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Recompensa y castigo

Recompensa y castigo

Encontrando un balance entre este mundo temporal y la vida eterna.

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Una de las bases de la fe judía es la creencia de que Dios recompensa el bien y castiga el mal. La Torá declara: “Todos Sus caminos son rectos; es un Dios fiel, nunca es injusto; es recto y moral” (Deuteronomio 32:4).

Sin embargo, dado que el mundo presente (Olam Hazé) debe servir como un escenario de desafío y logro, y por lo tanto contiene mal, no podría servir como el lugar para la recompensa. Por lo tanto Dios creó otra dimensión, el Mundo Venidero (Olam Habá), el cual es en esencia muy distinto a este; es completamente bueno y es donde se recibe la recompensa. Por lo tanto, el mundo presente es básicamente un pasillo o un lugar de preparación en el cual el hombre se gana su recompensa, mientras que el Mundo Venidero es el lugar de la recompensa máxima.

Si bien la recompensa principal del bien no se recibe en este mundo, Dios sí da cierta compensación para alentar a los rectos por medio de mostrarles que el bien es recompensado. El Salmista rezó por eso cuando dijo: “Muéstrame una señal de favor para que mis enemigos se den cuenta [de que aún estás conmigo] y se avergüencen (Salmos 86:17). De la misma forma, Dios castiga a los malvados en este mundo como advertencia tanto a ellos como a quienes se podrían ver tentados a seguirlos.

Dios recompensa a una persona dándole la oportunidad de hacer más bien.

A menudo, Dios recompensa a una persona por sus buenas acciones dándole la oportunidad de hacer más bien. En ocasiones esto se logra aumentando su bienestar material. Si una persona hace buen uso de sus bienes materiales, puede que estos sean incrementados hasta que tenga la buena fortuna de alcanzar el bien, tanto en este mundo como en el venidero...

Toda recompensa que recibe la persona recta en este mundo es un regalo gratuito que le es dado como interés por sus acciones. Por lo tanto, no disminuye de ningún modo su recompensa futura. La recompensa verdadera de los rectos es en el Mundo Venidero y ningún poder en la tierra puede disminuirla...

Uno no puede determinar si recibirá recompensa en este mundo o en el próximo, dado que esta decisión está exclusivamente en manos de Dios. De la misma forma, uno no puede pedir su recompensa apoyándose en la justicia, porque Dios no le debe nada a ningún hombre por el bien que hace. Todas las acciones del hombre son suficientemente recompensadas con el hecho de que Dios le de vida y que haga que el sol brille sobre él...

No hay cancelaciones

La recompensa máxima por el bien es infinita, mientras que el castigo por el mal es temporal. Debido a esta disparidad, el bien que hace una persona nunca se utiliza para cancelar el castigo que merece por sus malas acciones. En lugar de eso, Dios primero castiga al individuo por el mal que hizo y luego recompensa el bien.

Por lo tanto aprendemos que Dios no acepta ni siquiera el soborno de las buenas acciones para disminuir el castigo. Incluso si una persona hace que muchas personas hagan bien, aún así será castigada por sus pecados. Sin embargo, las buenas acciones de una persona pueden retrasar el castigo para darle la oportunidad de arrepentirse o de disminuir su sufrimiento si ya se ha arrepentido.

A la inversa, el mal no cancela el bien y, aunque una persona sea muy malvada, de todos modos será recompensada por cualquier bien que haya hecho. Una persona sólo pierde su recompensa cuando se arrepiente de haberlo hecho, como está escrito: “Pero cuando el hombre recto se desvía de su rectitud… ninguna de sus buenas acciones será recordada” (Ezequiel 18:24).

Consecuencias, no castigos

Tal como Dios creó un sistema autosustentable de leyes físicas, también creó un sistema autosustentable de leyes espirituales. Dios concibió la creación de forma que el bien no le llegue al hombre como una recompensa por su acción, sino que le llegue como un resultado directo de esta. Lo mismo es cierto respecto al mal que afecta a una persona. En relación a esto está escrito: “La rectitud cuida a quien es recto en sus caminos, pero la maldad abate al pecador” (Proverbios 13:6)...

