“¿Estás bien?”, me preguntó mi hermano mayor preocupado. Él tenía 9 y yo 5.

Yo estaba sentado sollozando frente a un episodio de la caricatura de Tom y Jerry. “¿¡Por qué el gato y el ratón pelean siempre!?”, grité. “En cada episodio, una y otra vez. ¿¡Por qué no pueden simplemente ser buenos uno con el otro!?”.

Algunos hermanos mayores salvan a sus hermanos menores de una paliza; mi hermano mayor me protegía para que yo no perdiera la esperanza de que el mundo podía ser un lugar acogedor. Un día apareció en la cancha de futbol con un regalo para mí. Llevándome a un lado con el silencio de alguien que descubre un extraño zafiro, me reveló una visión que yo nunca había visto – un pitufo azul. Recuerdo haber experimentado una sensación de paz interna mientras él describía el mundo de los pitufos. Los pitufos se llevaban bien. No podían presumir porque todos se vestían con uniformes blancos que les ayudaban a enfocarse en la identidad única de cada uno – Trabajador, Dormilón, Cocinero y el anciano Papa Pitufo. Los pitufos saltaban y cantaban y todos apreciaban las cualidades y las peculiaridades de los otros. Juntos formaban una gran sociedad, incluso para mí.

En los años que siguieron dejé el mundo de las competencias, los grupos sociales y la popularidad y escapé feliz a la casa-hongo de los pitufos. A la edad de 11, cuando entré al mundo del punk rock, le dije a mis padres que si no me sacaban de la escuela pública, los integrantes del grupo que había abandonado – una pandilla de rockeros de heavy metal – me iban a matar. Mis padres accedieron.

Había otros tres judíos en mi nueva escuela de la parroquia episcopal. Utilizábamos uniformes azules. Excepto por el hecho de que tenía que asistir a la iglesia a diario, era casi como ser un pitufo. Incluso me pidieron que cantara con ellos. Me sentía tan honrado que cantaba con todas mis fuerzas, hasta que me gané el sobrenombre de JC, en ese momento me callé. Al final de noveno grado, como presidente del centro de alumnos y estrella del equipo de debates, el director me expulsó por un incidente en el cual yo lo desafié y en el cual él tuvo que echar pie atrás. Él accedió a borrar la expulsión de mi registro si yo aceptaba irme.

Había una persona única dentro de mí, esperando salir.

La idea de volver a la escuela pública era insoportable. Entonces, tomé una gran decisión después de abandonar la escuela, me fui a Europa. En mis primeros seis meses como estudiante de intercambio, era casi incapaz de comunicarme en mi nueva lengua extranjera. Gruñía y hacía señas para conseguir lo que quería. ¡Era fantástico! Sin la presión de ser popular o lograr cosas, descubrí el poder del silencio. Durante años había intentado ser un personaje – el chico heavy metal, el skater, el punk, el presidente del centro de alumnos, el atleta. Estaba tratando con demasiada fuerza de impresionar a los demás para lograr la aprobación que buscaba. No me di cuenta que había una persona dentro de mí, alguien único y especial esperando salir.

Tenía 16 años cuando me conocí a mí mismo. Un día estaba escribiendo en mi diario y mi lápiz se negó a continuar. Dejé de escribir y me dije a mí mismo. Bueno, tú dime lo que quieres escribir. Mi lápiz empezó a expresar pensamientos y sentimientos que yo no sabía que tenía dentro de mí. Con el aturdimiento de aquel encuentro personal, rápidamente me deshice de ese momento y volví a apoyarme en las personas que creí que me sacarían adelante en la vida. Empecé a escribir poesía y a modelar para fotografía artística. Me dejé el pelo largo y rizado, una barba tipo candado y un bigote al estilo de Salvador Dali. En el momento en el que llegué a la ciudad de Nueva York para entrar a la universidad, me había disociado del niño americano que alguna vez había sido. Los otros universitarios asumieron que yo era europeo y yo no los corregí.

Una Cara Rusa Feliz

Todos tienen ciertas consideraciones al elegir una universidad. Grandes profesores, escuelas fiesteras o un currículo prestigioso. Yo elegí Vassar porque me dijeron que un alumno de Vassar “probablemente es un prodigio musical, habla dos idiomas extintos y no tuvo buenas calificaciones en la preparatoria”. Tal vez finalmente encontré un lugar de soñadores de bajo rendimiento que tienen amor por lo que el mundo puede ser, pero no por las personas que lo dirigen. Tal vez estaré en la generación de graduados que van a rediseñar la sociedad. Tal vez la proporción de 40-60 de hombres-mujeres va a estimular mi idealismo.

Mi apariencia bohemia me hizo ganar entrada inmediata al círculo social de Vassar que se autodenominaba GL - la Gente Linda. Este grupo de personas era un espejo de mis peores cualidades.

