A pesar de los avances tecnológicos, la sabiduría sigue teniendo —al menos por el momento— buena prensa. Un hombre sabio sigue siendo alguien respetado. Pero ¿quién es un hombre sabio? ¿Cómo se llega a eso? ¿Debemos esperar a que nos salgan canas y nos crezca la barba para ello? ¿Saber mucho nos hará ser hombres sabios?

Cuentan que hace unos cien años, en Lituania, el hombre más rico del pueblo entró a un centro de estudios y le dijo al director: "Estoy buscando a un joven que sea un buen prospecto para presentarle a mi hija, ¿quién es el mejor estudiante de aquí?". El director del instituto señaló primero a un muchacho que estudiaba diligentemente. "Ese chico", le dijo, "es el que más sabe de toda la clase. Puede preguntarle lo que quiera, y sabrá responder". El hombre rico estaba a punto de acercarse a aquel estudiante, cuando el director lo frenó y le dijo: "aquel que está sentado en la esquina… ese tiene una memoria prodigiosa. Es capaz de recordar libros enteros, sin saltarse una coma". Ahora el hombre adinerado entró en una duda. Estaba a punto de preguntarle al director cuál de los dos jóvenes era el que recomendaba, cuando éste dijo: "Pero aquel… ese muchacho sentado junto a la ventana… ese es el mejor". El hombre rico no entendía absolutamente nada. Un tanto incrédulo, le preguntó al director: "¿Cómo es posible? Ese hombre no es el que más sabe, ni el que más memoria tiene… ¿Cómo puede ser que él sea el mejor estudiante?". El director lo miró a los ojos, esbozó una sonrisa y le dijo: "Muy simple… él es el que más quiere saber".

El judaísmo define a un hombre sabio como "alguien que es capaz de aprender de cualquier persona" (Avot 4:1). En principio, eso no parece tener mucho sentido. Nos esforzamos por obtener buenas calificaciones, pasamos noches enteras intentando recordar los puntos en discordia entre Keynes y Marx, las conexiones entre Lacan y Freud, las guerras entre Inglaterra y Francia… ¿¡Y la sabiduría se basa simplemente en aprender de cualquier persona!?

El filósofo griego Sócrates —profesor de Platón, quien a su vez fuera el tutor de Aristóteles— dijo una frase que quedó en la posteridad. Al preguntarle acerca de su sabiduría, aseguró: "Sólo sé que nada sé". Lógicamente, ese puede ser un buen inicio. Pero el judaísmo dice que no basta con eso. Se nos impulsa a conocer, a saber, a preguntar. Sólo sé que nada sé… ¡y entonces salgo a buscar aquello que quiero saber!

Luego de terminar la escuela secundaria se nos plantea una pregunta básica: Y ahora ¿qué hacemos? Muchos ya saben la respuesta. Están aquellos que ya desde segundo grado sueñan con ser doctores. Otros habrán definido en la última semana, después de una charla con el encargado de Orientación vocacional. "Me dijo que la psicología es lo mío". Una vez determinada la carrera, buscamos el mejor instituto en dónde estudiar. "Yo sólo iré a la Universidad pública", dirán algunos, mientras otros pensarán "Con menos de Harvard no me conformo".

La formación profesional nos da herramientas, podemos hacer un posgrado, un segundo título… pero ¿somos realmente sabios?

Después de una vida de estudios y práctica profesional, el Doctor en Economía es nombrado Ministro de Hacienda. Nadie discute que sepa mucho sobre Ciencias Económicas, pero, ¿es un hombre sabio?

El judaísmo plantea una diferencia radical entre un hombre ‘informadísimo’ y uno ‘sabio’: ser sabio es un estilo de vida. Un hombre sabio nunca llega a destino. Siempre quiere saber más. Su amor por la sabiduría hace que, justamente, sea capaz de "aprender de cualquier persona".

Es por eso que, en contra de lo que generalmente se cree, ser sabio no depende de cuánto sepamos en verdad, sino que depende de cuánto queramos serlo.