¿Alguna vez perdiste algo que realmente querías? Buscando sin objetivo en la oscuridad, corriendo hacia delante y hacia atrás de un lugar a otro, esperando desesperadamente encontrarlo. Tu mente es alimentada con pensamientos sobre dónde puede llegar a estar, quién puede haberlo encontrado. Lo imaginas tirado en algún lugar sólo, asustado. Pasé años de mi vida buscando algo que había perdido, tratando de llenar el vacío, la sensación de nostalgia que tenia adentro. El único problema era que no tenia idea de lo que estaba buscando.

Estaba ansiosamente esperando a graduarme de la secundaria para irme lejos de la ciudad de Nueva York. La ciudad estaba sofocándome; no podía respirar bajo la sombra de las oscuras y grandes torres que bloqueaban el sol. Mi alma anhelaba viajar y estar viva, libre de la metrópolis anónima. En la primera oportunidad que tuve después de la graduación, compré un pasaje de avión en lista de espera a cualquier país de Europa y terminé volando a Irlanda con un amigo de la infancia. Ese fue mi primer encuentro con el mundo, y fue maravilloso. Sólo consiguió abrir mi apetito por más.

Quería estudiar las religiones del mundo, y el judaísmo era la última de mi lista.

Mi viaje siguiente fue mucho más largo. Seis meses de mochilero por Europa – Francia, Inglaterra, España, Italia y Hungría. Nada podía detenerme. Había descubierto espiritualidad y estaba buscando respuestas para apagar la sed dentro de mi alma. A todos los lugares donde fui, conocí a personas espirituales que me ayudaron en mi búsqueda. Quería estudiar las religiones del mundo, y el judaísmo era la última de mi lista. Decidí dejar de decirle a la gente que era judío.

Después de meses de viaje, empecé a sentir que Europa no poseía las respuestas que estaba buscando y decidí ir al Lejano Oriente. Allí podría encontrar la verdad. La única cosa que me mantenía alejado de la India (además de los numerosos limites que debía cruzar, muchos de ellos desolados por la guerra) era mi madre. Ella estaba enferma y me pedía que regresara a casa. Cuando le dije que quizás viajaría para siempre, el silencio del otro lado del teléfono me dijo que ella estaba llorando. No podía romperle el corazón. Tuve que regresar a casa. Mi búsqueda espiritual tenía que esperar.

La librería Sufi

Era otoño y yo tenía 20 años, yo estaba tratando de encontrar una manera de expresar mi nueva y encontrada alma en el medio del tráfico del subterráneo en la hora pico, la gente sin casa y el incesante ruido. Obtuve un trabajo en la ciudad introduciendo datos y repartiendo cartas para una organización sin fines de lucro, y encontré mi consuelo subiendo al techo del alto edificio de oficinas y mirando hacia la masiva ciudad. Todo estaba tranquilo y silencioso. Podía ver el río Hudson, destellando en la distancia, abriéndose camino hacia el océano, y finalmente, podía ver el cielo.

Algunos días a la semana conducía a mi madre al hospital de la ciudad y esperaba con ella mientras recibía sus tratamientos. Desearía haber pasado más tiempo con ella. Fue tan difícil. Estaba en la cima de mi vida, empezando a explorar el mundo, y ella estaba atrapada y asustada.

Descubrí que incluso en medio de la jungla de concreto, había muchos otros allá afuera buscando espiritualidad y el significado de la vida. Encontré todo un mundo de lecturas de poesía, y clases de todo tipo de temas. Probé meditación con los budistas, clases de yoga en la tarde, y muchos otros intentos de conectarme con el mundo superior. Leí muchos libros de diferentes religiones que llegaron a mis manos, todas excepto el judaísmo. A partir de mis pocas visitas a un templo en mi niñez, estaba claro que no era para mí. No había contenido espiritual que valiera. Yo deseaba encontrar un idioma en el cual poder rezar, plegarias y rituales que pudiera hacer, entonces continúe mi búsqueda.

Mis noches las pasaba escribiendo hasta muy tarde en la noche, apasionados poemas sobre mis viajes y búsqueda espiritual, y de la tristeza que sentía en mi corazón por mi madre que estaba lentamente dejando este mundo. Al final terminé mi obra maestra, un poema épico de diez páginas donde junté todo lo que estaba pasando en mi vida. Estaba lleno de profundidad y dolor –dolor por el hecho de sentirme vivo por primera vez en mi vida pero sin ser capaz de compartirlo verdaderamente con nadie, y frustración porque estaba perdiendo lentamente a mi madre y no era capaz de ayudarla. Estaba titulado, “Oda a Jack Kerouac, o Perdiste alguna vez a tu madre”. Imprimí una copia y corrí a una lectura de poemas en una librería de la ciudad.

No había escasez de judíos buscando espiritualidad en la librería Sufi.

