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La Ciencia del Alma

La Ciencia del Alma

¿Es el ser humano inherentemente diferente a cualquier otra criatura?

por Rav Itzjok Fingerer

En agosto de 2005, el Zoológico de Londres fue el primero en el mundo en destacar una nueva exposición: seres humanos. Después de una exhaustiva competencia, ocho candidatos (incluyendo un químico) fueron seleccionados para servir como pioneros en esta atracción pionera. En jaulas, acompañados por guardianes, estos ocho hombres y mujeres “hicieron monerías”. Como el resto de sus vecinos enjaulados en el zoológico, los humanos tenían una variedad de juguetes para mantenerlos entretenidos – juegos de mesa, música, pinturas y pelotas.

“Advertencia: Humanos en su Hábitat Natural” decía el letrero en la entrada de la exhibición, en donde los cautivos podían ser vistos sobre una saliente rocosa en un recinto para osos, vestidos solamente con trajes de baño y con hojas de higuera.

Tom Mahoney, de 26 años de edad, decidió participar. Él dijo: “Mucha gente piensa que los seres humanos están por encima de los otros animales. Cuando vean a humanos como animales, aquí, recordarán que no somos tan especiales”.

La ciencia del siglo veintiuno cree que el ser humano es simplemente un primate sofisticado. De acuerdo a esta perspectiva, no hay nada de malo en comportarse como un animal, porque después de todo, eso es lo que somos.

¿Cuál es la verdad? ¿Son los seres humanos animales con una capacidad intelectual evolucionada? ¿O, como enseña el judaísmo, el ser humano tiene solamente una parte animal y además tiene un alma especial, modelada a imagen de Dios?

¿Son los seres humanos meros animales con una capacidad intelectual evolucionada?

El esfuerzo contemporáneo más convincente para exterminar la diferenciación entre los seres humanos y los animales viene de Peter Singer, profesor de bioética de Princeton. El profesor Singer, inaugurador del movimiento de los derechos de los animales, es un defensor de la “liberación animal”; lo que él iguala a los movimientos de liberación de las personas de color y de las mujeres.

El profesor Singer acunó el término peyorativo “especistas”; similar a “racistas” y “sexistas”; para describir a la gente que “le da mayor peso a los intereses de su propia especie cuando hay un enfrentamiento entre sus intereses y los intereses de otras especies”.

¿Es una coincidencia que el profesor Singer, cuya carrera comenzó al defender la igualdad de los animales y los humanos, en los últimos años se haya vuelto famoso por su apoyo entusiasta al infanticidio y a la eutanasia? Él ha escrito: “Matar a un infante defectuoso no es moralmente equivalente a matar a una persona. A veces no está mal en lo absoluto” (Washington Times, 22 de octubre de 1999).

El profesor Singer no puede ser descartado como un intelectual excéntrico. Su libro “Practical Ethics” es uno de los textos más ampliamente utilizados en el campo de la ética aplicada, y es el autor de artículo principal sobre ética en la edición actual de la Encyclopedia Britannica.

¿Puede que el profesor Singer esté en lo correcto? ¿No hay una distinción esencial entre los humanos y los animales?

¿Y, de todos modos, qué diferencia hace?

Las ramificaciones son simples. En el mundo animal no hay responsabilidad moral. Un león no es etiquetado como “criminal”, “asesino”, o “pervertido” por matar.

La supervivencia del más apto es “la ley del día”. El Darwinismo social, una derivación del Darwinismo, resultó en la idea de que el ser humano, un mono sofisticado, también está sujeto a la selección natural y a la supervivencia del más apto.

Darwin mismo previno las consecuencias de su teoría. Escribió: “En algún período futuro, no muy distante, las razas civilizadas del hombre seguramente exterminarán y reemplazaran a las razas incivilizadas en todo el mundo” (El Descendiente del Hombre, 1871).

