Antes de viajar para estudiar por un año en India, en 1968, mis amigos me previnieron a no actuar como una imperialista occidental imponiéndoles mi estilo de vida a los indios. “No se preocupen”, bromeé. “No les compraré zapatos”.

Pero cuatro meses después estaba haciendo precisamente eso.

Mundju, de doce años de edad, era la hija de la familia de sirvientes que atendía en el International Ladies Hostel, en donde yo vivía. Mientras que el resto de las mujeres y niñas en su familia eran amistosas y hermosas, Mundju era malhumorada y feúcha. Raramente hablaba y nunca sonreía.

Al igual que todos en su familia, andaba descalza. A diferencia de todos, tenía grietas profundas en sus pies. Un día llegó a mi cuarto rengueando. Cuando le pregunté lo que estaba mal, me mostró, sin decir nada, un corte profundo en su pie izquierdo.

La llevé rápidamente a un doctor en la clínica de la zona. Dijo que su pie estaba infectado. Le prescribió una crema antiséptica y un par de zapatos. “Si no usa zapatos para proteger sus pies”, advirtió, “la infección nunca se curará. Quedará lisiada”.

“¿Quieres zapatos?” le pregunté en un Hindi rudimentario.

Los ojos de Mundju se encendieron y ella sonrió abiertamente.

Llamé a una bicicleta tirada por un hombre (un taxi) y llevé a Mundju a la zapatería Bata en el centro de la ciudad.

Eligió un par de zapatitos de charol que costaron el doble de lo que planeaba gastar. Recordando la frase de mi madre: “Es inútil comprar algo que no te gusta, porque no lo usarás”. Desembolsé el costo de los zapatos de charol de mi magro subsidio de estudiante y le di la caja a Mundju. “Lava tus pies cuando llegues a casa, y póntelos”, le instruí. “No quiero verte nunca sin ellos”.

Estaba exasperada. “¡¿Por qué no estás usando tus zapatos nuevos?!”

Al día siguiente, vino a mi cuarto descalza. Estaba exasperada. ¡¿Cómo podía ser tan desatenta?! “¡¿Por qué no estás usando tus zapatos nuevos?!”.

Levantó su talón y me mostró una ampolla inmensa. No se me había ocurrido que una niña que no tiene zapatos tampoco tiene medias. Dejé lo que estaba haciendo, llamé a un rickshaw (un cochecito tirado por un hombre), y llevé a Mundju de nuevo al centro. Le compré dos pares de medias blancas. Ahora ya estábamos listas.

No vi a Mundju los días siguientes. Luego, volviendo a casa un día, la vi a la distancia. Estaba caminando descalza.

Me sentí indignada. Aquí estoy gastando tiempo, dinero y energía tratando de ayudarla, y ella estaba haciendo caso omiso de las órdenes del doctor y no utilizaba sus zapatos. ¡Qué desagradecida! ¡Qué descuidada!

Fui directamente al cuarto de los sirvientes y me acerqué a su madre. Me miró con tristeza y me dijo: “¿Tú no entiendes? Este es el único par de zapatos que Mundju tendrá en su vida. Los está guardando para ocasiones especiales”.

Antes de que Condenemos

Un par de décadas después me enteré de una de las mitzvot más intrigantes de la Torá: la obligación de juzgar a los demás favorablemente. La Torá nos impone: “Juzga a tu compañero justamente” [Lev. 19:15]. Los comentaristas clásicos explican que esto significa “juzga a tu compañero favorablemente e interpreta sus acciones y sus palabras sólo para bien” [Séfer HaJinuj 235].

En lugar de condenar, siempre que sea posible, idea una interpretación favorable.

Tres mil años antes del advenimiento de la sicología cognitiva, la Torá reconoció que nuestras actitudes (y consecuentemente nuestras palabras y nuestras acciones) no son formadas por lo que la otra persona dijo o hizo, sino por nuestra interpretación de lo que la otra persona dijo o hizo. Por lo tanto, la Torá nos obliga, siempre que sea posible, a encontrar o idear una interpretación favorable.