Se llamaba "Librería Sufi" y presentaba clases y lecturas de todo tipo de fe. Sufismo es la secta mística del Islam reconocida por su tolerancia con todos los caminos espirituales. Los Sufis también son conocidos como Derviches Giradores, por su extasiada danza circular. Esa noche un poeta británico presento los poemas traducidos de Rumi, un poeta medieval Sufi de Persia. Los poemas eran hermosos y extasiados sobre su anhelo y amor por Dios. Uno de los temas que el trataba a menudo era como una persona tiene que ver como todo en su vida encaja como una historia perfecta.

Después de la lectura conocí a un joven hombre llamado Geoff, también un aspirante a escritor con interés en la religión. Su padre era judío y su madre era una ministra ínter-fe. Empezamos una conversación en la librería sobre nuestro amor por la poesía y nuestra búsqueda de espiritualidad. La joven mujer que trabajaba detrás del mostrador escuchó nuestra conversación y agrego, “¡Deberían acompañarme a mí y mis amigos mañana por la noche a la mezquita Sufi para bailar y rezar! ¡Después el viernes en la noche, no se pierdan el servicio de Shabat en el shul Carlebach en el lado oeste de la ciudad!”. Aunque raramente hablaba sobre ello, mi herencia judía me había encontrado una vez más. No fue difícil para ella adivinar. No había escasez de judíos buscando espiritualidad en la librería Sufi.

La noche siguiente me encontré con Geoff y nos encaminamos hacia la mezquita Sufi. Fue mi primera vez en una mezquita, pero la atmósfera era de calidez y aceptación. Casi nadie era musulmán de nacimiento, incluyendo a la Sheikah, el clérigo femenino. Al menos la mitad de los jóvenes que estaban allí, eran judíos. El servicio consistía en bailar alrededor de la larga alfombra descalzos, coreando fáciles frases en árabe seguido de una corta plegaria hacia la Meca, y luego una comida festiva. La mujer de la librería se presento a si misma. “Mi nombre musulmán es Rabiya, pero usualmente soy Rebeca”. Rebeca era judía, y su prometido, John, era hijo de un ministro Bautista. Ellos eran unos de los pocos occidentales que habían visitado alguna vez la Meca.

El viernes por la noche, Geoff y yo nos encontramos otra vez, esta vez para ir al shul Carlebach. Fue la primera vez en mi vida que entré a una sinagoga ortodoxa. Estaba un poquito nervioso. A medida que nos acercábamos al shul podíamos escuchar los fuertes cantos desde la calle. Nos colamos entre la muchedumbre que bloqueaba la entrada para entrar en un pequeño cuarto que desbordaba de gente. Todos estaban cantando melodías hermosas con gran regocijo. Había varias caras familiares de gente que había visto la noche anterior en la mezquita – jóvenes judíos buscando algo. De pronto un hombre alto usando un sombrero de piel muy extraño y portando una larga barba gris, vino bailando por el pasillo estrecho. Bailó justo delante de mí y luego me llevó a la entrada del shul. “¡Es tan bueno verte!” él dijo abrazándome de una manera muy cálida. No sabía como reaccionar. ¿Los Jasídicos siempre son tan amistosos? Había visto a muchos de ellos en el distrito de diamantes en el centro de la ciudad, pero ninguno de ellos alguna vez me abrazó. Luego me enteré que en esa ocasión había conocido a Rab Mordejai Twerski, el hijo del último Hornsteiple Rebbe de Denver, Colorado, Rab Shlomo Twerski. Sus discípulos lo llamaban cariñosamente el "Hug-achuver Rebbe" (el “Rebe del abrazo”). Su calidez causó un gran impacto en mí, aunque no estaba seguro de que había ocurrido realmente.

Cuando salimos del shul, decidí pasarle a Geoff mi nuevo poema impreso para su largo viaje a casa en el subterráneo. “Cuéntame qué te parece”, le dije. Mantuvimos la amistad por algunos meses y continúe dividiendo mi tiempo entre la mezquita y el shul.

El edificio de apartamentos de mis padres consiguió un nuevo conserje de Pakistán y hablé con el sobre mi nuevo interés por el Islam. Me trajo el Corán y otros buenos libros. Un día él me dijo, “Hoy es el día de Ibrahim”. “¿Qué es eso?”, le pregunté.

“El día de Ibrahim es el día en que nuestro patriarca Ibrahim fue a sacrificar a su hijo Ishmael”.

“Quieres decir Isaac”, lo corregí.

“No, Ishmael”, respondió rapidamente, viéndose molesto.

“Escucha”, le dije, “no sé mucho sobre la Torá, pero estoy bastante seguro que Abraham fue a sacrificar a Isaac, no a Ishmael. Creo que tengo una biblia en casa, voy a subir a verificar”.

No tenía idea que este era uno de los tantos puntos de conflicto entre los musulmanes y los judíos. Él no volvió a tocar el tema de nuevo, pero yo empecé a ver que no era posible ser miembro de ambas religiones y ser al mismo tiempo intelectualmente honesto.

Vida y Muerte

De haber sabido que a ella sólo le quedaban unos pocos meses más, probablemente habría hecho todo diferente.