Utilizando esta idea, Hitler pudo convencer a buena parte del mundo civilizado de que un cierto pueblo, los judíos, eran primitivos y deplorables –merecedores del aniquilamiento. La teoría racista alemana veía al hombre simplemente como otra especia animal, para la cual las leyes de “selección natural” aplicaban completamente. Desde una perspectiva puramente darwinista, los alemanes estaban tan justificados como los organizadores de la exhibición “Ser Humano” en el Zoológico de Londres. En teoría, ¿cuál es el problema que un darwinista, a quien no le gusta el color de tu cabello o el estilo de tu peinado, elimine tus genes del banco genético humano?

El Alma de la Materia

¿Existe una diferencia entre los seres humanos y los animales? Y si la hay, ¿cuál es?

Fisiológicamente, somos más o menos lo mismo. La ciencia reveló recientemente que los chimpancés tienen una similitud genética con los humanos del 99,4%. Hasta están aquellos científicos que están buscando proponer que los chimpancés sean clasificados como Homo Sapiens.

Hasta nuestras actividades cotidianas son más o menos las mismas que la de la mayoría de los animales. Tanto los humanos como los animales comen, duermen, juegan, se aparean, se reproducen, cuidan a sus jóvenes y viven en grupos sociales. ¿En qué diferimos de los animales?

El profesor Singer, en sus intentos de probar que “las diferencias entre nosotros y los otros animales son diferencias de grado más que de tipo” cita –y descarta— una lista de supuestas diferencias:

Se decía que sólo los humanos utilizaban herramientas. Luego se observó que el pájaro carpintero de las Islas Galápagos utilizó la espina de un cactus para escarbar insectos en las grietas de los árboles. Luego fue sugerido que incluso si otros animales utilizaban herramientas, los humanos son los únicos animales que las fabrican. Pero luego Jane Goodall encontró que los chimpancés en las junglas de Tanzania masticaban ramas para hacer una esponja para absorber agua, y recortaban las hojas de las ramas para hacer herramientas para cazar insectos. El uso del lenguaje era otra línea divisoria –pero los chimpancés y los gorilas han aprendido el lenguaje de señas de los sordomudos, y hay evidencia de que las ballenas y los delfines tienen un complejo lenguaje propio.

Posiblemente el profesor Singer tiene razón. Si la única diferencia entre los animales y los humanos está basada en el mero hecho de que sobrepasamos genéticamente a los monos en un 0,6%, entonces sólo somos diferentes en grado pero no en tipo. Entonces, ¿cómo osamos discriminar entre animales y seres humanos?

El torso de un elefante puede levantar pesos que harían colapsar hasta al humano más fuerte.

De hecho, en muchos aspectos, somos inferiores a muchos animales. No podríamos nunca competir con la velocidad de nado de la mayoría de los peces. Nuestra agilidad no se puede comparar con la del mono. Un elefante puede levantar con su torso pesos que harían colapsar hasta al humano más fuerte. El sentido del olfato del perro es entre 10,000 y 100,000 veces más fuerte que el nuestro. Un murciélago ciego, por medio de su habilidad sonar, puede maniobrar en el recorrido de obstáculos más complejo.

El profesor Singer nota: “Que existe un abismo inmenso entre los humanos y los animales era algo incuestionable para la mayoría de la civilización occidental”. ¿Por qué? Porque la mayoría de la gente creía en el relato bíblico de Dios creando al hombre “a Su propia imagen”, como declara la Biblia que Dios sopló un alma dentro de Adam –un alma inmortal— y esta alma creó la diferencia esencial entre los humanos y los animales.

La Biblia también relata el plan de Dios para la creación del hombre y el mandato divino para que los humanos tengan dominio sobre los animales (es de destacar que en el mismo versículo):

Dios dijo: “Hagamos un hombre… y ellos ejercerán dominio sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo y sobre las bestias de la tierra y sobre todas las cosas reptantes que reptan sobre la tierra”.

La superioridad del ser humano sobre los animales parece ser adjudicada solamente al alma divina.