Por lo general, Dios hace que el resultado se acomode a la acción de forma igualitaria y opuesta. Así, por ejemplo, a una persona que busca honor a menudo este le es negado, mientras que quien elude el reconocimiento es honrado por sus compañeros. Como está escrito: “El orgullo del hombre lo hundirá, pero el hombre de espíritu humilde obtendrá honor” (Proverbios 29:23).

Tal como Dios castiga a una persona de acuerdo a su pecado, asimismo muestra misericordia en igual medida, enseñándoles a las personas cómo deberían reparar los daños. Nuestros Sabios nos enseñan que Dios cura con la misma vara con la que golpea...

Origen Divino

El estudio de Torá es esencial para la supervivencia del pueblo judío. Descuidarla puede llevar a la ruina. Por lo tanto Dios le dijo a Su profeta: “¿Por qué fue destruida la tierra?... Porque abandonaron Mi Torá” (Jeremías 9:11-12). Por otro lado, el estudio de Torá sirve para proteger al pueblo judío, tanto individual como colectivamente, como está escrito: “Es un árbol de vida para todo el que se aferra a él” (Proverbios 3:18).

El propósito de Dios en la creación fue netamente altruista: brindar gratuitamente Su bien infinito. De hecho, dado que ningún ser finito puede merecer semejante bondad en base a su propio mérito, la creación fue un acto exclusivamente de amor y misericordia. Así, está escrito: “El mundo está construido con amor” (Salmos 89:3). De todos modos, el plan de Dios de dar Su bondad gratuitamente está balanceado por Su deseo de que el hombre disfrute de esta bondad por medio del placer de su propio logro, es decir, como una recompensa por sus buenas acciones. Entonces, Dios estableció el mundo sobre la base de la justicia, como está escrito: “El Rey sostiene al mundo con justicia” (Proverbios 29:4).

Dado que la misericordia absoluta haría que la bondad de Dios fuera insignificante, y dado que la justicia constante haría que su logro fuera imposible, Dios estableció Su universo bajo un gobierno tanto de la justicia como la misericordia. Aún así, de todas formas Su misericordia tiene precedencia por sobre Su justicia, como está escrito: “La rectitud y la justicia son la base de Tu trono; la misericordia y la verdad van antes de ti” (Salmos 89:15).

Todo castigo que inflige Dios es enviado con sabiduría y amor.

Incluso los castigos de Dios son para el bien del individuo y de la humanidad. Su castigo nunca es administrado con enojo, como dijo el Salmista: “Pero Él es misericordioso, perdona el pecado y no destruye; con frecuencia aleja Su enojo y nunca despierta toda Su ira” (Salmos 78:38). Dios tampoco propina todo el castigo que un pecado haría meritorio, como está escrito: “Porque Tú eres nuestro Dios, por ende nos has castigado menos de lo que nuestros pecados merecen” (Ezra 9:13). Finalmente, todo castigo que inflige Dios es enviado con sabiduría y amor, como declaró el profeta: “Él también es sabio cuando trae algo malo” (Isaías 31:2).

La mayoría de la humanidad

Antes de que le entregara la Torá a Israel, Dios juzgaba a todo el mundo colectivamente en lugar de culpar a cada persona sólo por sus propios actos. A pesar de que después de la entrega de la Torá el pueblo judío es juzgado persona a persona, todo judío conserva una parte de responsabilidad por su prójimo y es castigado por no impedir que los demás pequen. La responsabilidad absoluta por los pecados secretos de los demás no entró en efecto sino hasta que los israelitas cruzaron el Jordán bajo el liderazgo de Yehoshúa y juraron responsabilidad mutua en el Monte Gerazim y en el Monte Eval...