Yo no podía creer como la condición de mi madre se había deteriorado tan gravemente. De haber sabido que a ella sólo le quedaban unos pocos meses más, probablemente habría hecho todo diferente. Habría pasado más tiempo en casa. En vez de eso yo quería vivir solo, para poder escribir y meditar. Estaba enojado y perdido y no entendía mucho del mundo. Ignoraba completamente el hecho de que ella podía morir realmente; todos morimos. Era muy joven para procesar tan trágica pérdida y no estaba preparado para el dolor. Pensaba que todo estaría bien. No sólo pensaba que ella sobreviviría, sino que si Dios no lo permitía, y ella no lo lograba, yo pensaba que sería capaz de entender que todo tenía una razón de ser y que sería capaz de aceptarlo con felicidad. O por lo menos, eso pensaba.

Su muerte llegó de repente y fue un shock para mí. Estuve allí en la habitación del hospital con mi familia sin poder hablar, inseguro de que hacer. Trate riendo, llorando, fue una extraña mezcla de emociones. Por un lado estaba muy feliz de que su dolor finalmente había terminado, por el otro, sentí que todo mi mundo había sido destruido. Repentinamente tuve deseo de hablar con un rabino, para descubrir que tenía que hacer, como arreglarme con el dolor, como ayudar a que el alma de mi madre fuera a donde debía ir. Había escuchado de la shivá, aunque no tenía idea de lo que era, pero sabía que eso era lo correcto. Eso era lo que ella hubiera querido. Hablaría con un rabino en la primera oportunidad que tuviera.

Mientras dejamos el edificio del hospital, sentimos que un tremendo peso fue sacado de nuestros hombros. Todos esos años de dolor finalmente terminaron. Conducimos a la ciudad en silencio. Milagrosamente no había tráfico y las luces de los semáforos parecían volverse verdes sólo para nosotros. Había un sentimiento tangible de que nuestra madre estaba volando alto arriba, mirándonos hacia abajo desde el claro y azul cielo de invierno. Ella se había reunido con el alma del universo.

Me senté en shivá y aprendí el alef-bet por primera vez para decir Kadish. Empecé a ir al shul todas las mañanas. Pronto alguien me trajo un par de Tefilin. En Shabat, continúe rezando en el shul Carlebach y tuve comidas de Shabat con todos los jóvenes que conocí en la mezquita Sufi. Eventualmente, muchos de nosotros dejamos de ir a la mezquita, sintiéndonos naturalmente más conectados con el judaísmo. No fue mucho después que decidí que tenía que ir a una ieshivá para descubrir sobre que se trataba todo. Sentía que estaba en una misión para ayudar a que el alma de mi madre se elevara, para ayudarla finalmente a dejar el miedo y rectificar aquellas cosas que ella no pudo hacer en este mundo. Seis meses después de su fallecimiento yo estaba en un avión con destino a Israel para encontrar una ieshivá.

Dejándolo Ir

Después de estudiar en una ieshivá durante unos años, estaba finalmente listo para comenzar a lidiar con la muerte de mi madre. Anhelaba leer algo de mi poesía de entonces, especialmente el poema épico que había escrito para reconectarme con mi madre. Cuando le pregunté a mi padre que sucedió con todos los escritos, me dijo que la computadora había colapsado mientras yo estaba en Israel, y que todo lo que había escrito hasta ese momento se había perdido. Tomé las noticias con dureza y sentí como si hubiera perdido a mi madre otra vez, como si toda una parte de mi vida hubiera desaparecido. Repentinamente, se me ocurrió que mi viejo amigo Geoff podía tener todavía la copia que le presté cuando volvía a casa. Había sido hace casi dos años, pero todavía tenía su número en alguna parte. Lo llamé. Él estaba tan feliz de saber de mí. No podía creer que había estado en una ieshivá todo este tiempo.

Nuestras vidas fueron cambiadas para siempre, todo debido a un fin de semana de fe.

“Nunca adivinarás lo que acabo de hacer”, él dijo. “Acabo de ingresar a la orden Sufi”. ¡Se había convertido al Islam! Nuestras vidas fueron cambiadas para siempre, todo debido a un fin de semana de fe.

“¿Puede ser que todavía tengas ese poema que te di aquella noche?”.

“Lo siento”, él dijo. ¡Había estado limpiando su casa y justo lo había tirado la semana anterior! Se había ido para siempre, y así también mi madre. Sólo podría reunirme con ellos otra vez en el mundo venidero. Tendría que aprender a dejarlo ir y decir adiós.

John y Rebeca, la mujer de la librería, vinieron a verme mientras estaba en la ieshivá en Israel. Hablamos por horas sobre mi experiencia y cuan feliz estaba viviendo como judío observante. Mas tarde John me dijo que yo era una de sus mayores inspiraciones en su decisión de convertirse al judaísmo. Yo sostuve uno de los postes en su jupá. La librería Sufi cerró algún tiempo después durante ese año. Hoy en día ha sido reemplazada por una pizzería.