Si yo puedo demostrar la existencia de dicha alma, incluso el profesor Singer tendría una razón para comer hamburguesas y para dejar a los niños minusválidos con vida.

Cómo Hacer Feliz a una Vaca

Digamos que por alguna razón se te delegara un trabajo que consiste en hacer feliz a una planta. ¿Cómo haces feliz a una planta? Dale la cantidad adecuada de luz, aire y agua, y posiblemente tendrás una planta feliz.

Tu tarea siguiente es hacer feliz a una vaca. ¿Cómo haces feliz a una vaca? En adición a la luz, al aire y al agua, las vacas necesitan comida, ejercicio, y la oportunidad de reproducirse. Las vacas provistas con todos los ingredientes mencionados raramente se quejan por depresión.

Ahora viene el desafío: ¿Cómo haces feliz a un ser humano?

El Dr. Abraham Maslow pasó años estudiando la sicología de la gente saludable. Su investigación señaló una “jerarquía de necesidades” experimentada por los seres humanos. En el rango más bajo de esta escalera están las necesidades fisiológicas como el aire, el agua, la comida, el sueño, etc. –aquellas necesidades que los seres humanos comparten con los animales. Sin embargo, cuando esas necesidades son satisfechas, el ser humano no descansa contento. En cambio, siente la necesidad de seguridad, es decir, estabilidad y consistencia. Cuando esta necesidad es satisfecha, el ser humano anhela amor y pertenencia. Después de lograr amor, los humanos desean estima.

Cuando todas esas necesidades “bajas” son satisfechas, el ser humano siente la necesidad de auto-realización, la que el Dr. Maslow define como “el deseo de ser más y más de lo que uno es, de convertirse en todo lo que uno es capaz de ser”. Esta necesidad exclusivamente humana se manifiesta en la búsqueda de conocimiento, paz, experiencias estéticas, logros personales, expresión religiosa y actividades altruistas.

Ninguna vaca o chimpancé contemplará alguna vez una pintura de Rembrandt, buscará aprender algo que no tiene relevancia para su existencia personal, ni se unirá a los Cuerpos de Paz. Ésta es una diferencia cualitativa, no cuantitativa, entre los humanos y los animales.

Se alega que la base de esta necesidad exclusivamente humana de auto-realización es el alma humana. Ahora bien, ¿puede ser probada la existencia del alma?

¿En Dónde Mora la Identidad?

El callejón sin salida aquí es: “ver es creer”, pero como el alma es, por definición, una entidad espiritual, no física, no puede ser vista ni siquiera por el microscopio más sofisticado. Entonces, ¿cómo se puede probar que el alma existe?

Virtualmente todos los físicos están de acuerdo en que existen los agujeros negros, aunque nunca nadie ha visto ni verá uno. La densidad extrema y el fuerte campo gravitacional de un agujero negro evitan que todo, incluyendo la radiación electromagnética, escape de él. Por lo tanto, los agujeros negros son imposibles de detectar por ningún instrumento. Su existencia es inferida por el comportamiento de otros cuerpos celestiales alrededor de ellos. Por ejemplo, en 1994 astrónomos descubrieron que un objeto de 2,5 o 3,5 mil millones de masas solares debía estar presente en el centro de la galaxia M87. Esa es una inferencia bastante grande.

Del mismo modo, muchos fenómenos sugieren fuertemente la existencia de un alma. Primero, quisiera proponer unas cuantas preguntas:

  • El neurólogo Robert Collins dijo: “Es asombroso que el cuerpo alimente el cerebro con azúcar y aminoácidos, y lo que sale es poesía y piruetas. “El mismo ingrediente biológico viaja a los cerebros de los seres humanos y de los animales, y sin embargo el resultado es tan diferente. ¿Por qué?
  • Apúntate a ti mismo. ¿Hacia dónde apuntas? Todas las probabilidades indican que señalaste hacia tu corazón. ¿Acaso tu corazón es tú? ¿No es el corazón simplemente una masa muscular? ¿Habría un lugar más adecuado al que señalar?
  • Cuando dices: “Me siento feliz”, ¿Qué parte de ti es el “yo” que se está sintiendo feliz? ¿Es tu cerebro? ¿Tu médula? ¿Tus pulmones? ¿Tu hígado? ¿Quién es el “yo” que es dueño del sentimiento?
  • Si fueras un parapléjico, y escucharas que acabas de ganar la lotería, probablemente sentirías euforia. ¿Qué parte de ti sentiría esa euforia?

