, votaron contra la decisión de los Estados Unidos. Países que siguen recibiendo la generosa ayuda de los Estados Unidos aparentemente no dudaron en ‘morder la mano que los alimenta’ e insultar a su mayor benefactor; a pesar de que la embajadora de los Estados Unidos en las Naciones Unidas, Nikki Halley, dejó claro que habrá consecuencias económicas para aquellos países que ignoraron las responsabilidades mutuas que implica una amistad.

Dicho de forma simple, no tiene ningún sentido que la gran mayoría de esos países hayan votado de la forma en que lo hicieron. Fue algo opuesto a sus propios intereses. Pero como ahora sabemos, el odio es el mayor motivador. Y el odio hacia Israel sigue siendo el rasgo más distintivo de esa organización que supuestamente se dedica a buscar la paz.

Es una verdad que debemos recordar.

Por más que recemos por la paz en un mundo intoxicado por esta antigua animosidad hacia el pueblo judío —el milenario síndrome del antisemitismo que ahora trata de disfrazarse como antisionismo— sabemos que nuestra única esperanza se encuentra en las famosas palabras hace tiempo profetizadas por quien en ese momento era primer ministro de Israel, Golda Meir: “Sólo habrá paz cuando los árabes amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros”.

Trágicamente, hasta ahora el odio parece ir ganando en las resoluciones de las Naciones Unidas, todavía con más éxito que en su rol como motivador para las resoluciones de año nuevo.