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Los sueños en el judaísmo

Los sueños en el judaísmo

La importancia de los sueños en el pensamiento judío.

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En mi sueño yo estaba en medio de un centro comercial inmenso, interminable. Vagaba sin rumbo, buscando en vano a alguien que faltaba. Se suponía que era uno de mis hijos menores, pero no sabía cuál. En mi sueño sabía que no había esperanza, que el niño perdido jamás sería encontrado. El sueño se repitió. Después de cada vez me desperté deprimido, con una fuerte sensación de que era un augurio.

Poco después murió mi sobrino de 18 años.

Cuando tuve los sueños, yo no sabía que mi sobrino tenía dolores de cabeza debido a un aún no diagnosticado tumor cerebral. Desde ese momento aprendí a tomar los sueños que me hacen despertar deprimido con mucha seriedad.

El tema de los sueños ha fascinado y perseguido a la humanidad desde siempre. Soñamos sobre nuestras esperanzas, nuestros miedos y ansiedades, y también sobre nuestras fantasías. La mayoría de las veces soñamos sobre las personas y los eventos que ocupan nuestra mente durante el día pero, en ocasiones, nuestros sueños nos toman completamente por sorpresa. Los sicólogos consideran que los sueños son una de las claves para entender el subconsciente humano. ¿Cuál es la importancia oculta en nuestros sueños?

Incluso las fuentes judías sobre el tema no son del todo claras. Por un lado, el Talmud declara que los sueños son un sesentavo de profecía (Brajot 57b), pero por otro lado declara que todos los sueños tienen absurdidad (Brajot 55a) y que la interpretación de un sueño depende de la explicación que dé el intérprete (Brajot 55b). Como el Talmud deja bien en claro, todo sueño puede tener tanto una interpretación buena como mala, dependiendo de quién lo interpreta. ¿Cómo puede una profecía, por menor que sea, depender de quién la explica?

La Torá describe a Iosef como un soñador. Iosef tuvo sueños proféticos y también interpretó los sueños de los demás. ¿Por qué el joven Iosef, quien ya sabía que había despertado los celos de sus hermanos, continuó enfrentándose a ellos y les contó sus sueños? ¿No estaba consiguiendo sólo avivar el fuego de la enemistad? ¿Estaba fanfarroneando, intentando inmaduramente mostrarles a sus hermanos que Dios tenía planeadas para él cosas mejores que para ellos?

Mi maestro, el rabino Iojanán Zweig, advierte una diferencia fundamental entre la profecía y los sueños. Cuando un profeta recibe una visión o un mensaje sobre el futuro, él sabe que el futuro le está siendo revelado; sabe que él está viendo en el presente eventos que ocurrirán en una fecha cercana.

En contraste, un sueño es una experiencia completamente diferente. El que sueña no está meramente viendo el futuro, sino que lo está viviendo. Siente que los eventos de sus sueños le están ocurriendo en ese momento. A menudo nos despertamos de nuestros sueños pensando gracias a Dios fue sólo un sueño. Así, a diferencia de la profecía, en la que a un profeta se le muestra hoy una visión del futuro, quien sueña es transportado al futuro y lo experimenta ahora mismo.

Podemos decidir nuestro futuro. Para la Torá, la predestinación no existe.

¿Por qué esta diferencia es importante? Debido al rol crítico que el tiempo y el libre albedrío tienen en la filosofía judía. Como explica Maimónides (Leyes de Teshuvá, Cap. 5), el libre albedrío es uno de los principios más fundamentales del judaísmo. Nuestras acciones están en nuestras manos; podemos determinar nuestro futuro. Para la Torá, la predestinación no existe. Nuestro futuro es indeterminado; cada día de nuestras vidas podemos despertar y decidir si seremos buenos o malvados. Como resultado, Dios nos recompensa o castiga por cada acción y decisión.