 

Christopher Reeve explicó que: “El verdadero yo no es mi cuerpo”.

El difunto Christopher Reeve afamado por las películas de Superman, declaró que estuvo severamente deprimido por un largo período de tiempo después del accidente que lo dejó cuadripléjico y respirando sólo con la ayuda de una máquina. Luego su actitud cambió. Su perspectiva y su actitud se tornó optimista y feliz. Se embarcó en una misión para ayudar a otros que sufrieron parálisis y desafíos neurológicos. ¿Cómo cambiaron las cosas? Christopher Reeve explicó que se dio cuenta de que: “El verdadero yo no es mi cuerpo. El verdadero yo es algo mucho, mucho más grande. La felicidad no está limitada a mi cuerpo. La felicidad es el placer que derivo de las sonrisas de mi esposa y de mis hijos. La felicidad viene del verdadero yo trayendo felicidad y fe a otros”.

A esta altura, probablemente ya estás reconociendo que el “verdadero tú” no es tu cuerpo. Aún si no tuvieras tu cuerpo o el uso del mismo –debido a una operación macabra o a un accidente debilitador— seguirías siendo tú.

¿Posiblemente “el verdadero tú” está ubicado en tu cerebro? Investiguemos esta posibilidad.

La ciencia de la cibernética ha descubierto muchas similitudes entre las computadoras y el cerebro humano. La ciencia de la computación nos permite programar una transferencia de memoria, llevando toda la información contenida en una computadora y transfiriéndola a otra. Imagina que también fueran posibles transferencias electromagnéticas cerebrales. La información del cerebro de un ser humano sería transferida electromagnéticamente al cerebro de otra persona.

Imagina que toda tu “información” –tus recuerdos, conocimiento, etc.— fuera transferida a otra persona. ¿Esa persona serías tú? Y, carente ahora de tus memorias y conocimiento, ¿Tú todavía serías tú?

Un paciente de amnesia que no puede recordar su propio nombre ni nada de su historia pasada, de sus experiencias, ni de su conocimiento adquirido, todavía tiene un sentido de identidad. ¿Es ese sentido de identidad equivalente al cerebro biológico?

Considera gemelos idénticos. Si el “yo” está ubicado en el cerebro biológico, entonces asumiendo que esos gemelos son criados en el mismo entorno, deberían tener idénticas personalidades, ambiciones y predilecciones. Pero sin embargo la experiencia revela que hasta los gemelos idénticos son individuos dispares con sus propias personalidades únicas. Si sus cerebros son iguales, ¿cómo pueden ellos ser diferentes?

Yendo un paso más allá, analicemos un hipotético clon humano. La manipulación genética funciona teoréticamente extrayendo el ADN de cualquier célula de una persona y luego sacándole el núcleo al huevo de un donante y trasplantando el ADN de la persona siendo clonada al huevo. El huevo es luego trasplantado al útero de una mujer. El bebé que nace es una réplica exacta de la persona clonada. Físicamente, el bebé y el ser humano clonado son idénticos. Tienen exactamente los mismos cerebros. ¿Tendrá el clon un sentido de identidad diferente y distinto o será como un CD bien copiado?

