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¿La Vida de Quién?

¿La Vida de Quién?

La vida es preciosa. Toda decisión debe reflejar su infinito valor.

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¿Estarías dispuesto a asesinar a un inocente si eso garantizara la cura para el cáncer?... ¿Qué pasaría si ese inocente tuviera 90 años?...

 Seamos prácticos. Al asesinar a una persona, estaríamos salvando millones de vidas. Si la dejásemos vivir, salvaríamos sólo a una persona (un anciano de noventa años que ya pasó la flor de la vida). En este caso, matar a uno salvaría a millones. Si valoráramos la vida, esta ciertamente sería la decisión correcta.

 Sin embargo, la mayoría de nosotros sabe que eso no está bien. Es incorrecto matar a un anciano inocente de noventa años incluso si eso garantizara una cura para el cáncer.

 ¿Me podrían explicar por qué?

 Por desgracia, este dilema no es sólo teórico. En el libro Holocaust and Halacha, una persona recluida en un campo de concentración le preguntó a un rabino:

 Los nazis han atrapado a 100 niños que piensan asesinar mañana por la mañana. Mi hijo es uno de ellos. Puedo sobornar al guardia para liberar a mi hijo, pero, si lo hago, los nazis tomarán al hijo de otra persona para reemplazar al mío. Rabino, ¿puedo sobornar a los guardias para que lo suelten?

 El rabino se negó a responder. De su silencio, el padre dedujo cuál era la contestación del rabino: no podría liberar a su hijo a expensas de otra vida.

 El Talmud, analizando una encrucijada similar, señala:

 “¿Cómo puedes saber si tu sangre es más roja (que la de la otra persona)? ¿Quizás su sangre es más roja?”.

 Rashi, en su comentario sobre el Talmud, elucida:

 “¿Quién sabe si tu sangre es más preciada y más querida para tu Creador que la sangre de otra persona?”.

 ¿Cómo podemos comparar el valor de una vida con el de otra? ¿Cómo podemos saber qué persona es más valiosa? ¡Cada persona es un mundo entero!

 Ahora bien, todo esto tiene sentido si hablamos de una vida en comparación con otra. ¿¡Pero cómo aclara esto el dilema de salvar una vida a expensas de millones!? ¿No podríamos acaso decir con certeza que, a ojos de Dios, millones de vidas son más preciadas que una?

 Esta problemática se fundamenta en la forma en que medimos el valor de la vida.

 Había una vez un rabino y un ladrón que entraron al Cielo. El ladrón fue elogiado por sus inmensos logros y recibió un trato privilegiado, en tanto que el rabino fue recibido como un mediocre más.

 ¿Cómo puede un ladrón ser considerado mejor que un rabino que dedicó toda la vida a su comunidad, realizando buenas obras y llevando una vida honesta y decente?

 Cada quien nace con una personalidad y en un conjunto de circunstancias que le son únicas, al igual que con un cierto potencial de crecimiento. Nuestro punto de inicio es algo que no podemos controlar. No obstante, sí somos responsables de cuán alto lleguemos y de las alternativas que elijamos durante el proceso.

 Quizás el rabino tuvo todas las ventajas. Quizás nació en un hogar cálido, con padres que le dieron la mejor educación y un ambiente sano. Quizás estuvo dotado de una extraordinaria inteligencia, compasión y buen carácter.  Quizás su padre trabajó como rabino comunitario y él, a su vez, eligió la misma vocación. Su verdadero valor no puede medirse en base a la forma en que empezó su vida. No tuvo que esforzarse para lograr sus fortalezas (y debilidades) internas, por lo cual no son intrínsecas de su verdadera esencia. Estas circunstancias estructuran su desafío único en el camino hacia la autorrealización. Su verdadero valor se refleja en las decisiones que tomó al esforzarse por crecer. Debemos tomar en cuenta cada factor y detalle de su existencia para calcular el valor de su vida.

 A primera vista, el rabino parecería una mejor persona que el ladrón, quizás más valiosa que muchas otras personas. Pero si consideramos el panorama más amplio, desde su punto de partida en la vida hasta la potencial grandeza que podría haber alcanzado, la imagen reflejada cambia bastante.

 Este rabino marchó por la vida a bajas revoluciones, optando por la mediocridad. Con más perseverancia, podría haber logrado muchísimo más.

 Supongamos que el ladrón nació con desventajas abrumadoras, un temperamento violento, padres que lo maltrataban, pobreza y escasa inteligencia. Nada de esto determina su verdadero valor, pues su esencia consiste en las decisiones que tomó dentro de su conjunto particular de circunstancias.

