Muchas personas luchan durante largos años para concretizar sus sueños. Creen que apenas consigan lo que les falta y lleguen a la meta, alcanzarán la plenitud. Este razonamiento es un grave y peligroso error.

A diferencia del placer obtenido al satisfacer una carencia, la sensación de felicidad existe únicamente en el camino hacia el objetivo y no después de alcanzarlo (1).

Más aún, cuando se conquista el éxito, se pierde, a veces, el apetito por la vida. Una persona que llega al pináculo de sus aspiraciones y queda despojado de cualquier motivación, pierde la alegría de vivir. Cuando se acaban las aspiraciones, no hay razón para vivir.

Disfrutar de placeres en la vida puede ser importante, pero más aún lo es, estar en un viaje continuo en camino hacia el placer. La felicidad es el deseo de materializar un sueño, es la causa de la acción y de la voluntad de vivir.

Por este motivo, muchos disfrutan cuando participan en competencias y juegos donde el denominador común es la voluntad de ganar o de batir un récord: pretenden aferrarse a una meta determinada. Si no hubiese tal aspiración por triunfar, los participantes perderían su interés. La satisfacción gratificante derivada durante el partido o competencia, no proviene del juego en sí, sino justamente de la felicidad de encontrarse en la senda hacia la victoria.

Hemos presenciado la reacción de un niño cuando va a ir de paseo, o la energía y la vitalidad que nos invade cuando nos involucramos en un proyecto que hemos anhelado. Eso es felicidad.

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Gracias a los avances tecnológicos, satisfacemos nuestras necesidades en menos tiempo y con un mínimo esfuerzo. Las máquinas, con sus sofisticados engranajes automáticos, hacen casi todo el trabajo que en otros tiempos realizaban los seres humanos. El producto elaborado —vale decir, los logros— aparecen de manera inmediata: la comida instantánea, la comunicación online, los productos desechables. Si anulamos gran parte del proceso ¿no perdemos acaso la felicidad?

Cuando acortamos o anulamos los procesos anulamos la felicidad. Si el objetivo ya está presente ¿qué nos queda por hacer? ¿Hacia dónde dirigiremos la mirada? ¿Hacia dónde avanzaremos? (2).

Los avances científicos y tecnológicos propios del mundo de hoy apuntan a mejorar la vida. Sin embargo, a pesar de que la existencia se facilita, estamos, por contradicción, más tristes. Cada vez que el mundo desarrolla ciertos adelantos y la calidad de vida asciende, más y más personas se sumergen en la depresión.

Esto no implica que debemos abstenernos de disfrutar de los avances de la tecnología, ni someternos a un régimen de vida obsoleto desde hace ya un siglo. Significa que hoy, más que nunca, las necesidades cotidianas no son suficientes para llenar nuestras vidas. Si aspiramos a ser felices, estamos obligados a crear renovados sueños que enciendan nuestra chispa vital.

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El Rambam (Maimónides) escribe que los rasgos de personalidad exhiben dos extremos negativos y que el camino acertado, es el intermedio. Lo mismo sucede con la felicidad (3). La persona que siente felicidad está en el punto medio entre el individuo depresivo y el bromista banal. La tristeza (la falta de voluntad de hacer) es un extremo. El otro extremo es la broma y la mofa, el descriterio propio de quien se deja arrastrar por el viento, un velero que navega sin un puerto al que arribar.

La banalidad inmoviliza al hombre en una suerte de presente absoluto. En un primer momento, al igual que en la felicidad auténtica, genera vivacidad y voluntad de hacer. La diferencia entre ambos, radica en que el eterno bromista no piensa, ni por un minuto, en el futuro. Sus acciones, concebidas en el presente, sin evolución, no lo llevan a ningún propósito verdadero. Por el contrario, la persona que vive con felicidad, comprende que ha de proyectar sus anhelos al futuro, certeza que la lleva a cumplir sus objetivos y le confiere una fuerza perseverante para alcanzarlos.

El mito urbano del payaso triste, proyectado a seres humanos comunes y corrientes, nos permite entrever que tras el maquillaje, el artificio, se esconde un gesto amargo. La razón es que si bien la tristeza y la bufonada constituyen conceptos opuestos, tienen algo en común: ambas han quedado paralizadas en un hoy sin mañana, en oposición a la felicidad, que no esquiva la mirada hacia el futuro.

La persona que en pos de su naturaleza sólo busca aprovechar los placeres que se le presentan, suele chocar tarde o temprano con la tristeza. Aquella que nace del vacío. En efecto, si se aísla en un pasatiempo y elude la reflexión, se siente bien. ¿Y si ese juguete nuevo pierde el encanto? Entonces, la tristeza se apodera de su corazón. Este ser humano no se ocupa de hacer planes a futuro, su mirada es a corto plazo. Arrastra la pesadumbre del alma.

En una u otra medida, podemos sucumbir ante los desafíos de tal problemática. Demasiadas veces caemos de cabeza en la escena del presente, sin tiempo de mirarnos a nosotros mismos en proyección a futuro. Una existencia así, con la impaciencia de lo inmediato, no nos permite sentir más que unas pocas ráfagas de felicidad. Asumamos, al menos, que no es esa la senda a recorrer, en miras de una vida feliz.

La única manera de “sostener” (que va mucho más allá del simple “tener”) una vida feliz, es designar objetivos futuros. Metas que sean pragmáticas y reales para que despierten en nosotros la voluntad de hacer y, por ende, la aproximación a la felicidad, como dijo el Saba de Kélem: “La felicidad está reservada sólo para quienes se entregan por completo a lo que aspiran” (4).

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Este artículo es un extracto del libro El código judío de la felicidad de Rav Igal Snertz. Para más detalles o para comprar el libro haz clic aquí.

 

 


Notas:

(1) Gaón de Vilna en Meguilat Ester 8:16 y Yov 3:25.

(2) Ver Mijtav MeEliahu Vol. 3, p. 183.

(3) Deot 1:4

(4) Mijtav MeEliahu 3, pág. 56