Al final de la década del 40, el Dr. Donald Hebb comenzó a sugerir que la conciencia no es diferente del cerebro y que los misterios de la mente son reducibles a mecanismos biomecánicos. En otras palabras, el ser humano no tiene un alma distintiva. Se le unió un grupo de científicos, entre quienes había gente como el Dr. Francis Crick, famoso por el ADN, quien hizo conocer su teoría denominada Astonishing Hypothesis, traducida como La Búsqueda Científica del Alma: “La búsqueda científica del alma es que tú, tus alegrías y tus penas, tus recuerdos y tus ambiciones, tu sentido de identidad personal y el libre albedrío son, en realidad, nada más que el comportamiento de un gran ensamblaje de células nerviosas y de sus moléculas asociadas”.

Otros, gracias a Dios, estuvieron en desacuerdo.

El filósofo de ciencia Sir Karl Raimund Popper escribió: “Intento sugerir que el cerebro es poseído por el verdadero ser”. Eso significa que el verdadero tú es una identidad separada del cerebro.

El famoso neurocirujano Dr. Wilder Penfield declaró que “la mente” era un elemento básico en sí mismo, cuya existencia no podía ser adjudicada a un mecanismo neuronal. Otros científicos estaban tan perplejos por “la mente” (a diferencia del cerebro) que un científico se refirió a ella como “El Fantasma en la Máquina”.

El Dr. Penfield obtuvo sus conclusiones en base a una investigación de que pacientes podían estar conscientes en la sala de operaciones y, al mismo tiempo, cuando sus cerebros eran estimulados con electrodos, podían tener recuerdos vívidos del pasado. Esos pacientes básicamente revivían eventos del pasado como si estuvieran ocurriendo en ese momento. Y sin embargo no estaban confundidos por esas ocurrencias simultáneas. Podían decirle al Dr. Penfield: “Usted me hizo hacer eso”. Había claramente un “yo” que estaba consciente y que sabía lo que estaba pasando, y había un cerebro, o un banco de información, que estaba siendo activado para evocar recuerdos del pasado.

El Dr. Penfield no pudo encontrar ningún lugar en la corteza cerebral en donde la estimulación del electrodo causara que el paciente creyera o decidiera algo. Las funciones del “yo verdadero”, no pueden ser adjudicadas a ningún mecanismo neuronal. Como opina el neurocientífico, profesor Sir John Eccles, quien ganó el Premio Nobel en fisiología: “Es un error creer que el cerebro hace todo y que nuestras experiencias conscientes son simplemente un reflejo de actividades cerebrales”.

El Dr. Gerald Edelman es el prominente director del Instituto de Neurociencias y ganó el Premio Nobel en inmunología. A pesar del hecho de que se propuso probar que la mente no existe como una entidad independiente sino que es producto del proceso de selección de Darwin, recientemente se rindió y admitió: “No es totalmente reductivo, significando que no puede ser completamente atribuido a la realidad física o a la evolución”.

Otro científico, el Dr. David Chalmers, de la Australian National University y director del Centro para la Consciencia, dijo que la consciencia tiene que ser considerada una categoría fundamental como el espacio, el tiempo o la gravedad –explicable sólo mediante “leyes sicológicas especiales”.

En otras palabras, el “verdadero tú” es más que el sistema biológico, el neuronal y el químico permitiéndote leer este artículo. El “verdadero tú” debe ser algo que trasciende lo físico.

Ahora bien, lo que esos científicos llaman “mente”, el judaísmo lo llama “alma”.

Esa es la esencia de un ser humano. Nutrimos nuestros cuerpos con comida, sueño y ejercicio. Nutrimos nuestros cerebros con libros y seminarios. Y nutrimos nuestras almas a través de hacer actos de bondad, de la plegaria y del estudio de Torá –que es la clave para descubrir la ciencia del alma.

De eso se trata, en resumidas cuentas, el judaísmo y la criatura única llamada Ser Humano.

Publicado: 9/1/2011


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Comentarios: 2

(2) Anónimo, January 6, 2012 1:48 PM

la ciencia del alma

me enseño mucho. altamente recomendable, me gusta.

(1) Rina, February 13, 2011 9:53 PM

La ciencia del alma

MUY, MUY BUENO EL ARTICULO

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