A Brittany Maynard se le concedió su último deseo. La hermosa joven de 29 años que apareció recientemente en la portada de la revista People —y que ha sido mencionada en cientos de artículos de noticias—, tomó su propia vida la semana pasada para evitar el lento deterioro y el dolor de la debilitante enfermedad que le fue diagnosticada.

Como decía un mensaje en su sitio web, “Brittany escogió hacer una elección pensada e informada de morir con dignidad ante tan terrible, dolorosa e incurable enfermedad. Ella se mudó a Oregón para fallecer en una pequeña casita amarilla que escogió en la hermosa ciudad de Pórtland”. En una declaración, Compasión & Choices —un grupo que defiende la eutanasia y que trabajó de cerca con Maynard—, dijo que ella “murió como tenía planeado; pacíficamente en su cuarto, justo a sus seres queridos”.

Maynard fue diagnosticada con un tumor cerebral maligno en enero pasado, apenas un año después de que ella y su esposo se casaron. Luego de varias cirugías, los doctores dijeron en abril que su tumor cerebral había regresado y le dieron seis meses de vida. Ella se mudó de California a Oregón para aprovechar la ley estatal que permite el suicidio asistido; Oregón es uno de los cinco estados en los cuales esa práctica es legal.

Maynard deja atrás a su esposo, su madre y su padrastro. Y en los días que han seguido a su muerte, los medios han relatado el extraordinario apoyo que su decisión de poner fin a su vida parece haber conseguido del público.

Es difícil no sentir compasión por esta joven mujer quien explicó emotivamente su resolución en CNN.com: “Yo no quiero morir. Pero estoy muriendo. Y quiero morir bajo mis propias condiciones. Tener esta elección al final de mi vida se ha vuelto increíblemente importante. Me ha dado una sensación de paz durante una época tumultuosa que de otra forma hubiera estado dominada por miedo, incertidumbre y dolor”.

Refiriéndose al tema de la elección el mes pasado en un artículo de opinión ella calificó su decisión:

“Yo no le diría a nadie que la única opción es elegir morir con dignidad”, dijo ella. “Mi pregunta es: ¿Quién tiene el derecho de decirme que yo no puedo elegir? ¿Acaso merezco sufrir por semanas o meses terribles dolores físicos y emocionales? ¿Por qué alguien debiera tener el derecho de hacer esa elección por mi?”.

Pero su razonamiento la ha convertido ahora, después de su muerte, en la indiscutible vocera de un movimiento, el movimiento que busca legalizar el suicidio asistido bajo el benevolente disfraz de “muerte con dignidad”. Su credo está basado no solamente en glorificar la elección de muerte auto-impuesta sino también en menospreciar implícitamente a aquellos que eligen continuar su batalla por la vida a pesar de sus cargas como nada menos que “poco dignos”. Brittany Maynard se ha convertido inconscientemente en la cara de Compasión & Choices, y he aquí que nosotros debemos responder con una voz que fusione compasión y moralidad a los que apoyan esta causa.

La respuesta de la fe

Déjenme ser claro. Si Brittany Maynard hubiese venido a hablar conmigo personalmente mientras sopesaba su decisión, yo habría compartido con ella mi ambivalencia entre fe y sentimientos. Yo puedo entender su miedo de enfrentar el insoportable futuro. Puedo sentir empatía con su deseo de evitar horrores aparentemente certeros. Sin embargo, ante su pregunta: “¿Quién tiene el derecho de decirme que yo no puedo elegir?”, debo responder: “Solamente El que te ha dado el regalo de la vida tiene el derecho de quitártelo”. Tomar la vida de otro es asesinato. No sólo porque no tenemos derecho de tomar la vida de otro, sino porque no tenemos el derecho de tomar la vida. Así también, no tenemos derecho de quitar nuestra propia existencia de esta tierra.

¿Pero no debiéramos sentir compasión por aquellos que están forzados a sufrir en el futuro? Mis sentimientos me ruegan considerar las dificultades; mi fe me recuerda que mi preocupación es seguramente menor que la de Dios, quien es todo misericordioso, todo bondadoso y todo cariñoso y sin embargo aún no ha decretado la muerte.

