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Habla Blake Nordstrom

Habla Blake Nordstrom

Nuestra sorpresiva línea directa.

por

Sara Busch, residente de Seattle, se mortificó cuando abrió su estado de cuenta de Nordstrom (una red norteamericana de tiendas de departamentos de artículos de lujo). En lugar del estado de cuenta conciso y compacto que había recibido por décadas, la contadora retirada de 79 años desdobló un voluminoso estado de cuenta de 20x25 centímetros con un formato nuevo.

Decidió quejarse.

Telefoneó a la oficina central de Nordstrom en Seattle y pidió hablar con alguien de la gerencia. “No me pases con atención al cliente”, le instruyó al operador. Después de unos pocos segundos, una voz masculina respondió el teléfono. “Antes que nada, quisiera saber con quién estoy hablando”, comenzó Sara Busch.

“Habla Blake Nordstrom”, fue la respuesta.

“¿Blake Nordstrom? ¡Pero usted es el Presidente!”, exclamó una confundida Sarah Busch.

“Sí, lo soy”, respondió él.

“¿Qué hace USTED respondiendo el teléfono?”.

“Bueno”, explicó el señor Nordstrom en un tono perplejo, “estaba sentado aquí en mi escritorio, el teléfono sonó, y yo atendí”.

“¡Me hace matar de la risa!”, dijo la señora Busch. Procedió a decirle al señor Nordstrom que había sido una clienta fiel desde que Nordstrom era solamente una zapatería en el centro de Seattle. “Todavía tengo la primera tarjeta de crédito que emitieron cuando se fusionaron con Best Apparel en 1963. Está gastada y expirada, pero la guardo de recuerdo”.

El presidente corporativo y la contadora retirada disfrutaron una alegre conversación por unos diez minutos, sin que Sara Busch se olvidara de presentar su queja sobre el nuevo formato del estado de cuentas mensual.

Dos días después, recibió una carta de Blake Nordstrom. Adjunta había una flamante réplica de su antigua tarjeta de crédito Nordstrom/Best, obviamente fabricada especialmente para ella. El señor Nordstrom pensó que ella la disfrutaría mucho, y de hecho la disfrutó.

Ella llamó a Blake (ahora ya se llamaban por el nombre de pila) para agradecerle. “La próxima vez que esté en el centro”, dijo él, “venga al sexto piso a saludar”.

Una semana después, la esposa de un joven rabino le mencionó a la señora Busch que había tenido un problema mientras compraba en una sucursal local de Nordstrom. “No te preocupes”, le respondió la señora Busch para sorpresa de la joven mujer. “Dame los detalles, y le diré sobre ello a mi amigo Blake Nordstrom”.

Al día siguiente, Sara Busch se presentó en la oficina del presidente. “El señor Nordstrom está en una reunión”, dijo amablemente su secretaria. “Habrá terminado en una hora”.

“Muy bien”, dijo la septuagenaria. “Haré unos mandados y volveré”.

Una hora después, llamó desde el teléfono del conserje del primer piso para ver si el señor Nordstrom estaba ahora disponible. La respuesta que recibió era que no necesitaba molestarse en subir. Blake Nordstrom bajaría hasta ella.

Ella estaba parada de espaldas al ascensor cuando de pronto escuchó una voz fuerte: “¿Es ésta la famosa Sara Busch?”. Ella se dio vuelta para ver a un hombre muy alto, de cuarenta y tantos años, con una amplia sonrisa, acercándose a ella. Blake Nordstrom saludó a la petisa y anciana mujer judía como a un pariente muy querido. Y, por supuesto, prometió examinar el problema de su joven amiga.

Esperando por Tu Llamado

Esta es una historia verdadera (me la contó Sara Busch misma), y también es una asombrosa metáfora. Cuando rezamos, ¿Cuántos de nosotros imaginamos que el mismísimo “Gran Jefe” atenderá la línea? ¿Cuántos de nosotros imaginamos que Dios realmente quiere una relación personal con nosotros?

Cuando recibimos un regalo (como por ejemplo un día de vida), ¿Cuán a menudo apreciamos que Dios lo fabricó especialmente para nosotros para que lo disfrutemos? ¿Qué tan desatentos somos de la invitación de “sube”, para forjar una relación con Dios? Cuando las cosas salen mal, ¿sentimos realmente que Dios nos escucha? ¿Acaso percibimos que el Señor del Universo “baja” hasta nosotros? Y mientras que puede que seamos insignificantes ante nuestros ojos, ¿podemos creer que para nuestro Creador estamos a la par de “la famosa Sara Busch” – es decir, que somos merecedores de atención y afecto Divino?

