Cuando leí que el aclamado actor Phillip Seymour Hoffman, ganador de un Oscar, había muerto de una sobredosis de drogas, sentí como si me hubieran golpeado repentinamente.

Nunca conocí al señor Hoffman, y no sé nada de él, excepto que era un actor muy talentoso. Pero cuando me enteré que su adicción a las drogas le había quitado la vida, lo único que podía pensar era, esa podría haber sido yo.

Si tú me vieras con mis faldas largas, mi cabeza cubierta y el grupo de niños en la parte trasera de mi minivan, no sabrías que soy una adicta. He sido adicta, creo, desde el día en que nací, y lo seré hasta el día en que muera. A pesar de estar limpia, sobria y ser “abstinente” (como dicen en un programa al que pertenezco) por casi una década, no estoy curada de la enfermedad de la adicción. Simplemente vivo una especie de prórroga, un día a la vez.

A pesar de estar limpia y sobria por casi una década, no estoy curada de la enfermedad de la adicción.

Muchas personas, incluyendo unas cuantas en el sector médico, tendrían problemas con que yo llame a la adicción una “enfermedad”. Para aquellos que no se ven afligidos por ella —aquellos que pueden dejar medio vaso de vino sobre la mesa—, esto parece ser sólo una cuestión de fuerza de voluntad: Si alguien tiene un problema con las drogas, entonces, que simplemente deje de consumirlas. A más B es igual a C.

Pero permítanme asegurarles —y conste que esto proviene de alguien que ha forjado su camino desde las profundidades—, que la adicción no es una cuestión de fuerza de voluntad. Cuando se trata de ese bocado, de ese trago, de aquel cigarrillo, o de aquella dosis, el adicto no tiene opción. Puede ser que la persona adicta logre sobrevivir un par de días sin su droga, rasguñando las paredes, pálida y temblorosa, pero a menos que la estructura de apoyo que necesita esté en su lugar, volverá atrás y la utilizará de nuevo. Una y otra vez. Y otra vez. Hasta que la mate.

Permítanme ilustrar.

En mi caso personal, la droga es la comida. Desde que tengo memoria, yo siempre comí de manera diferente que el resto. Comía grandes cantidades de comida. A veces sacaba restos de comida de los botes de basura. Yo le robaba comida a otras personas. Me escabullía y la escondía. Incluso robaba dinero para comprarla. Naturalmente yo ya era obesa cuando tenía diez años. Yo no quería ser gorda, y las burlas de mis compañeras de clase me rompían en pedazos. Resolví, una y otra vez, bajar de peso. Intenté casi todos los programas de dieta disponibles, y sin embargo, no podía mantenerme alejada de la comida. No sabía cómo enfrentar la gran cantidad de sentimientos que tenía, el dolor, la ansiedad, yo no tenía las herramientas necesarias para hacerle frente a la vida. Finalmente, yo encontraba un cartón de helado en el congelador o insertaba ansiosamente billetes en la máquina expendedora, desesperada por algo que me adormeciera un poco. Con el primer bocado, se producía una oleada de alivio y los sentimientos se disolvían. A los 16 años, yo pesaba 113 kilos.

Desesperada por detener mi descenso por la escarpada pendiente de la obesidad, empecé a vomitar después de comer. Me hacía sentir “en control”, a pesar de ser incapaz de dejar de comer todo lo que había en frente de mí. Pero una noche, mientras vomitaba, un trozo de comida se atascó en mi garganta y empecé a ahogarme. No podía respirar, ni siquiera podía emitir un sonido. Durante un prolongado momento, yo estaba segura de que iba a morir.

Por favor, Dios, recé en silencio. Por favor, no me dejes morir así. Te lo prometo, nunca más volveré a hacerlo.

Milagrosamente, la comida se desatascó. Podía respirar de nuevo.

Cinco minutos después, volví a bajar las escaleras en busca de comida.

Fui a la universidad, donde me sentí libre por primera vez en la vida, nadie cuestionaba cómo o qué comía; o bebía, o fumaba. Luego me trasladé a Europa por un tiempo, una experiencia única en la vida que quería aprovechar al máximo. En realidad, pasé la mayoría de mi tiempo allí buscando tiendas de comida y restaurantes, bebiendo y utilizando drogas. Una noche, en París (donde yo había soñado ir por años), un grupo de amigos me invitó a un club a bailar. Yo opté, en cambio, por volver a la habitación de mi hotel y pedir comida a la habitación. El miedo de estar en un lugar en el que nunca había estado antes, sola, era demasiado abrumador. Yo ciertamente quería aprovechar ese momento en mi vida, pero todo se esfumó en una neblina.

Después de eso cumplí un sueño de toda la vida y comencé a trabajar en dos de las compañías de producción de cine más exitosas del mundo. Yo quería hacerme un nombre en la industria, avanzar en mi carrera, tener el tipo de éxito que sabía que podía alcanzar si ponía todo mi esfuerzo en ello. Yo tenía todas las oportunidades abiertas en frente de mí. Pero a los pocos meses, comencé a llamar y reportar que estaba enferma periódicamente para quedarme en casa y comer en exceso. Comía hasta enfermarme, después de eso decidía no hacerlo nuevamente, y luego salía, a veces tan sólo minutos más tarde, a comprar más comida.

No podía controlarme más de lo que es posible controlar un tsunami.

Apenas me duchaba y estaba todo el día en pijamas. Yo era obesa, estaba sola, aislada, avergonzada. Todo lo que tocaba se salía de control. Si gastaba, gastaba miles. Si bebía, bebía nueve copas de vino en 20 minutos. Me despertaba y lloraba porque me había despertado, agotada por la perspectiva de una nueva jornada de combatirme a mí misma. Sabía que, de alguna manera, yo era el problema, pero no podía controlarme más de lo que es posible controlar un tsunami. Yo quería vivir mi vida, quería ser un ser humano funcional. Yo quería detenerme. Pero no tenía elección.

