Su nombre era Paciencia, eso ya era suficiente para molestarla. Pero había más: Paciencia vivía en la parte más pobre de la ciudad, habían autos rotos y basura en su patio, y su casa era la última parada en el autobús del colegio, entonces todos veían las indeseables condiciones en las que vivía. Ella estaba condenada.

Tal vez hubiese habido más esperanza si su nombre hubiese sido normal – como Katia o Ana. Pero Paciencia era inusual – su nombre y su vida – y los demás niños lo sabían.

Cada mañana ocurría lo siguiente: todos los niños se subían en el autobús escolar en los distintos lugares en los que vivían. Se sentaban juntos, conversaban, miraban por la ventana, hacían lo que los niños hacen. Y luego, el autobús ingresaba en la avenida principal de la pequeña Massachussets y se dirigía hacia la escuela, deteniéndose una última vez – en la casa de Paciencia.

Mientras la puerta del autobús se abría de par en par, se escuchaba el silencio mientras Paciencia se subía. Ella realmente nunca quiso destacar, pero los niños decidieron que ella sí destacaba. Su ropa no era tan linda, su pelo opaco, y como los perros que huelen el miedo, mis compañeros sentían su terror.

Mientras caminaba por el pasillo en busca de un asiento vacío, alguien gritaba inevitablemente, “Paciencia, ¡ten paciencia!”, y todos los niños empezaban a gritar, “¡Paciencia, Paciencia, Paciencia!”, y ella caminaba por el pasillo del bus buscando un asiento vacío, y sólo escuchaba: “No te puedes sentar aquí” y “Este asiento esta ocupado”.

Los niños incluso se esparcían en los asientos, manipulando sus pertenencias para ocupar la mayor cantidad de espacio posible, porque nadie, absolutamente nadie, quería estar sentado al lado de Paciencia. Y si Paciencia se sentaba al lado tuyo, tendrías “los piojos” por lo menos un día, posiblemente dos o tres.

Y así proseguía, día tras día. Paciencia se subía al autobús, los niños gritaban su nombre, molestándola, y rehusándose a que se sentara con ellos. Paciencia inevitablemente estaba forzada a sentarse mientras el conductor le gritaba que ya se sentara, siempre indiferente ante su situación, y el desafortunado compañero de asiento de Paciencia se escabulliría lo más cerca de la ventana posible, para evitar la “contaminación”.

Paciencia nunca lloró. Nunca trató de defenderse. Nunca miró a nadie directamente a los ojos. Solamente miraba hacia adelante, caminando de asiento en asiento, de atrás para adelante, hasta encontrar un asiento para sentarse y llegar a la escuela y desaparecer entre los edificios, sabiendo que al otro día se enfrentaría de nuevo a lo mismo. Era espantoso.

Y cada mañana cuando yo me subía al bus, trataba de pensar como podía evitar que Paciencia se sentara al lado mío. Miraba los asientos que ya estaban ocupados con alguien, y si ninguno estaba disponible, me sentaría en uno que estuviera vacío, pero me agacharía y comenzaría a rezar. Rezaría para que Paciencia no se sentara conmigo. Rezaría para que se sentara con otro. Rezaría para que si se sentaba conmigo, yo no fuera el objeto de burlas y tormentos. Estas cosas funcionan por asociaciones, tú sabes.

Y cuando ella se sentaba conmigo, lo que para mi descontento ocurría con frecuencia, me volteaba, con la cara hacia la ventana, y pretendía estar muy interesada en el escenario. Pero cada tanto, cuando estaba segura de que ella no estaba mirando, la miraba rápidamente de reojo, miraba esa cara que había aguantado tanto. Y como siempre, ella miraba fijamente hacia adelante, con una expresión ilegible, neutra y distante. Y yo me sentía llena de culpa.

Me da vergüenza admitir que estas burlas continuaron por años. Y lo máximo que yo podía hacer era sentir culpa. Así de simple: yo era una cobarde, estaba aterrorizada, ya que de no ser ella el blanco de las burlas, sería yo.

Odio Gratuito

Han pasado algo así como 15 años desde que yo viajaba en ese autobús todas las mañanas, evitando a Paciencia, sintiéndome secreta y terriblemente culpable y apenada, tratando de ver a la persona dentro del caparazón abusado. Y desde ese entonces he pensado en ella cada mañana.

No puedo evitar preguntarme que habría pasado si la hubiera invitado a sentarse conmigo, o si le hubiera hecho espacio para que se sentara inmediatamente al subirse al bus.

Mirando hacia atrás, no me culpo por mi cobardía. Los niños pueden ser los atormentadores más crueles. Las acciones y las palabras entre ellos pueden causar un daño muy serio. Me daba terror ser la próxima víctima. Pero ahora no puedo evitar preguntarme que habría pasado si la hubiera invitado a sentarse conmigo, o si le hubiera hecho espacio para que se sentara inmediatamente al subirse al bus. Nunca grité su nombre, nunca le dije que no podía sentarse conmigo, pero participé pasivamente al no expresarme. Nunca hice nada, pero nuevamente, nunca hice nada.

Algunas veces me pregunto qué le pasó a Paciencia. ¿En qué tipo de persona se convirtió, en qué tipo de persona se podría haber convertido, después de tantos años de tormento? ¿Qué le pasa a un niño que se le arranca cada vestigio de autoestima y dignidad? Estos pensamientos me dieron vuelta el estómago. Y me di cuenta de que nunca me había perdonado a mí misma.

En los días de duelo por el Beit Hamikdash, el Sagrado Templo que fue destruido por Sinat Jinam, odio gratuito, Pensé en Paciencia incluso más.

Y me pregunto por qué nunca recé por ella esas mañanas en el autobús escolar. Al menos si yo no iba a defenderla o a invitarla a sentarse conmigo, podría haber rezado para que las burlas terminaran. En cambio, recé solamente por mí.

Yo no recé por ella en ese entonces, pero puedo rezar ahora. Rezo porque ninguna persona, en ningún lugar, en ninguna circunstancia sea objeto de odio gratuito. Rezo para que los niños sean buenos los unos con los otros. Y rezo para que les pueda enseñar a mis hijos que “los piojos” no son reales, que sentarse pasivamente solamente perpetra el problema, y que tratar a otros con dignidad, sin importar lo difícil que sea, es lo que cuenta. Y rezo para poder darles la confianza que se necesita para hacer esto.

Ha llegado el momento de pedirle perdón a Paciencia. No sé dónde está ni cómo se ve hoy en día, pero siento que hay algo de ella en todos nosotros, una pequeña parte de nosotros que ha sufrido algún abuso, alguna injusticia, que mantiene algo de rencor. Por favor déjalo ir, sigue adelante. Por favor que no hayan más victimas. No dejes que haya más perpetradores. Otorga respeto y honor donde es debido. Y por favor... perdóname.