1. Comprende que no tienes el control.

Nuestros Sabios se refieren al enojo como una forma de idolatría (Maimónides – Leyes del comportamiento 2:2). Cuando piensas que eres el Amo del universo y que inexplicablemente las cosas no marchan de acuerdo con tu voluntad, explotas. “Esta es mi vía, amigo, ¡sal de mi camino!”

Tú no eres Dios. Sé humilde y comprende que no tienes el control.

2. Haz una pausa.

Cuando nos enojamos, no somos racionales. Decimos cosas que no queríamos decir, y somos capaces de hacer cosas terribles que normalmente nunca consideraríamos hacer. Por eso el Talmud nos dice que no debemos disciplinar a los niños cuando estamos enojados, porque no somos objetivos y en ese momento cualquier acción no es por el bien del niño (Talmud – Moed Katán 17a).

Por lo tanto, toma distancia de la situación, cuenta hasta diez, respira profundo, relájate y recupera el control. No hay ningún problema con irse a la cama enojado.

3. Libera tu enojo: escribe una carta.

Mantener el enojo embotellado crea estrés y es como una olla de presión interna que en algún momento hará erupción, liberándose de una forma negativa. Puedes sacarlo de tu corazón al escribir una carta sin censura para la persona con quien estás enojado. Expresa cómo te sientes; no te contengas. Luego rompe la carta. Ella era sólo para ti.

4. Aprovecha el enojo como un maestro.

¿Qué es realmente lo que te enoja? ¿Qué es lo que eso provoca en tu interior? ¿Qué mensaje recibes de este dolor? A menudo, el enojo es producto de profundas frustraciones y se basa en una perspectiva distorsionada de la situación. Descubre qué es lo que provoca tu enojo y evalúa objetivamente si entiendes la situación de la forma adecuada.

5. Perdona.

Perdonar no implica absolver ni justificar un mal acto. Significa ver a la persona que hiere como una persona herida. Es ceder al deseo de venganza. Es desatar los nudos que te mantienen atrapado emocionalmente y te impiden sanar.

6. Todo lo que Dios hace es para bien.

Una de las máximas de Rabí Akiva es: “Todo lo que el Misericordioso hace, es para bien” (Talmud – Brajot 60b). Todo lo que Dios hace es por amor, para nuestro propio bien. En este mismo momento quizás no podamos ver toda la imagen, especialmente en medio del enojo. Pero debes detenerte y preguntarte: “¿Por qué necesito esto ahora mismo? ¿De qué forma esto es para mi propio bien?”. La respuesta puede sorprenderte.

Nuestro agradecimiento a Yvette Miller.