El deseo de Dios de conferir bondad es mucho más grande que Su deseo de castigar. Por lo tanto, los efectos de las buenas acciones de la persona ayudan a sus hijos por todas las generaciones, como dice la Torá: “A quienes Me aman y respetan Mis mandamientos, muestro amor por miles de generaciones”. (Éxodo 20:6). Incluso los muertos saben qué les ocurre a sus descendientes y, por lo tanto, este bien es una parte real de su recompensa eterna.

El mérito de los padres y de los ancestros de una persona puede ayudarla y protegerla.

El mérito de los padres y los ancestros de una persona puede ayudarla y protegerla. Del mismo modo, el mérito de los Patriarcas y las Matriarcas ayuda a Israel y lo salva de la destrucción, como está escrito: “Recordaré Mi pacto con Yaakov, así como Mi pacto con Itzjak y Mi pacto con Abraham” (Levítico 26:42). Es por esta razón que el mérito de los Patriarcas es mencionado a menudo en las plegarias, como vemos en el ruego de Moshé a Dios: “¡Recuerda a Tus sirvientes, Abraham, Itzjak e Israel!” (Éxodo 32:13).

Si bien el mérito de los padres ayuda, uno no debería depender sólo de los ancestros, dado que también es necesario el esfuerzo propio. Si una persona es malvada, ni siquiera sus padres pueden salvarlo, como dijo el Salmista: “Ningún hombre puede, de ninguna forma, salvar a su hermano ni darle a Dios una recompensa por él” (Salmos 49:8). Entonces, ni siquiera el mérito de los patriarcas puede ayudar al malvado que se apoya exclusivamente en la misericordia de Dios. Por el otro lado, el mérito del esfuerzo propio puede ayudar a una persona incluso cuando el mérito de sus ancestros no puede hacerlo.

Remoción de la protección

El principio fundamental para entender toda la recompensa y castigo en el mundo es que Dios es justo con todos. El Salmista expresó esta idea cuando dijo: “Él juzgará al mundo con rectitud y a las naciones con igualdad” (Salmos 98:9). Dios juzga a todas las personas con la misma justicia. Por lo tanto, uno nunca debería sospechar que Dios fue injusto en algún aspecto. El profeta nos advirtió sobre esto cuando dijo en el nombre de Dios: “Porque Yo, Dios, amo la justicia” (Isaías 61:8).

Sólo un no creyente dice que no hay Juez y que no hay justicia final. El Salmista describió a esta persona cuando escribió: “Él dice en su corazón: 'Dios no está presente, oculta Su rostro, nunca verá'” (Salmos 10:11). Si uno es indiferente a la retribución Divina y la considera un mero accidente, entonces Dios continuará castigándolo con accidentes más serios y problemáticos. Esto es lo que implica la Torá cuando advierte: “Si no Me obedecen y continúan indiferentes a Mí, entonces Yo seré indiferente a ustedes con una venganza” (Levítico 26:27-28). Si uno no confía en Dios, entonces ya no es merecedor de Su protección.

Uno debería darse cuenta de que todo lo que hace Dios es para el propio beneficio de la persona y debería acostumbrarse a decir: "Todo lo que hace Dios es para bien". Incluso la prosperidad del malvado y el sufrimiento del recto son parte del plan supremo de Dios para bien. Dios no desea la culpa de ninguna criatura. Juzga al mundo sólo por el bien y al mismo tiempo juzga de acuerdo a lo que hace la humanidad.

Por lo tanto, uno debería bendecir a Dios por lo malo así como lo hace por lo bueno, como encontramos en Iov: “Dios ha dado, Dios ha quitado, bendito sea el nombre de Dios” (Iov 1:21). Uno no debería ser como los paganos, quienes sólo alaban a sus dioses cuando son buenos. Es un mandamiento positivo reconocer la rectitud de Dios en el juicio, como ordena la Torá: “Debes contemplar el hecho de que así como un hombre corrige a su hijo, Dios te está corrigiendo a ti” (Deuteronomio 8:5).

Extraído con permiso de "The Handbook of Jewish Thought" (Vol. 2), Moznaim Publishing.

15/3/2015

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