 El ladrón optó por una vida mejor, luchando por conquistar sus impulsos negativos internos y consiguiendo un trabajo para poder pagar sus estudios universitarios. Cuando se le dificultó el camino, debió recurrir al robo para poder solventar sus gastos. Sin embargo, en todo momento se esforzó por ser una persona honorable, criar una familia sana y realizar un aporte significativo a la sociedad.

 Si comparamos la extensión del crecimiento personal tanto del ladrón como del rabino, queda claro que el ladrón es una persona más valiosa.

 Por supuesto que este ejemplo representa una simplificación muy burda. Esta apreciación conlleva increíbles complejidades y, por esto mismo, ningún ser humano está capacitado para juzgar el valor de otra persona. Nadie conoce los desafíos de los demás ni su potencial, o lo que Dios espera de ellos. Nunca podemos calcular el verdadero valor de otra persona: eso es asunto de Dios exclusivamente. No es en absoluto recomendable asumir el papel de Dios con los demás.

 Esto no justifica las acciones del ladrón. Robar es incorrecto y quien lo hace enfrenta ciertas consecuencias. Podemos juzgar las acciones del ladrón, no así su valor. Ambos juicios son asuntos separados, el primero dentro de la potestad del hombre y el segundo exclusivamente de Dios. No podemos saber cómo Dios aprecia el valor del ladrón.

 Por ello, en una situación donde el contrapunto lo constituyen millones de vidas y la vida de un anciano de noventa años, quizás esa vida por sí sola sea más preciada y valiosa. ¿Quiénes somos para saberlo? Esta cuestión no tiene nada que ver con cifras. No nos corresponde realizar el juicio, independientemente de cuántas vidas estén involucradas.

 En resumen

 En este caso, acabar con una vida salvaría a millones. ¿Por qué no está bien?

Muy simple, sólo Dios puede juzgar el valor de una persona. Nadie conoce los retos de los demás ni su potencial, o lo que Dios espera de ellos.

Quizás un ladrón sea más valioso a ojos de Dios que un respetado dirigente espiritual.

 Fuentes de referencia

 1. El gobernador de mi localidad me ordenó matar a fulano. "Si no lo haces", dijo, "te mataré". [Rabá] le contestó: "Que te mate es preferible a que cometas asesinato. ¿Quién sabe si tu sangre es más roja? Quizás la sangre de fulano es más roja".

 Talmud de Babilonia: Sanedrín, 74a

2. Si una persona destruye una vida es como si destruyese un mundo entero; si una persona salva una vida es como si salvase un mundo entero.

 Talmud de Babilonia: Sanedrín, 37a

3. Todo Israel está obligado a santificar el gran Nombre de Dios… si a una persona se le amenaza con la muerte si no transgrede uno de los preceptos de la Torá, debe transgredir para no morir, como dice en la Torá: “…y vivirás con ellos [los preceptos]”, uno debe vivir por ellos, no morir por ellos. Esto es en lo concerniente a todos los preceptos excepto la idolatría, la inmoralidad sexual y el asesinato. En referencia a estas tres trasgresiones… uno debe morir en vez de transgredir.

 Maimónides: Mishné Torá, Fundamentos de la Torá 5:1-2.

4. Rabí Janina bar Papá explicó que el ángel designado para supervisar la concepción de un niño toma una gota [de semen] y la lleva ante el Santo, Bendito es, y pregunta: ¡Señor del Universo! ¿Qué será de esta gota? ¿Será fuerte o débil? ¿Sabio o necio? ¿Rico o pobre?

El ángel no pregunta si será un hombre justo o malvado, como explicó Rabí Janina: Todo está en manos del Cielo excepto el temor del Cielo.

 Talmud de Babilonia: Nidá, 16b

5. No intentes justificarte diciendo: ¿Qué puedo hacer? Mis bajos instintos son muy fuertes y siempre caigo presa de ellos. Esto tan sólo indica que no te estás esforzando.

Reflexiona un instante. ¿Acaso Dios te puso en este mundo para descansar, relajarte y divertirte? No, Él te puso aquí… ¡para librar la batalla de la vida terrenal!

Esta es la forma en que te puedes juzgar. Si cada vez que tus pasiones se avivan para atacarte, les respondes con fuerza redoblada, no sólo estás prestando oídos sordos a sus exigencias sino que también cumples un precepto. Entonces sabrás que eres parte de las fuerzas de elite de Dios…

 To Heal the Soul: Rabí Kalonimus Kalman Shapira

21/11/2009

Artículo 4 de 25 en la serie Shmuz

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