Mi hija Rajel de 21 años descendió al abismo de la anorexia hace seis años y medio. Durante cinco años, nuestra familia (mi esposa Sara y mis otros dos hijos) agonizó junto con Rajel en una caída libre de inanición y aislamiento en las manos de un extraño y silencioso acosador que resistió todos los intentos por liberar a su víctima.

Rajel fue hospitalizada en numerosas oportunidades, y a pesar de los terapistas, nutricionistas y “grupos de apoyo”, ella sólo empeoró. Su identidad judía decayó hasta la indiferencia. Ella perdió la alegría de vivir que alguna vez había tenido. Su único consuelo era su perra Annie, y su devoción ferviente a la “emoción” de una vida sin calorías.

Finalmente, oímos sobre un programa en el hospital presbiteriano Columbia en Nueva York por medio de un compañero de cuarto de mi hijo en Israel, quien había sido tratado por un problema de adicción en una unidad que también trataba pacientes con desórdenes alimenticios. La primera vez que Rajel, con mucho desgano, se presentó a una entrevista (que llevó semanas conseguir), ella huyó del edificio abruptamente en el medio de su encuentro con el doctor a cargo del programa. Un año más tarde, después de completar el tratamiento y el seguimiento inmediatamente posterior al mismo, ella le explicó al doctor por qué había huido aquella vez: ella estaba tan débil que pensó que se desmayaría, y así lo hizo, después de dejar el edificio.

Rajel tuvo un comienzo inestable, pero fue dada de alta tres meses después, comiendo hasta 4500 calorías por día para alcanzar su “peso objetivo”. Nosotros conteníamos nerviosamente la respiración mientras Rajel se reincorporaba al mundo. ¿Podría ella haber sobrevivido fuera de la unidad altamente estructurada, en donde debía ser supervisada durante una hora después de cada comida para asegurar que digiriera su comida y no se auto-indujera el vómito? ¿Volvería a saltearse comidas otra vez, y a sustituir la comida con goma de mascar cuando no estuviera bajo supervisión? ¿Por qué esta vez sería diferente?

Mientras Rajel salía de Columbia hacia la libertad, sentí una ola de emociones: orgullo, alivio, y sobre todo, muchísimo miedo.

Cuando una obsesión está tan arraigada que cada minuto que pasa gira en torno a ella, los pensamientos sobre una vida saludable y balanceada parecen tan remotos como una caminata en la luna. Como dijo el rabino Israel Salanter: “Es más fácil aprender todo el Talmud que cambiar un rasgo negativo”. La anorexia le robó a Rajel su alegre personalidad, su habilidad para socializar, su increíble sentido del humor, su particular belleza natural, la identidad judía con la que fue criada, la confianza en si misma, y hasta su deseo de vivir. Mientras Rajel salía de Columbia hacia la libertad, sentí una ola de emociones: orgullo, alivio, y sobre todo, muchísimo miedo. Cuando ella estaba encerrada en la unidad del hospital, yo al menos tenía la tranquilidad de saber de dónde iba a venir su próxima comida. ¿Qué es lo que la mantendría bien ahora?

Café y Estabilidad

Las primeras semanas fueron un horripilante equilibrio entre mirar a escondidas si estaba comiendo, y darle a ella algo de espacio para que se acomodara por si misma. Finalmente consiguió un trabajo en un café, una oportunidad para conseguir estabilidad y estructura (y café, un alimento que era estrictamente controlado en el mundo del desorden alimenticio porque era un popular sustituto de comida para los anoréxicos). Rajel rápidamente aprendió el oficio de camarera, su alegre encanto la ayudaba tanto con los compañeros de trabajo como con los clientes. Ella admitió que a veces “no tenía suficiente tiempo” para almorzar, pero al mismo tiempo, a ella le gustaba estar “viva” de nuevo y restablecer el orden de su vida.

El café era un puente entre su colapso y su recuperación. Rajel se hizo amiga de sus compañeros de trabajo, tenía una vida social y una rutina diaria. Debe haber estado comiendo lo suficiente como para mantener su trabajo, no había podido mantener sus trabajos anteriores por más de uno o dos meses debido al agotamiento por la desnutrición, y ahora habían pasado varios meses y todavía conservaba el trabajo. Ella frecuentemente manifestaba la necesidad de que un miembro de la familia se sentara con ella mientras comía, pero había conseguido cierta estabilidad.

