Ni siquiera un guionista de Hollywood podría haber ideado una escena más conmovedora.

La escena ocurrió el 12 de julio en las Naciones Unidas. Cerca de 1000 jóvenes estudiantes, provenientes de todas partes del mundo, asistieron a la citación especial de la Asamblea Joven de las Naciones Unidas, a la que también asistieron el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon y el ex-Primer Ministro Británico, Gordon Brown.

La invitada de honor era una joven que celebraba su cumpleaños número 16. Era un día al que los Talibanes casi habían impedido que ella llegase viva. Su nombre es Malala Yousafzai, una Pakistaní cuyo crimen había sido querer ir a la escuela para recibir una educación. Y a causa de esto, el pasado octubre, cuando ella iba en su bus escolar en Pakistan, un hombre armado se subió al bus y preguntó: “¿dónde está Malala?”, y a continuación le disparó en la cara. La bala entró cerca de su ojo y terminó incrustada en su hombro izquierdo, pero ella milagrosamente sobrevivió.

Los Talibanes anunciaron orgullosos su autoría de los hechos. Dijeron que ella estaba actuando a favor de los valores occidentales. Ellos temían que ella sirviera de ejemplo para otras mujeres. La educación es su enemigo. Querían desesperadamente que Malala muriese. Pero Malala se rehusó a dejarse intimidar.

Ella emigró a Inglaterra, donde los doctores repararon las partes de su cráneo con una placa de titanio. Incapaz de regresar sana y salva a Pakistan, ella comenzó a asistir en marzo a la escuela en la ciudad inglesa de Birminham. Allí, ella comenzó una campaña en contra de los esfuerzos Talibanes para negarle a las mujeres la oportunidad de adquirir una educación. Ella logró que cerca de 4 millones de personas firmasen una petición a favor de 57 millones de niños que no eran capaces de ir a la escuela, en la cual se demandaba a los líderes mundiales que financiaran a más profesores, escuelas y libros, y que terminasen con la explotación infantil y con el tráfico de niños. Y el 12 de julio, ella le presentó al Secretario General de la ONU esta petición, un día que había sido designado como el día de Malala en la ONU.

Y como si los hechos por sí mismos no fuesen lo suficientemente dramáticos, el discurso de Malala en dicha ocasión fue probablemente aún más destacable. Los labios de esta niña de 16 años expresaron una sabiduría milenaria. Pero lo que me pareció más intrigante de todo fue la forma en que sus palabras resonaron con una idea judía que es tan profunda que está incorporada en el ritual diario de nuestra fe.

“Un niño, un maestro, una pluma y un libro pueden cambiar el mundo”.

Malala habló de cómo el camino de la violencia no sería exitoso. “Ellos pensaron que una bala podría silenciarnos. Pero se equivocaron. Y de aquel silencio salieron cientos de voces. Los terroristas pensaron que podrían cambiar mis metas y detener mis ambiciones, pero nada cambió en mi vida excepto esto: la debilidad, el miedo y la desesperanza murieron. Y en su lugar, nacieron la fortaleza, el poder y el coraje”.

Y luego, ella concluyó su petición por educación para todos con el siguiente mensaje: “Déjenos tomar nuestros libros y plumas. Ellos son nuestras armas más poderosas. Un niño, un maestro, una pluma y un libro pueden cambiar el mundo”.

Libros y plumas son nuestras armas más poderosas. Imagina esas palabras siendo dichas en la ONU, el lugar en que se reúnen todos quienes deifican el poder, quienes equiparan la grandeza con la fuerza.

De todos los pueblos de la tierra, los judíos, quienes fueron llamados “el pueblo del libro” por Mahoma, han sido quienes más se han comprometido a lo largo de la historia con la veracidad de esta idea: de la superioridad de la palabra por sobre la espada.

“Si una gota de tinta cae al mismo tiempo en tu libro y en tu abrigo, limpia primero el libro y luego el abrigo”. “Si se te caen libros y oro, recoge primero los libros y luego el oro”. Estas son las instrucciones dadas en el clásico libro del siglo XIII “Sefer Jasidim”, escrito por Yehuda HaJasid.

Pero el poder de la pluma tiene un precedente bíblico anterior. Cada día, con excepción de Shabat y de las festividades, los judíos deben atar tefilín, pequeñas cajas con pergaminos que contienen pasajes de la Torá en su interior, en uno de sus brazos y en sus cabezas. Estos simbolizan la sumisión de nuestras acciones y de nuestro intelecto a Dios. ¿Pero en que mano – en la derecha o en la izquierda – debe ser puesto el tefilín? La respuesta, como en tantas cosas, es que depende.

Lo que la Torá decidió enfatizar no es la mano derecha o la mano izquierda en particular, sino aquella que sea “más débil”. En base a la forma especial en que está escrita la palabra en la Torá y en base a la tradición oral, nos fue enseñado que todo depende de si uno es diestro o zurdo.

¿Y que pasa si alguien es ambidiestro? La ley debe ser específica. ¿Cuál es la mano fuerte y cual es la mano débil de alguien que hace sus actividades diarias con ambas manos? La decisión final que toma la ley judía es que la mano con la que la persona utiliza la pluma para escribir es la mano fuerte.

Proverbialmente, esta idea es conocida como “la pluma es más poderosa que la espada”. Los eruditos han tratado de rastrear el origen de este dicho. Algunos se lo atribuyen al escritor del siglo XIX Edward Bulwer-Lytton en su obra Richelieu. Otros dicen que proviene de la frase que dice Rosencrantz en Hamlet, “...muchos que llevan espadas le temen a las plumas de ganso”. También se hace referencia a esta frase en una carta que le mandó Thomas Jefferson a Thomas Paine en 1796, en la cual escribió: “Haz con tu pluma lo que en otras épocas era hecho con la espada”.

La mano que escribe es más poderosa que la que se basa en el poder del puño.

Pero yo creo que el proverbio proviene realmente de su rol en la ley judía. La mano que escribe con la pluma será siempre más poderosa que aquella que se basa en el poder del puño.

Las armas pueden matar a un hombre, pero no pueden lograr un cambio en su corazón. Las ideas tienen mucho más impacto que la violencia. La fuerza es incapaz de cambiar las ideas y creencias de la gente. Las ideas se propagan con la escritura. Ninguna pelea de armas podrá lograr lo que grandes hombres han logrado por medio de sus escritos.

Las palabras escritas producen un impacto permanente en las futuras generaciones. La pluma hace esfuerzos positivos y constructivos, mientras que la espada sólo lleva a devastación y destrucción. La espada fuerza la sumisión; la palabra escrita inspira la creencia y la devoción. Es el poder de la pluma el que ha formado a la humanidad a lo largo de la historia.

Y eso es lo que Malala, en su valiente lucha contra los Talibanes y contra el terrorismo, le quiso enseñar al mundo. Es una verdad que explica el inexplicable milagro de la supervivencia judía en contra de todas las probabilidades, desprovisto de poder y fortaleza pero bendecido con el libro y con la palabra. Es una verdad que ha probado ser, contra toda lógica, la verdadera fuente de poder desde la perspectiva de la historia. Es una verdad que nosotros, los judíos, tenemos en mente cada día cuando nos ponemos los tefilín en nuestra mano más débil.

Cuán destacable es que esta verdad haya sido ahora anunciada por esta valiente joven paquistaní en el edificio de las Naciones Unidas. Si tan sólo fuera realmente escuchada por aquellos que se encuentran en aquel edificio, el cual proclama en su lema – citando al profeta Isaías – que llegará el día en que “no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra”.