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Cruel Consuelo

Cruel Consuelo

Qué hacer y qué no hacer en una casa de shivá.

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Recién vengo de presentar mis condolencias en una casa de luto y estoy furioso.

¿Cómo puede la gente ser tan insensible y tan estúpida?, me preguntaba, mientras atestiguaba otra vez la crueldad involuntaria de quienes vienen a confortar pero que en cambio transmiten mensajes que sólo suman más dolor a los dolientes.

Gracias a Dios nunca escuché algo tan escandaloso como quien le pidió a la reciente viuda, madre de tres, los palos de golf de su difunto marido para que “su memoria subsista de una manera significativa”. Pero lo que he visto es a menudo casi tan espantoso.

Lo que hace que todo sea más irritante es el significado único de las circunstancias. Un error protocolar en un escenario social puede ser rápidamente perdonado; sin embargo, las acciones que exacerban el dolor de alguien que ya está sufriendo profundamente son indefendibles.

Permítanme compartir con ustedes algunas de mis experiencias más recientes.

No podemos saber cómo se sienten, porque cada tragedia es diferente.

¿Alguien se dio cuenta que decir: “Sé exactamente cómo te sientes” no es útil? Implicar que aquellos que no se vieron afectados pueden comprender la severidad de la pérdida de otra persona es minimizar la tragedia de un doliente. No podemos saber – porque cada tragedia es diferente.

Yo estaba desconsolado después de que mis padres murieron. Pero todavía no podía comprender completamente el duelo de la misma manera en que lo hacía una de mis amigas más queridas en Israel cuando perdió a su hijo en un ataque terrorista. Ella lo explicó resumidamente cuando me escribió: “Con la muerte de un marido, pierdes tu presente; con la muerte de un padre, el pasado; pero con la muerte de un hijo pierdes tu futuro. Ninguno de ellos puede ser comparado entre sí”.

Posiblemente Shakespeare es quien capturó mejor la ironía: “Todos pueden dominar una pena salvo quien la posee”. El consuelo real puede venir solamente de aquellos que no exageran su empatía.

Sin embargo, mucho peor son aquellos que aconsejan “Trata de no pensar en eso”. Lo que están sugiriendo en realidad es que los seres queridos fallecidos merecen ser olvidados. Ellos pretenden que los sobrevivientes sean desleales con sus recuerdos para evitar así una conversación desagradable.

La verdad, por supuesto, es que los dolientes necesitan trabajar en su pena. Tienen todo el derecho de aferrarse a sus memorias por todo el tiempo que necesiten, incluso si sus reminiscencias están manchadas con lágrimas. “Pensar en eso” es la única manera en la que pueden atravesar su miseria. “Cuando la pena está fresca”, escribió Samuel Johnson, “todo intento de distraer solamente irrita. Debes esperar hasta que la pena sea digerida, y luego el entretenimiento disipará los restos de ella”.

Es por eso que el judaísmo, en su sabiduría, enseña que tenemos prohibido mencionar palabras de consuelo “en la presencia del muerto”. Es simplemente demasiado pronto para ofrecer banalidades. Los dolientes tienen el derecho a llorar. Y hasta después del entierro, durante el tiempo de la shivá, los sietes días dedicados a recordar todo lo que el difunto significaba para nosotros, las lágrimas tienen su lugar como una parte vital del proceso de sanación.

Como verdadera jutzpá, no puedo olvidar los trovadores de alegría en un lugar designado para el luto. “Anímate” es el consejo que he escuchado demasiadas veces, una recomendación que es tan absurda como irrespetuosa. Qué jutzpá colosal sugerir alegría en un momento de tragedia. Geoffrey Gorer, en su obra clásica Muerte, Pena y Duelo lo expresó bien: “Brindar un camino a la pena está estigmatizado como mórbido, insalubre, desmoralizante… El duelo es tratado como si fuera una debilidad, una auto indulgencia, un hábito malo y reprensible en lugar de una necesidad sicológica”. Decirle a los dolientes que cambien su ánimo es más que inapropiado. Es extremadamente dañino para aquellos que necesitan la catarsis del lamento.