Rajel ahora tenía 20 años y se sentía lo suficientemente fuerte como para arriesgarse a buscar algo que antes tenía terror de intentar: encontrar un marido. A pesar de su alejamiento de cualquier cosa que sea abiertamente judía, Rajel quería encontrar un marido judío. Mi esposa y yo nos sentíamos muy aliviados de que ella sintiera alguna conexión con su educación judía.

Rajel se registró en un sitio de citas para judíos en Internet, y recibió inmediatamente un aluvión de e-mails de hombres judíos interesados. Ella pasó horas en la computadora eligiendo entre candidatos, y nos sorprendió al arreglar su primera cita con un hombre diez años mayor que ella, en un restaurante del centro de la ciudad. La parte difícil, ella admitió, era la posibilidad de tener que comer comidas de verdad y no alimentos “seguros” para anoréxicos. Ella decidió arriesgarse audazmente comiendo alimentos que engordaban y que hace mucho que rechazaba. Ella está arriesgando todo por amor, yo reflexioné.

Yo tenía que aceptar esos riesgos como la esencia del proceso de sanación.

La idea de Rajel yendo al centro de la ciudad para su primera cita con un absoluto extraño, mayor, indudablemente embaucador y astuto, me hizo añorar un poco los días en los que ella estaba encerrada “a salvo” en su cuarto, comiendo su comida “segura” de bajas calorías, escondida en donde no había ningún peligro. Por otro lado, Rajel decía estar lo suficientemente confiada como para comenzar a tomar riesgos y continuar hacia adelante, y yo tenía que aceptar esos riesgos como la esencia del proceso de sanación. En la noche de esa primera cita yo me quedé despierto con el celular cerca hasta que la escuché estacionar el auto en el garaje de la casa. Resultó ser que el hombre no era un monstruo, le compró a ella una cena lujosa y la trató como una princesa.

“Buen chico, me trató muy bien, pero no es mi tipo”, me dijo Rajel al otro día. Ella siempre sabía lo que quería, ya sea que estaba comprando aretes, eligiendo amigas o cambiando el color de su pelo. Algunas personas nacen con confianza en si mismas, y después de estar fuera de la acción por unos años, yo podía ver que su coquetería estaba de vuelta. Ella continuó hacia la cita siguiente rápidamente, y a la otra. Rajel siempre se sintió atraída a un estilo de vida glamoroso, y ella encontró algunos maridos potenciales que parecían ajustarse al molde. Pero ninguno de estos príncipes judíos, de entre 25 y 30 años, estaba apurado por casarse. Y aunque Rajel ya no era “religiosa”, comenzó a comentar que estaba faltando algo intangible. “Las citas son divertidas, pero no van a ningún lado”.

“¿Podría salir con chicos religiosos, a pesar de que yo no soy?” me preguntó Rajel un día, después de que otra relación acabó, sin ninguna esperanza de matrimonio en el horizonte.

Me atrapó desprevenido. “No, no puedes, no funcionará”, respondí. “Necesitas tener una base en común”. Todo el asunto me recordó una cosa que había escuchado años atrás, acerca de una persona definiéndose a si misma en base a la sinagoga a la que no va. Rajel todavía encontraba significado en la religión que no practicaba, y eso la hacía diferente de los hombres con los que salía.

La Decisión de Rajel

Al día siguiente, Rajel anunció su decisión de respetar Shabat y cashrut y todo lo demás. Sin dramas. Simplemente una decisión, de una chica que siempre supo lo que quería (¡pero que conservaba el derecho a cambiar de opinión!). Llegó el viernes a la noche y Rajel se unió a la familia, desde el kidush hasta la oración de gracias por la comida. Mi esposa y yo pretendimos que todo era normal. De hecho, sentimos como si un túnel del tiempo nos hubiese transportado seis años atrás, como si nada hubiera pasado.

