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La plegaria del perdón

La plegaria del perdón

Herramientas para deshacernos del bagaje tóxico.

por Rav Benjamín Rapaport

Perdonar a quien nos hirió puede ser difícil. Cuando sentimos que nos han lastimado es natural desear que el perpetrador sea castigado o, al menos, que se disculpe y reconozca lo que hizo mal. Cuando no recibimos ninguna disculpa solemos guardar rencor y al final, somos nosotros los que terminamos sufriendo.

Para ayudarnos a deshacernos de nuestro bagaje tóxico, nuestros Sabios, con su profundo entendimiento de la naturaleza humana, instituyeron una plegaria especial de perdón que debemos decir cada noche antes de dormir.

Puedes encontrar esta plegaria en el Sidur y dice así:

Perdono a todo quien me haya irritado, antagonizado o que haya pecado contra mí, ya sea en relación a mi cuerpo, mi dinero, mi honor o en relación a cualquier otra cosa mía, tanto si fue accidentalmente como si fue de forma intencional, tanto si fue conscientemente como si fue de forma inconsciente, tanto si fue de forma verbal como si fue por medio de la acción, ya sea en esta encarnación o en otra, y que nadie sea castigado por mi causa…”

Perdón no significa que condonamos lo que nos hicieron ni que nos reconciliamos necesariamente con la persona que nos hirió. En algunas ocasiones eso no sería lo mejor para nosotros. Perdonar significa que dejamos de estar atrapados en nuestras emociones negativas y en el deseo de que quienquiera que nos haya herido sea castigado.

Es mucho más fácil decirlo que hacerlo. Aquí hay cinco poderosas estrategias que pueden ayudarnos a perdonar con mayor facilidad:

1. Es bueno para nuestra salud. Perdonar a los demás tiene grandes ventajas para la salud. El Stanford Forgiveness Project (Proyecto del Perdón de Stanford) condujo en el año 2001 un estudio en gran escala sobre los efectos de perdonar en una serie de variables, y encontraron que perdonar reduce significativamente el nivel de estrés, los sentimientos de enojo y de aflicción, y aumenta el nivel de optimismo.

2. Encontrar significado. Uno de los fundamentos básicos del judaísmo es que todo tiene una razón. A menudo, las lecciones más valiosas de la vida vienen con un elevado costo. A pesar de que nosotros nunca elegiríamos ser heridos, con frecuencia aprendemos —más que con cualquier otra cosa— sobre nuestra resistencia, nuestras fortalezas y lo que realmente nos importa específicamente gracias a esos eventos que son realmente duros. Apreciar lo que ganamos en términos de crecimiento, puede facilitarnos la tarea de abandonar la negatividad que nos condujo a donde estamos ahora en nuestra vida.

3. Juicio. Debes darte cuenta que cuando nos sentimos agraviados, tiene mucho que ver con la forma en que percibimos las acciones y los motivos de la otra persona. Nuestros Sabios nos enseñan que no deberíamos juzgar a una persona hasta que hayamos caminado en sus zapatos, en parte debido a la dificultad de juzgar acertadamente (1). Debemos preguntarnos si nuestra lectura de la situación es completamente precisa. Quizás las cosas no son exactamente como las imaginamos e, incluso si lo fueran, ¿podemos entender por completo todo lo que provocó que esa persona se comportara como lo hizo? ¿Tenemos a la vista todas las piezas que formaron el rompecabezas en ese momento? Cuando consideramos que existen otras posibilidades y nos damos cuenta de nuestras limitaciones, por lo general nuestra posición pierde fuerza y se nos hace más fácil perdonar.

4. La regla de oro. Todos se equivocan, y eso nos incluye a nosotros. Y tal como nos gustaría que los demás nos perdonaran por nuestras ofensas, nosotros también deberíamos estar dispuestos a perdonar a los demás. No podemos controlar el comportamiento de las otras personas, sólo el nuestro, y no podemos hacer que alguien admita algo que no quiere admitir. Sin embargo, sí podemos elegir comportarnos de forma más elevada y estar dispuestos a perdonar incluso si no recibimos una disculpa.

5. Perdónate a ti mismo. La forma en que nos relacionamos con los demás y la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos son, a menudo, dos lados de una misma moneda. En ocasiones, la persona más difícil de perdonar es la que vemos en el espejo. Ya sea por oportunidades perdidas, errores cometidos o imperfecciones que creemos que tenemos, a veces guardamos rencor en contra de nosotros mismos. Como resultado, puede que suframos sentimientos de baja autoestima y que alberguemos otras emociones negativas. Cuando estamos más dispuestos a perdonarnos a nosotros mismos, eso puede ayudarnos a abrir las puertas para perdonar a los demás con mayor facilidad. La Torá declara que deberíamos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, lo cual implica que nuestra capacidad para amar a los demás está basada en nuestra capacidad para amarnos a nosotros mismos. Perdonarnos es un buen lugar para comenzar.

Hay una fantástica historia sobre Rav Israel Salanter, el fundador del movimiento de musar, que destaca el valor del perdón. En una ocasión, Rav Salanter estaba viajando en un tren con un joven que no lo reconoció y que fue increíblemente grosero y ofensivo. Cuando llegaron a su destino, el joven vio la inmensa fiesta de bienvenida que habían organizado para recibir a su compañero de viaje, Rav Israel Salanter. Cuando se enteró a quién había insultado, el joven se horrorizó.

Acto seguido, el joven averiguó dónde se estaba hospedando Rav Salanter y fue a pedirle perdón. Rav Salanter lo recibió con calidez y le preguntó el motivo de su viaje. El joven respondió que había viajado para ser probado como shojet (matarife ritual). Rav Salanter lo envió donde un pariente suyo, que era un prominente rabino en la ciudad, para que le tomara un examen. La experticia del joven demostró ser insuficiente, por lo que Rav Salanter contrató, a sus expensas, a un shojet experto para que le enseñara al joven hasta que éste pudiera recibir la certificación que deseaba.

Sus alumnos le preguntaron a Rav Salanter por qué había ido tan lejos para ayudar a este joven a quien apenas conocía, a lo que él contestó que cuando estaba viajando con él, el joven lo había insultado y, a pesar de que había perdonado al hombre de inmediato, le preocupaba que quizás su perdón hubiera sido incompleto y que guardara algún resentimiento. Para contrarrestar todo resentimiento, hizo un gran esfuerzo de bondad hacia ese joven para erradicar todo mal que haya podido sentir hacia él.

Si Rav Salanter estuvo dispuesto a pagar tanto es porque debe haber considerado que el costo de guardar un resentimiento era aún mayor.

Decir la plegaria del perdón nos permite dejar de lado la negatividad al final de cada día e irnos a dormir con la mente y el corazón limpios. Trata de recitarla cada noche; te asombrarás de la diferencia que hace.


Notas:

(1) Pirkei Avot 2:4

1/2/2015

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