El otro día estaba con mi hija en el parque y le propuse jugar a las escondidas. Cerré los ojos y conté hasta diez, cuando los volví a abrir, la encontré a mi lado.

—¿Por qué no te escondiste? —le pregunté.

—Porque no hay ningún lugar donde esconderse.

—Podrías haberte escondido atrás de aquel árbol o detrás del tobogán —señalé.

—Pero Dios siempre sabe dónde estoy —me contestó.

Tengo cuarenta y seis años y mi hija cinco. Ella ya sabe que no hay manera de ocultarse de Dios. Yo a veces me engaño a mí misma y creo que nadie se entera cuando me como la última porción de torta con la puerta de la heladera abierta.

Hay un concepto en la Torá que se refiere a una acción que se prohíbe para no causar la impresión de estar trasgrediendo ninguno de los preceptos, incluso aunque no se los transgreda realmente: marit ayin, ‘dar una mala impresión’.

Por ejemplo, la ley judía determina que no se puede colgar ropa mojada en Shabat, porque los vecinos podrían pensar que se lavaron en Shabat mismo (Talmud, Shabat 146b).

Lo que resulta extraño es que esa acción se prohíbe incluso cuando nadie nos ve.

Con esto la Torá viene a enseñarnos que debemos comportarnos de la misma manera en público y en privado.

¿Ojos que no ven?

Ayer me enojé mucho con mi hijo. Sé que eso es malo, pero no se preocupen; la historia empeora. No pude contenerme y le grité. Todavía hay más: estábamos en público. Para colmo justo apareció una amiga.

Cuando vi a mi amiga lo único que quise es que no me hubiese escuchado. ¿Qué iba a pensar de mí? Esa actuación bochornosa no tenía excusa y seguramente derrumbaría la imagen de mujer sensata que me esfuerzo por cultivar.

Al instante me di cuenta de que en realidad daba lo mismo. No tenía importancia si ella me había visto o no.

Me acordé de mi hija jugando a las escondidas…

En las buenas y en las malas

Hay un capítulo de la serie Seinfeld en donde uno de los protagonistas pone un dólar en la jarra de la propina justo cuando el camarero se da vuelta y no lo ve. Como quiere conseguir el reconocimiento de la acción, mete la mano en la jarra e intenta recuperar el dólar para poder volver a meterlo cuando lo estén viendo. En ese momento el camarero lo descubre y piensa que está robando.

Me acuerdo de esa escena cuando no recibo reconocimiento por mis buenas acciones: cuando estoy a punto de recriminarle algo a mi marido, pero me contengo y mi marido ni se entera; cuando recojo un envoltorio de golosina de la escalera de mi edificio y no hay nadie para ver lo buena vecina que soy.

A todos nos gusta que piensen bien de nosotros. Sentimos necesidad de que el mundo conozca nuestras grandezas y no nuestras pequeñeces. Eso hace que a veces nos confundamos y pensemos que, si nuestras malas cualidades no se ven, no existen y que, si nuestros buenos actos no son presenciados, no tienen sentido.

Aieka”, ‘¿dónde estás?’, es la primera pregunta que Dios le hace al hombre. Es ridículo pensar que Dios no sabía dónde estaba Adam luego de comer del árbol del conocimiento en contra de lo que Él le había ordenando. Es claro que le preguntaba otra cosa.

Nuestros sabios nos enseñan que lo que le preguntó a Adam es lo mismo que nos pregunta a cada uno de nosotros en cada momento de nuestra vida ¿Dónde estamos en nuestra relación con Él? ¿Qué hacemos con nuestra vida?

Somos lo que hacemos, da lo mismo si en público o en privado, porque Él siempre está mirando.