“Muéstrales amor incondicional. Evita los enfrentamientos y los gritos”. Fácil de decir, pero difícil de hacer.

Cuando nos hicimos religiosos hace treinta años, siempre pensamos que nuestros hijos abrazarían con muchas ganas nuestro estilo de vida judío. La primera rebelión adolescente de consideración, del hermano mayor de Rajel, nos tomó por sorpresa. Al principio, yo traté de anticiparme instintivamente a esta insubordinación, pero me di cuenta que el enfrentamiento directo sólo consigue empeorar las cosas. Luego recibí un consejo invaluable de un rabino en quien confiaba y a quien respetaba: “Mantén tu conexión con tus hijos”, él enfatizaba. “Muéstrales amor incondicional. Evita los enfrentamientos y los gritos”. Fácil de decir, pero difícil de hacer. Yo tuve que analizar mi rol como padre y mi deseo de obtener najat (deleite) de mis hijos. Yo era un experto al momento en que Rajel lentamente abandonó su observancia.

El rabino también me dijo que en esos tiempos los niños o los adolescentes que se alejan de sus costumbres lo hacen porque no se sienten bien, no por razones intelectuales. Tu hijo es una persona real con pensamientos y sentimientos, no una “máquina de deleite”. Mi objetivo comenzó a ser “quiero que mi hijo se sienta bien” al estar conmigo, sin sacrificar mis principios. La contribución que mi esposa y yo hemos hecho en la vuelta de Rajel a la observancia judía, fue principalmente resultado de mantener la vista puesta en el objetivo de la relación y no en buscar resultados inmediatos.

Después de respetar dos Shabatot, Rajel volvió a la escena de las citas en Internet, pero esta vez, en una página de citas para gente observante, buscando un marido que compartiera su resucitado estilo de vida religioso.

Rajel investigó cientos de perfiles, como un buscador de oro arrodillado frente a un riachuelo prometedor. Después de algunos intentos fallidos, algo le llamó la atención. “Fue su sonrisa cálida y amigable lo que me hizo querer saber más. Su nombre era Avi, y algo acerca de él calzaba bien conmigo”, ella explicó. Tres semanas después, Avi respondió, diciéndole a Rajel que se había registrado en la página sólo para responderle. Ellos salieron de cita al día siguiente, y si tenías alguna duda durante los seis meses siguientes hasta que formalizaron, ¡Te mostraré la cuenta telefónica de Rajel!

Creer en Milagros

El compromiso de Rajel y Avi fue un hito para el sitio de Internet, la pareja número quinientos en comprometerse (¡incluyendo gratis el fotógrafo y el camarógrafo para la boda!). De alguna manera, yo sentía que Dios mismo estaba poniendo Su mano en este alegre evento, como si Él estuviese guiñándonos el ojo diciendo: “¿No creías en milagros durante todo este tiempo?”.

A sólo unas pocas semanas del gran día, los días se consumen entre invitaciones, vestidos, acomodar las mesas, y mil detalles más.

Mi mente vuela y yo los puedo ver bajo la jupá, Rajel, Avi, Sara y yo. La música suena y el jazán canta, hay vestidos blancos, rabinos y mujeres con sus pañuelos secando sus ojos en derredor mío. De repente, sólo hay silencio y no vuela ni una mosca.

Mis pies están en el piso pero yo siento que estoy cada vez más alto, más allá del salón de fiestas. Una avalancha de nubes blancas y de repente el cielo es azul, y yo estoy rodeado de caras, es surrealista y está lleno de amor. Un hombre de ojos azules, radiando sabiduría y compasión, comienza a hablar con un tono muy calmo, sonando como si el distante rugido del mar hubiese cobrado vida: “Hemos estado esperando por esta jupá, ¿no lo sabes? ¿Crees que fue fácil de arreglar?”

Las caras, decenas, cientos, llegando a miles, están serenas, congeladas en el tiempo, sus ojos reflejando una extensión ilimitada en el tiempo. El hombre de ojos azules continúa:

“Somos tu familia, por supuesto, abarcando generaciones… Ahora vuelve a la boda. ¡Todo el mundo te está esperando!”.