Mi negocio era esparcir alegría.

Dejé Vassar y prometí irme tan lejos de la cultura occidental como pudiera. Entonces, me mudé a Rusia. Fue justo en ese momento que el imperio soviético estaba cayendo. Una nación de 250 millones de habitantes estaba destrozada y esperando que alguien le indicara el camino a seguir. Llegué a la edad de 19 años sin título universitario. Todos eran grises y sombríos, en medio de los restos de una potencia mundial. Mi contribución era esparcir alegría. Abrí un club nocturno. Cada fin de semana la gente venía y sonreía. Nuestro público quería reinventar Rusia – productores de música, editores de modas, reporteros del Times y de CNN y artistas.

Afortunadamente, me salí del negocio de los clubes nocturnos antes de que la mafia Chechenia me atrapara. En vez, me convertí en un hombre de publicidad y medios de comunicación en el gran movimiento de producir nueva cultura joven en Rusia. Entonces, ¿qué hice? Empecé importando todas las ideas occidentales de las que había escapado. Nos convertimos en el primer grupo que pintó Rusia con caras felices y con anuncios de Versace.

Luego, un día mi amigo Arkady, un joven de 24 años a cargo del 25 por ciento de las provisiones de níquel del mundo, me preguntó si me gustaría ir a bucear a Eilat. ¿Israel? Pensé para mis adentros. Yo sólo iría a bucear a un lugar que ofreciera algo más aparte de los arrecifes de coral. Las Bahamas o Fiji tal vez, pero no Israel. Le dije a Arkady que iría, pero dentro de un año, después de haber leído sobre el significado de Israel y su gente.

El Éxodo, la Tierra Santa, el Exilio – mientras más leía más confundido estaba sobre quiénes eran los judíos y quién era yo. Fue peor aún, cuando descubrí que un día mis propios hijos me iban a preguntar por qué somos judíos y yo no iba a tener respuestas.

Me parece que para tener una verdadera noción de algo, se debe conocer su fuente. Si quieres el Islam, anda a la Meca. Budismo, anda a China. Hinduismo, anda a la India. Yo quería saber de qué se trataba el judaísmo, entonces decidí buscar judíos en Israel que realmente creyeran en ello. Tenía que descifrar si eran fanáticos o si estaban transportando algo valioso a través del desierto de su difícil historia.

Canciones del Corazón

Un año después aparecí con mi equipaje en la Ciudad Vieja de Jerusalem. “¡Bienvenido a Jerusalem!”. El hombre que me recibió no se fijó en mi apariencia; camiseta negra, un abrigo deportivo de diseñador y pelo muy largo y rizado. Nunca antes había visto a un judío observante, pero este hombre tenía los pies en la tierra y era muy agradable. Me llevó a una sinagoga donde hombres de barba se inclinaban en silencio. Me pregunté por un momento si estaba en una película.

“¿Siempre te vestiste así?”, le pregunté después a muchos de los jóvenes que había visto rezando. “No, yo era un banquero de Wall Street… No, yo era un estudiante de leyes de Harvard…”, fueron las respuestas. Cada uno, despojado de su atuendo social, compartió conmigo el amor por ser judío: El científico del MIT que me habló del universo con la admiración de un niño, el ex líder de una banda de rock que se sentó a enseñarme a leer el alfabeto hebreo, un bailarín moderno cuya sensibilidad y espiritualidad era tan delicada como su hermosa coreografía.

Los pitufos eran tiernos, pero esto era mejor.

Como un hermano mayor preocupándose por su hermano menor, ellos se conectaron conmigo sin fijarse en mi apariencia y me sacaron a un lado, como diciendo: “Cálmate y mira. Tengo algo precioso que mostrarte”. Mientras cada uno compartía su tesoro de Torá conmigo, me encontré contemplando ideas que siempre había intuido, pero que nunca había sido lo suficientemente valiente para creer.

Los pitufos eran tiernos, pero esto era mucho mejor. Estos eran verdaderos judíos, vivos y yo era uno de ellos. Estos judíos cantaban canciones del corazón, se daban las manos para apoyarse los unos a los otros y usaban un uniforme para enfocarse en los demás en vez de enfocarse en ellos mismos. Nadie trataba de sobresalir y a pesar de eso cada uno era inolvidable.

De todas las razones por las que había visto que la gente se juntaba – hacerse rico o ser famoso, para verse bien o para sentirse bien, para ser lindos o para competir – nunca vi individuos reunirse con el propósito de ser mejores personas y sinceramente desear lo mismo para el compañero del lado.

Finalmente entendí por qué lloraba cuando estaba sentado en frente de la televisión viendo a Tom y Jerry pelear.