Estábamos sentadas en un restaurante junto al río, las luces de la ciudad brillaban al caer la noche. Me di cuenta que mi prima estaba enojada conmigo, pero no estaba segura de cómo manejar la situación. Estaba con una persona a quien amo y respeto, pero ella me puso en una situación difícil. Yo le había dicho que ya no comía nada en restaurantes no kosher, pero ella insistió en ir a ese restaurante. Crecimos comiendo pescado y alimentos lácteos en cualquier restaurante, a pesar de que en casa comíamos kosher. Pero yo había aprendido más y me sentía incómoda al beber lentamente mi vaso de agua fría.

—¿Por qué tienes que ser tan extremista? ¿Por qué no puedes por lo menos pedirte una ensalada? Eso es suficientemente kosher.

Me retorcí en mi asiento. No podía regresar a la forma en que era antes, a pesar de que una pequeña parte de mi ser deseaba hacer exactamente eso. No quería herirla, pero sabía que ya no podía comer esa clase de alimentos. Negué con la cabeza y sentí en mis mejillas el calor de la vergüenza. Mi prima pidió su comida y continuó tratando de persuadirme para que “volviera a ser normal”.

¿Por qué tienes que enredarte en los detalles? ¿Cuánto no kosher puede ser un pescado?

—¿Por qué tienes que enredarte en los detalles? Puedes ser judía sin llegar tan lejos. ¿Cuán no kosher puede ser un pescado?”

Comencé a sentirme molesta. ¿Por qué era correcto preocuparse mucho por los detalles al decorar tu salón pero no con los detalles de tus valores? ¿Por qué estaba bien prestar atención a los detalles de tu vestimenta pero no preocuparte por si lo que vistes es refinado y recatado?

Cuando se cruzan ciertos puentes, nunca se puede volver a donde estabas antes. Había buscado y encontrado una relación profunda con Dios y no podía regresar a mi nivel de conexión previo, sin importar cuán incómoda me sintiera en ese momento.

En los detalles

Ese mismo año, algunos meses más tarde, tuve un maravilloso compañero de laboratorio que resultó ser japonés. Era una persona amable y considerada que respetaba mis creencias religiosas. Comía conmigo comida kosher en la Casa Hilel y no tenía ningún problema en programar nuestros partidos de tenis los domingos en vez de hacerlo en Shabat. Una vez incluso examinó una bolsa de papas fritas y me dijo: “Dice que es kosher, pero no estoy seguro de que sea suficientemente kosher”.

Cuando le conté que varias personas estaban molestas por todos los nuevos detalles de mi vida como judía observante, se sorprendió. “Todos los grandes logros de la vida requieren enorme atención a los detalles. Piensa en nuestro examen de química orgánica de esta mañana. O piensa en los famosos campeones de karate. Ellos no patean al azar. Sus movimientos son precisos y focalizados. Yo admiro tu compromiso con los detalles de tu religión”.

Esto me dio consuelo al continuar navegando las complejas dinámicas de mantener a mis amigos mientras seguía creciendo espiritualmente. Después de casarme y tener hijos, comencé a entender que todas nuestras conexiones requieren atención a los detalles para poder ver la imagen global. Puedo amar a mis hijos, pero si no conozco los nombres de sus amigos o de sus maestros, ¿qué es lo que eso les dice acerca de cuánto me preocupo por sus vidas? Puedo amar a mi marido, pero si no sé qué comidas detesta y qué palabras usar para alentarlo, entonces mi matrimonio puede tener objetivos muy elevados pero carece de las herramientas para concretar esos objetivos.

Es importante que recuerde a cuál de mis hijos le gusta su pan con queso crema y cuál prefiere mermelada. Necesito saber que las palabras que ayudan a mi hija no ayudarán a otro niño. Las innumerables leyes del Shabat y del kashrut habían aclarado y magnificado la “imagen global” de una forma que nunca hubiera podido descubrir si hubiera descartado los detalles por considerarlos arcaicos o innecesarios.

Por supuesto que la imagen global también es importante, pero necesita ser constantemente integrada con los valiosos detalles que le dan significado y dirección a nuestras vidas.

En verdad yo no entiendo por qué a uno de mis hijos le gusta el helado de chocolate y a otro el de vainilla. Tampoco entiendo por qué Dios permite ciertos alimentos y prohíbe otros. Pero lo cumplo por respeto a la dignidad del sistema. Este respeto profundiza mi relación, ya sea con mi esposo, con mis hijos o con Dios. Y con el tiempo, a menudo comenzamos a entender las motivaciones subyacentes detrás de esas preferencias particulares y eso profundiza todavía más nuestras relaciones.

El año pasado estuve sentada con esa misma prima en un restaurante glatt kosher en Jerusalem, observando la luz de la luna sobre las murallas de la Ciudad Vieja. Estábamos a punto de pedir la comida cuando ella me miró y me dijo:

—Quizás tenías razón.

—¿Respecto a qué tenía razón?

—Todo esto. Israel. El judaísmo. Construir una familia. Quedarte en casa con los niños.

Casi me ahogo con mi agua. ¡Era tan raro que dijera algo así! Ella siempre me decía que debía regresar a Nueva York y buscar un trabajo de verdad.

—¿Por qué me dices eso ahora? —le pregunté.

—Bueno, con los años comencé a entender que tal vez esa clase de vida comprometida es más saludable de lo que yo pensé.

Estaba tan sorprendida que no podía ni hablar. Entonces ella cerró su menú y dijo casi en un susurro:

—Y quizás sea cierto. Tal vez los incontables actos pequeños son los que importan. Quizás Dios sí presta realmenta atención a los detalles.