Mientras más percibimos a Dios en nuestras vidas, más se revela Él a nosotros.

Como cualquier consejera de lactancia le asegurará a una nueva madre, cuanto más amamante al bebé, más leche producirá. De la misma manera, cuanto más percibimos a Dios en nuestras vidas, más se revela Él a nosotros. Y lo opuesto también es verdad: cuanto más atribuimos lo que nos pasa a la “casualidad” y a la naturaleza, más escondido y ausente estará Dios en nuestras vidas.

El rabino David Aaron tenía un estudiante que se hizo observante, que se iba a casar en Jerusalem. La anti-religiosa madre vino para la boda. Cuando fue presentada al rabino, ella expresó a gritos sus convicciones ateístas esperando que el rabino refutara su perspectiva. En cambio, el rabino Aaron le respondió: “Si usted quiere vivir en un mundo ateo, entonces ese es el mundo en el que vive”.

Ella era la que perdía algo. Y cada vez que optamos por un día, una hora o un incidente sin Dios, la pérdida es nuestra.

Por el otro lado, cuando reconocemos que nunca estamos solos, que el Creador nos ama y que quiere una relación con nosotros, que Él está, por así decir, “sentado frente a Su escritorio esperando que el teléfono suene”, entonces vivimos en un mundo lleno de Dios, luz y amor. De esta manera, incluso cuando las cosas salen mal, sabemos que podemos confiar en el Jefe para que escuche nuestra situación difícil (Recuerda que Blake Nordstrom no cambió el nuevo formato de facturación en respuesta a la queja de Sara Busch, pero sí forjó una insólita relación con ella).

La Descripción del Trabajo de Dios

El día que dejé Israel para mi reciente tour de conferencias en América fue completamente frenético. Tenía programado hablar en 17 ciudades, tenía montones de detalles logísticos a los que prestar atención. Como estaba planeado que mi avión aterrizara en Nueva York a las 5:30 AM, le dije a mi prima, que vive en Cedarhust, que tomaría un taxi hasta su casa. Había calculado que los noventa dólares que había separado en el cajón de mi dormitorio meses atrás serían suficientes para pagar el taxi y otros gastos al llegar a los Estados Unidos. Mientras corría de un lugar a otro en Jerusalem, me deshice intencionalmente de todos mis shekels para no tener que llevarlos a todos lados en los Estados Unidos.

Mientras estaba sentada en la entrada del aeropuerto de Tel Aviv esperando para abordar mi avión, me di cuenta, de repente, que me había olvidado de traer conmigo los dólares. Estaba embarcando en un viaje internacional sin nada de dinero en mi cartera.

Dios iba a cuidarme. ¿Cómo lo sabía? Porque eso es lo que ha estado haciendo toda mi vida.

Mi primera reacción fue un auto-reproche exasperado: ¿Cómo pude haber olvidado algo tan importante? Luego sentí una oleada de tranquilidad: Dios iba a cuidarme. ¿Cómo lo sabía? Porque eso es lo que ha estado haciendo toda mi vida. De hecho, esa es una de las prioridades en la descripción del trabajo de Dios: Él cuida de los seres humanos todo el tiempo – el sistema circulatorio, el sistema nervioso, el sistema endocrino, etc. Eso es lo que Él hace; nos cuida. Después de todo, Él es el presidente de todo el universo.

Confiada de que Dios me sacaría de este embrollo, me levanté y caminé hasta el bebedero. En el corredor, una mujer me detuvo. “No es usted Sara Rigler?”, preguntó. “Escuché que habla en junio en Estados Unidos”.

Conversamos por varios minutos. Resultó ser que las dos estábamos en el mismo vuelo. “¿A dónde va a ir en Estados Unidos?”, preguntó.

“Mi primera charla es en Woodmere”, contesté. “Desde el aeropuerto voy a ir a la casa de mi prima en Cedarhust”.

“¿Cómo va a ir?”, me preguntó.

“No estoy segura”, fue mi sincera respuesta.

“Bueno, yo vivo en Cedarhust”, dijo. “Estoy viajando con mi esposo y mi hija. Mi hijo nos viene a buscar. Si trae la camioneta, habrá espacio suficiente para usted también. Le podemos dar un aventón”.

Su hijo vino con la camioneta, y resultó ser que vivían a unas cuadras de la casa de mi prima. Al final no necesité dinero para el taxi.

El famoso aforismo del Kotzker Rebe probó ser cierto otra vez: “¿En dónde mora Dios? En donde sea que Lo dejes.

15/5/2011

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