El suicidio en el sentido más simple es estar en desacuerdo con un veredicto Divino de vida. Ante la pregunta de “¿Por qué? ¿Por qué yo debería seguir viviendo cuando siento tanto dolor? ¿Por qué debiera continuar cuando soy solamente una carga para otros? ¿Por qué debiera seguir en este camino cuando el fin que deseo es inevitable de cualquier forma?”, solamente podemos encontrar consuelo en la respuesta de Dios a Moshé cuando éste le pidió “muéstrame tu gloria, déjame entender tus caminos”. “El hombre no puede verme y vivir… Yo pasaré ante ti y tú verás mi espalda, pero mi cara no la verás” (Éxodo 33:18–23). Como mortales, nunca podremos entender completamente cómo maneja Dios su universo. Sin embargo, hay una verdad que a menudo sirve para captar un poco de Su sabiduría. Nunca podemos ver Su cara; a medida que la vida se desarrolla de formas misteriosas, nosotros a menudo quedamos perplejos por sus aparentes crueldades, sorprendidos por sus inexplicables dificultades. Sin embargo algunas veces podemos ver “su espalda”, es decir, en retrospectiva, los eventos adquieren significado; podemos atisbar el propósito de las dificultades.

Fue Kierkegaard quien remarcó profundamente “La mayor tragedia de la vida es que debe ser vivida hacia adelante y solamente puede ser entendida hacia atrás”. Para aquellos que no pueden entender el porqué de su sufrimiento, la respuesta de la fe es detener el juicio. La sabiduría Divina es mayor que la nuestra. Y para personas de fe, esto incluso puede implicar años de dolor y angustia con un significado más profundo, tanto para nuestras almas como así también oportunidades para que otros expresen nobles actos de auto sacrificio y devoción.

El peligro adicional

Lo que aún es necesario enfatizar es el peligro de confundir la compasión por Brittany Maynard que todos debiésemos sentir con la aprobación de su decisión, algo que ya se ha hecho manifiesto en muchos círculos. El suicidio asistido presenta un gran peligro para las personas con discapacidades. ¿Quién decide cuándo la esclerosis múltiple o la esclerosis lateral amiotrófica serán clasificadas como “terminales”? ¿Quien determinará si las discapacidades merecen la muerte como opción ideal? En Holanda por ejemplo, los doctores son libres de decidir si un niño nacido con una discapacidad debe vivir o no. El gobierno ha desarrollado una pauta de estándares y si el equipo médico cree que el niño —o los padres— enfrentarán sufrimiento significativo, entonces al infante puede aplicársele eutanasia.

Aún más preocupante, Marilyn Golden del Fondo por los Derechos de Educación y Defensa de la Discapacidad está preocupada que la historia de Maynard distorsione el cuadro completo. “Por cada individuo con una familia feliz que no está en riesgo de abuso, hay muchos otros individuos que pueden ser sutilmente conducidos hacia el suicidio asistido por su compañía de seguros o presionados por su familia”. Golden se preocupa por temor a que “los servicios de salud manejados por personas interesadas en las ganancias” sutilmente conduzcan a los enfermos en dirección a, ¿cuál es la palabra?, dignidad. Miller se pregunta si en este nuevo mundo de elecciones, seguirá habiendo lugar para “personas que están enfermas y más allá de su función utilitaria”.

Las personas en este país han caído en la premisa de que realmente es mejor morir que vivir con discapacidad. Hay un poderoso callejón sin salida cuando legitimamos el dolor y la discapacidad como garantía suficiente para el suicidio. Es simplemente otra forma de definir a las personas con ciertas dolencias como “no merecedoras de vida”. Y aquellos de nosotros que somos mayores podemos recordar que la Alemania Nazi comenzó exterminando lo que hoy en día llamamos “personas con discapacidad mental” y esto eventualmente derivó en el genocidio de un pueblo “racialmente inferior”.

A modo personal

Los lectores de mis artículos en AishLatino.com pueden recordar que compartí con ustedes el diagnóstico que recibí hace un tiempo atrás, en el cual mi doctor me informó que yo tenía una enfermedad terminal para la cual no existe cura. Una detallada investigación en Internet reveló que desde el momento del diagnóstico, no tendría más de seis meses de vida. Eso ocurrió hace ya casi tres años. Con mucho agradecimiento a Dios y con casi completa certeza en que mis rezos y los rezos de innumerables otros han sido respondidos, me siento bien hoy en día y espero los conocidos 120 años de vida.

Todo eso no es sino otra forma de decir que el suicidio asistido está mal por aún una razón más: no acaba sólo con el sufrimiento, acaba con la esperanza. No admite la posibilidad de recuperación, de milagros médicos, de intervención Divina.

El suicidio hoy en día es la décima causa principal de muerte en los Estados Unidos. Lamento el fallecimiento de Brittany Maynard y de todos aquellos que han optado por su solución ante el dolor y el sufrimiento. Mi propósito no es condenarlos por su decisión, sino rezar para que todos aquellos que están contemplando tomar sus propias vidas, escojan el camino de la esperanza en vez de la desesperación, el camino de la fe en vez del sentimiento de abandono por parte de Dios.