Después de quebrar el récord con Amazon Prime, el patrimonio neto de Jeff Bezos, el fundador de Amazon, llegó a 150 mil millones de dólares. La revista Money Magazine calculó el asombroso crecimiento de Bezos desde el 1 de enero hasta el 1 de mayo de este año y descubrió que ganó 275 millones de dólares por día, lo que equivale a 11,5 millones de dólares por hora, 191.000 dólares por minuto y 3.182 por segundo.

Oír hablar de riquezas de estas proporciones hace que los plebeyos soñemos despiertos. Todos nos preguntamos qué podríamos hacer, a dónde podríamos ir y qué compraríamos si tuviésemos tanto dinero a nuestra disposición, Es un juego divertido, sin ninguna duda, pero en medio de toda la histeria y la emoción es importante no perder de vista la riqueza verdadera y más profunda que sigue estando al alcance de todos y los peligros que conlleva la búsqueda descontrolada del dinero.

Ben Zomá enseñó que la definición de riqueza de la Torá es muy diferente de la definición del resto del mundo. Él preguntó: “¿Quién es rico? El que está satisfecho con su porción” (Pirkei Avot 4:1). La verdadera riqueza no se mide por cuánto uno posee sino por cuán poco le falta. Alguien que ha logrado su objetivo y no desea nada más es un individuo verdaderamente rico, mientras que el individuo abarrotado de dinero y bienes que de todas maneras sigue deseando cada vez más, nunca encontrará la paz mental que busca con desesperación. Ese individuo nunca deja de imaginar que la próxima adquisición finalmente le proveerá la elusiva y tan buscada serenidad interior.

Y todo en vano. Irónicamente, la búsqueda interminable de dinero y los sentimientos de insatisfacción con el estado actual que a menudo acompañan a la búsqueda de dinero es lo que provoca que la persona sea pobre de acuerdo con la perspectiva de la Torá.

¿Cómo nos convertimos en la clase de personas que pueden estar satisfechas con lo que tienen? La respuesta se encuentra en las mismas palabras que utilizó Ben Zomá en su definición. En vez de decir: “el que está satisfecho con lo que tiene”, él afirmó: “el que está satisfecho con su porción”. Una “porción” implica que la felicidad a la que se alude aquí surge específicamente de entender que todo lo que uno tiene le ha sido asignado por Dios para una función específica y para su propósito singular en este mundo.

Por lo tanto, si uno tiene una gran riqueza o mucho menos que lo que tiene el vecino, nuestra felicidad colectiva depende de reconocer la huella de Dios en nuestras billeteras y confiar que tenemos exactamente lo que necesitamos para cumplir con nuestro propósito singular. Cualquier envidia que nos quite la felicidad es inconsistente con la realidad espiritual a través de la cual debemos ver el mundo.

Por otro lado, el Rey Salomón nos advierte sobre la intoxicación natural con el dinero y su búsqueda interminable e infructuosa: “Quien ama el dinero nunca se saciará del dinero ni el que ama la abundancia se satisfará con su incremento. Eso también es vanidad” (Eclesiastés 5:9). Asimismo, los Sabios dijeron: “Nadie deja este mundo ni siquiera con la mitad de sus deseos satisfechos. El que tiene cien desea doscientos. Si tiene doscientos desea cuatrocientos” (Kohelet Raba 1:34)

Todos los placeres físicos de este mundo tienen un punto de saciedad. Si comes suficientes alimentos y bebes suficientes bebidas, tu estómago estará lleno. Los retorcijones de hambre se calman y no nos entra nada más, ni siquiera nuestra comida favorita. Lo mismo ocurre con el resto de los placeres mundanos. El deseo de placer pide ser saciado, y una vez que es satisfecho se acalla, por lo menos durante un rato.

Pero con el dinero es diferente. Esto no ofrece un placer físico directo y por lo tanto no tiene un punto de saciedad. El dinero más bien representa el capital para todos los placeres futuros. Y tal como las posibilidades futuras del hombre son ilimitadas, así también lo es el impulso por adquirir el medio (dinero) que financiará esos proyectos. Si el dinero se convierte en un fin, nunca nos sentiremos satisfechos; es un pozo sin fondo.

El judaísmo no menosprecia la riqueza. Por el contrario, el dinero en las manos correctas puede servir como una poderosa fuerza de bien en este mundo. El mundo necesita más individuos dedicados a dar caridad de forma significativa, así como precisa familias que puedan sustentarse a sí mismas. Pero el dinero debe considerarse como un medio para estos sagrados objetivos, nunca como un fin en sí mismo, como una meta a alcanzar.

Jeff Bezos sin ninguna duda es un hombre afortunado. No debido a todo el dinero que tiene, sino por todo el bien que puede hacer con ese dinero. Que Dios le dé a él y a todos nosotros la claridad para utilizar nuestra riqueza de forma positiva para cambiar el mundo.