Esta mitzvá le quita el apoyo a la actitud crítica e inculpatoria que caracteriza a buena parte de nuestras relaciones interpersonales. En la práctica se ve así”:

  • En lugar de echarle en cara a un amigo por no llamarte cuando dijo que lo haría, podrías pensar: “Puede que haya tratado de llamarme, pero la línea estaba ocupada”, o “Puede que haya recibido una llamada importante cuando estaba a punto de marcar mi número”.
  • En lugar de echarle en cara a tu pareja por llegar tarde (¡de nuevo!), podrías pensar: “No tengo los problemas de puntualidad que tiene él, ¿pero cuánto he hecho yo para cambiar mis propios malos hábitos?”.
  • En lugar de echarle en cara a un técnico reparador por no venir cuando dijo que lo haría (dejándote esperando toda la tarde), podrías pensar: “Su cliente anterior debe haber necesitado un trabajo más complicado que lo que esperaba”, o “Cuando quiso llamarme para decirme que llegaría tarde, no pudo encontrar mi número o la batería de su teléfono estaba agotada”.

El resultado de juzgar a los demás favorablemente es que cultivamos una actitud positiva y comprensiva hacia los demás. Cuando no pensamos mal sobre los demás, no hablamos mal sobre ellos, y ciertamente no actuamos con enojo ni tenemos comportamientos vengativos. No sacamos conclusiones rápidamente. No condenamos a la gente que puede estar sufriendo circunstancias que están mucho más allá de nuestro conocimiento. Evitamos una multitud de pecados mediante simplemente poner nuestras mentes en el modo de “juicio favorable”.

Juzgar a los demás favorablemente no impide acciones de autoprotección o pasos positivos para compensar errores. Juzgar a los demás favorablemente no significa dejar tu iPod de 300 dólares en tu escritorio cuando vas al baño. Significa que si no encuentras tu iPod en donde estás seguro que la dejaste, fíjate en todo cajón y bolsillo antes de comenzar a sospechar de tus compañeros de trabajo. A menudo estamos seguros - ¡y equivocados!

Juzgar a los demás favorablemente no significa que cuando tu hija llega llorando a casa porque su maestra le gritó y la insultó, debes evitar tomar medidas para manejar la situación. Significa que antes de actuar con enojo llamando al rector y exigiendo que la maestra sea despedida, consideres la posibilidad de que no has escuchado toda la historia y que, aún si la maestra actuó de manera equivocada, circunstancias extenuantes pueden haber causado que una maestra generalmente justa haya actuado de manera inusual.

Estrategias Para Juzgar Favorablemente

Uno de mis libros favoritos, El Otro Lado de la Historia, por Yehudit Samet, ofrece estrategias para juzgar a los demás favorablemente. Aquí hay una muestra:

  • Deja de aplicar una “doble moral”. Muchos de nosotros juzgamos severamente mientras excusamos nuestro propio comportamiento reprensible. Por ejemplo, rezongamos sobre los otros conductores cuando estacionan sus coches en doble fila bloqueando un carril entero, pero cuando nosotros lo hacemos está bien, porque sólo es un minuto para buscar la ropa de la tintorería y no sabíamos que iba a haber cola…
  • “No juzgues a tu compañero hasta que estés en su lugar”. [Ética de los Padres 2:5]. Esto significa que aún cuando otra persona haya hecho algo malo, considera la posibilidad de que podrías haber hecho lo mismo si hubieses estado en la misma situación. Tu empleado o compañero de trabajo renuncia y toma un empleo que paga mejor, demostrando una falta de lealtad hacia la compañía que lo ayudó en un comienzo. Antes de decir: “¡Yo no haría eso!” piensa: “¿Yo no hubiese hecho lo mismo si tuviese su hipoteca, sus deudas y una familia del tamaño de la de él?”.
  • Admite que no conoces la historia completa. Ninguna corte daría un veredicto basado en evidencia insuficiente, pero nosotros lo hacemos todo el tiempo. Vemos que alguien hace algo reprensible, y decidimos inmediatamente “¡Culpable!” ¿Qué sabemos del contexto de la situación o de las circunstancias o desafíos de la persona? Ser humildes y admitir: “No sé”, puede salvarnos de juicios que son severos – y equivocados.