La profecía puede ser vista como una invalidación de este principio. Cuando un profeta llega y le informa a la humanidad lo que ocurrirá en el futuro, el futuro deja de ser indeterminado. Si hoy viniera un profeta y dijera que los caldeos van a atacar mañana, presumiblemente los caldeos no tendrían otra alternativa que atacar. Tiene que ocurrir; Dios ya nos dijo que ocurrirá. Entonces, el libre albedrío parecería estar comprometido; el futuro ya no está en las manos del hombre.

(Al mismo tiempo, cabe mencionar que las profecías, en particular las que discuten eventos distantes como el final de los días, a menudo son intencionalmente vagas. Hay muchas formas en las que pueden hacerse realidad. Esas profecías son vagas específicamente porque discuten eventos que no han sido completamente determinados y que pueden materializarse de muchas formas, dependiendo generalmente de nuestros méritos en el momento. Asimismo, Maimónides escribe (Leyes de Principios de la Torá) que las profecías negativas puede que no ocurran. Esas profecías vienen como advertencias a la humanidad; podemos evitarlas si nos arrepentimos).

En base a lo dicho, la diferencia que hicimos anteriormente entre la profecía y los sueños se torna muy importante. Profecía significa que a un profeta se le dice ahora lo que ocurrirá mañana. El mañana ya no está por determinarse, ya ha sido decidido hoy; el libre albedrío quedó comprometido. En contraste, los sueños son una experiencia en la que la persona vive el futuro. Los sueños están más allá del tiempo; el futuro no ha sido anunciado y traído al presente. Sigue siendo el futuro incipiente y, por definición, dado que el libre albedrío existe, puede ocurrir de más de una forma.

Esto es lo que nos quiere transmitir el Talmud al decir que los sueños dependen de su interpretación. Un sueño puede, por definición, hacerse realidad de más de una forma. Sigue siendo una experiencia futura, no limitada aún por haber entrado al mundo del tiempo. Por lo tanto hasta que sea ofrecida una interpretación (ya sea positiva o negativa), un sueño tendrá, por su naturaleza, dos resultados posibles.

Los sueños nos muestran nuestro futuro potencial. Tenemos que actuar sobre ellos.

Iosef reconoció que era un soñador. Tenía la capacidad para relacionarse con el universo más allá del tiempo, para relacionarse con eventos futuros que aún no habían sido concebidos. Cuando recibió sus sueños proféticos, se dio cuenta de que no podía quedarse de brazos cruzados esperando que ocurrieran. Sus sueños no eran profecías sobre el futuro que habían sido traídas al mundo del tiempo, eventos que ocurrirían independientemente de lo que hiciera. Eran sueños. Iosef estaba recibiendo información sobre su futuro potencial, lo que podría ocurrir si él usaba su libre albedrío para que se volvieran realidad. Así, Iosef se dio cuenta que debía actuar en base a sus sueños para concretizar su futuro potencial y convertirlo en realidad.

El Talmud escribe que un sueño no interpretado es similar a una carta no leída (Brajot 55a). Un sueño que es relegado al mundo de los sueños nunca deja el futuro y, por ende, no tiene un impacto en el presente. Por lo tanto, Iosef se dio cuenta que debía publicar sus sueños para comenzar a materializar su futuro potencial. Lejos de estar jactándose de sus sueños de grandeza ante sus hermanos, Iosef reconoció que su futuro sólo se materializaría si él hacía el esfuerzo.

Hoy en día, nuestros sueños pueden ser más o menos proféticos, dependiendo de la cantidad de sinsentidos que metamos en nuestras cabezas durante nuestras horas activas. Pero hasta cierto punto, está en nuestras manos hacer realidad nuestros sueños más nobles, tanto los que tenemos cuando dormimos como los que tenemos cuando estamos despiertos.

Basado principalmente en ideas oídas de mi maestro, Rav Iojanán Zweig de la Universidad Talmúdica de Florida.

11/5/2014

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