Pero el premio para el más dañino de los intentos desubicados para reflexionar sobre la muerte de una persona amada seguramente debe ser “el regalo de la culpa” que he atestiguado en innumerables ocasiones. “Quizás deberías haber…” seguido por una exploración filosófica de cómo hubiese sido posible, si los sobrevivientes hubiesen hecho algo diferente, que el muerto evitara su cita con el Ángel de la Muerte.

Imagina qué consuelo debe haber sido para la apenada viuda escuchar: “Habría sido bueno que consultaras con mi doctor – él ciertamente lo habría salvado”. Piensa en lo doloroso que debe haber sido para el padre que le digan: “Supongo que nunca deberías haberlo dejado utilizar el auto”. Sí, hasta escuché a un visitante en la casa de los dolientes de una víctima del atentado a las torres gemelas compartir la brillante idea de que “¡Si tan solo hubiese ido a la facultad de medicina como yo sugerí en lugar de convertirse en un agente de bolsa, nunca hubiese estado en el World Trade Center cuando pasó!”. ¿Por qué creería alguien que culpar a quienes lloran por lo que ya no puede ser cambiado puede traerles alguna clase de consuelo?

Todos esos esfuerzos mal dirigidos ilustran ampliamente la absoluta verdad de un hermoso proverbio judío: “Dios nos creó con dos oídos y sólo una boca, para enseñarnos que a veces es mucho más importante escuchar que hablar”.

Sólo Estar Ahí

Es por eso que he llegado a una conclusión personal sobre lo que hace que una visita para dar consuelo cumpla su función de la mejor manera. En tres palabras: sólo estar ahí. Lo que los dolientes más necesitan es el regalo que tú representas.

Lo que los dolientes más necesitan es el regalo que tú representas. Sólo que estés ahí.

Las palabras a menudo pierden su objetivo. Pueden lastimar tan a menudo como pueden curar. Sin embargo, lo que no deja lugar para malentendidos, es un simple abrazo, una lágrima compartida, el lenguaje transmitido por nuestra presencia.

Es una verdad que entendí en su mejor manera en una de las visitas de shivá más notables que atestigüé. La doliente era una joven viuda, madre de cuatro, que perdió a su marido de repente y sin previo aviso, un brillante estudiante talmúdico y un reverenciado maestro de cientos de estudiantes devotos. Ninguno de nosotros sabía lo que decir. Nerviosamente, intentamos algo de conversación. Todos los ojos se dirigieron hacia la puerta repentinamente, cuando advertimos la llegada de Rav Moshé Feinstein, de bendita memoria, una de las luminarias rabínicas más grandes de la generación.

Contuvimos nuestro aliento por la expectativa. ¿Qué le diría este grandioso erudito a la viuda? ¿Qué sabiduría le podría impartir para aliviar su sufrimiento? ¿Qué podríamos aprender de la situación?

Rab Feinstein comenzó a decirle a los dolientes lo grandioso que era el difunto, lo culto, lo pío, lo justo. Pero después de no más de dos frases, al rabino se le hizo un nudo en la garganta y no pudo decir más nada. Lloró, trató de nuevo –y luego permaneció en silencio. Se sentó allí por unos veinte minutos, dejando en claro su pena. Luego se levantó y ofreció las palabras recitadas tradicionalmente en la ocasión: “Que Dios los consuele entre los dolientes de Sión y Jerusalem”.

Después de que se fue, y por muchos días después, la viuda le decía a todo el mundo cuánto provecho había tenido de esa visita.

No, no fueron las palabras lo que hizo la diferencia. Ninguno de nosotros encontrará alguna vez palabras lo suficientemente confortantes, lo suficientemente sabias, lo suficientemente profundas para deshacer la tragedia o para minimizarla. Era simplemente cumplir con lo que dice la ley judía en un momento como ese. Estamos para demostrar con nuestra presencia que también nos afecta la pérdida. Estamos para demostrar mediante nuestra pena que compartimos en cierta medida el dolor de los dolientes. Estamos para ilustrar mediante el relato de nuestros recuerdos del difunto que la vida continuará en nuestros recuerdos y en nuestros corazones, ofreciendo una medida de inmortalidad al difunto. Estamos para dejarles en claro a quienes sufren que siempre seguiremos estando allí para ellos porque somos parte de una comunidad más grande, que entiende que todos somos responsables los unos por los otros.

Es por eso que la shivá, cuando es observada apropiadamente, tiene el poder de consolar y confortar a innumerables generaciones.

21/5/2011

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