El Plomero

Hace varios años agregamos un baño nuevo completo, con botiquín e instalación sanitaria. Unas pocas horas después de que se fue el trabajador, abrí la canilla nueva. La presión de agua era nula. La canilla era defectuosa.

A la mañana siguiente, llamé al plomero. Sí, me aseguró Rami, la canilla tenía garantía. Él la cambiaría. No podía venir ese día, pero vendría la tarde siguiente.

Esperé toda la tarde, pero Rami no vino. A las 4:30, lo llamé a su celular. Se disculpó, pero dijo que no podía venir. “¿Por qué no? ¿En dónde estás?” le pregunté, molesta.

“Estoy en casa”, respondió dócilmente.

“Bueno, entonces ven. Puedes estar aquí en media hora”.

Rami se negó. Como respuesta a mis apelaciones y acusaciones, prometió venir al otro día.

Al otro día, ningún Rami. Para ahora el agua de la canilla defectuosa estaba saliendo por goteo. Me llevó tres minutos llenar un vaso para cepillarme los dientes. Estaba iracunda. ¡Qué servicio de mala muerte! Pero era el único plomero que podía cumplir con la garantía. Lo llamé de nuevo. De nuevo me prometió venir y no lo hizo. Durante los diez días siguientes, prometió venir siete veces más y no lo hizo. Para ese momento estábamos llenando palanganas de agua en la bañera.

Durante ese período, estaba estudiando diariamente El Otro Lado de la Historia con una amiga por teléfono. Una de las estrategias que el libro enseña es imaginar circunstancias extenuantes que podrían explicar el comportamiento impropio de una persona. Como no tenía manera de saber cuál era la historia real detrás de las acciones de la persona, la historia que inventamos para juzgarlo favorablemente tenía tantas posibilidades de ser verdadera como la versión inculpatoria.

Decidí juzgar al plomero favorablemente. Después de todo, me dije a mí misma, hasta el peor plomero no falla en venir diez veces seguidas. Concluí en que algo debía estar muy mal con su familia. Quizás, Dios no quiera, uno de sus hijos está muy enfermo. Quizás el niño está en el hospital y la esposa de Rami está sentada a su lado todo el día, por lo que Rami, preocupado y afligido, tiene que quedarse en la casa para cuidar a los otros niños.

Una vez que inventé esta historia hipotética, mi enojo se enfrió. Podía llenar una palangana de agua en la bañera para utilizar en la pileta sin enfurecerme. Continué llamando a Rami todos los días, pero mi voz ya no ladraba.

Un día sonó el timbre. Ahí estaba Rami con la canilla nueva. Lo recibí amablemente, lo acompañé hasta el baño, y me quedé parada allí mientras trabajaba. Le pregunté gentilmente: “¿Está todo bien con tu familia?”.

Meneó su cabeza. Me contó su historia con un nudo en la garganta: Su esposa (después de 17 años) había huido con otro hombre, dejando a Rami, aturdido y golpeado, con sus seis hijos. Unos pocos días después, su esposa se dio cuenta de que su amante era alcohólico y violento. La amenazó con que si trataba de dejarlo mataría a sus hijos. Después de unas golpizas más, huyó y volvió con su familia. Mientras yo estaba irritada por mi canilla, Rami estaba protegiendo las vidas de sus hijos.

No tienes que ser altamente creativo para imaginar una historia que hace que otra persona se vea bien. Sólo tienes que querer hacer la mitzvá de juzgar a los demás favorablemente. Al final, su verdad puede ser más extraña que tu ficción.