Agonizantemente yo esperaba encontrar una píldora mágica que me diera el poder que necesitaba para controlarme. Consulté con profesionales médicos; yo suponía que ellos serían capaces de identificar la raíz del problema. La medicina moderna había acabado con algunas enfermedades letales; seguramente tendrían una solución para esto.

Una vez le pregunté a una doctora en un centro de pérdida de peso de fama internacional “¿Qué pasa si hay un pastel de chocolate en la cocina que me llama desde la planta baja y no me lo puedo comer?”.

Ella me miró sin comprender. “Simplemente no te lo comas”, me dijo.

En vez de eso, ella podría haberme dicho que dejara de respirar, no había ninguna diferencia.

Una vez, cuando yo aún vivía en Europa, conocí a un hombre llamado Nate. Él era un estudiante universitario igual que yo, guapo y muy inteligente. Él era alcohólico. Casi todas las noches podías encontrarlo borracho en el bar local, despotricando sin sentido a todo el mundo, con los ojos vidriosos y melancólicos.

Una noche Nate se acercó a mí, me miró directo a los ojos y me dijo: “Yo te conozco”.

Yo me reí. “Yo también te conozco Nate...”.

Pero en el fondo, yo sabía que no era eso lo que quería decir. Él reconoció en mí la misma bestia que lo atormentaba a él. Miré fijamente sus ojos tristes y me estremecí hasta los huesos: era como verme a mí misma.

Diez años atrás, encontré un programa de 12 pasos que me salvó la vida. La muerte de Hoffman me recuerda que yo podría volver fácilmente, en un abrir y cerrar de ojos, al punto en el que estaba.

Y eso fue exactamente lo que sentí esta semana al ver la cara de Phillip Seymour Hoffman junto al titular que anunciaba su muerte. Según los informes, él había estado limpio y sobrio por 23 años antes de experimentar una recaída. Él vivió 23 años sin una bebida o una droga y se convirtió en uno de los actores más famosos y respetados del mundo. Tenía una pareja, tres hijos y una carrera exitosa. Tenía todo por lo que luchar. Pero no lo hizo.

Hace diez años atrás, yo tuve la bendición de encontrar una salida a través de un programa de 12 pasos. Este programa literalmente salvó mi vida. Desarrollé una estructura de apoyo que me permitió atravesar con éxito algunas de las transiciones más intensas de la vida —el matrimonio, el nacimiento de los hijos y la pérdida de seres queridos— sin necesidad de comer compulsivamente o utilizar drogas. Pero la muerte de Hoffman me recuerda que yo podría volver fácilmente, en un abrir y cerrar de ojos, al punto en el que estaba. La comida y las drogas nunca fueron el problema, yo soy mi problema. Una vez que las drogas quedan atrás, todavía tengo que luchar contra una enfermedad que puede matarme, todos los días, por el resto de mi vida.

Recuperación significa estar completamente presente en cada experiencia de la vida, desde lo sublime a lo angustiante, sin tomar nada que reduzca su efecto (Como una querida amiga mía dice: “Yo soy una mujer sin fármacos”). Y créanme, la vida de este lado es difícil. Durante la recuperación, no sólo debemos enfrentar los desafíos de la vida cotidiana, sino que debemos hacerlo con una mano en la jaula que contiene a nuestros demonios. Incluso cuando disminuye la compulsión, cuando somos maltratados por la vida —e incluso cuando no lo somos— siempre existe ese impulso a reincidir. Si no estoy atenta, me olvidaré. Olvidaré la desesperación, el miedo y el horror, y me convenceré a mí misma de que está bien. Sólo un poco. Sólo por esta vez.

Una de las partes más dolorosas de mi enfermedad era el aislamiento que sentía como una adicta en un mundo que no entiende la adicción; un mundo que nos considera personas débiles que toman malas decisiones. Yo no soy moralmente corrupta, o perezosa, o carente de fuerza de voluntad. Soy imperfecta, ciertamente, pero igual de decente y ambiciosa que cualquier otra persona. Soy esposa, madre y escritora profesional. Soy capaz, honesta y trabajadora. Si, Dios no lo quiera, decido volver a mi adicción, no sería porque soy una mala persona. Sería porque soy una persona enferma.

La adicción no discrimina, sino que afecta a personas de todas las edades, razas, colores y credos. Y, como vemos en el caso del Sr. Hoffman, es absolutamente voraz e intransigente. Si queremos ayudar a aquellos que luchan para superar la adicción —y hay muchos de nosotros en el mundo judío— necesitamos cambiar nuestra visión sobre la adicción. Cuando escuchamos que alguien está luchando contra el cáncer, Dios no lo quiera, la comunidad se moviliza para ayudar, ofrecer compañía, estímulo y congeladores llenos de comida. Sin embargo, cuando nos enteramos que la hija de alguien acaba de entrar a un programa de rehabilitación, hay susurros, especulaciones sobre quién es el culpable, e intentamos evitar el contacto visual cuando nos topamos con sus padres en la sinagoga. Pero la adicción es una enfermedad tan grave y mortal como cualquier otra. Y, más importante aún, no es culpa de nadie.

No culpo al Sr. Phillip Seymour Hoffman por su muerte. Él, como yo, padecía una enfermedad incurable que tuvo que enfrentar durante toda su vida. Sólo puedo esperar que otros como nosotros encuentren la ayuda que necesitan, junto con personas comprensivas y compasivas, para que tengan la oportunidad de recuperarse y salir adelante.