Ayer llevé a mi hijo pequeño a la exhibición sobre Einstein en el Museo de Ciencia de Jerusalem. Mi hijo estaba fascinado por el modelo de la velocidad de la luz, y yo estaba conmocionada por una cita de una entrevista con Einstein en relación a su involucramiento en el proyecto Manhattan y a su contribución para el desarrollo de la Bomba Atómica que Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima y Nagazaki:

 “Si yo hubiese sabido que los alemanes no iban a tener éxito en desarrollar la bomba atómica, yo no hubiese hecho nada”.

Me quedé hechizada mientras la película siguió pasando una y otra vez; Einstein expresando su profundo miedo y ambigüedad sobre uno de los grandes descubrimientos de la humanidad. Aquí estaba uno de los más grandes pacifistas de la historia, y él había creado la fórmula para las armas de destrucción masiva.

A veces una persona tiene que crear herramientas de guerra en beneficio de la paz.

Pero con ojos llorosos, Einstein explicó como a veces una persona tiene que crear herramientas de guerra en beneficio de la paz. Y mientras corría detrás de mi hijo, quien perdió rápidamente interés en la película, no podía sacar esa imagen de mi cabeza, vi al genio del siglo 20 con esa mirada lejana en sus ojos, hablando de la carga inmensa por la responsabilidad que por siempre lo perseguiría.

Estaba impresionada con el coraje que ese tipo de remordimiento genera. Después de todo, Einstein cambió la historia de la Segunda Guerra Mundial con la invención de la bomba atómica. Sus fórmulas allanaron el camino para tremendos saltos de progreso para la humanidad. Y a pesar de sus intenciones heroicas, todavía se arrepentía.  

Quizás mañana

 Me puso a pensar sobre los otros niveles de arrepentimiento en nuestras vidas. Una vez leí un artículo sobre un padre que perdió una hija joven. Escribió sobre la noche previa a su trágica muerte, su hija de ocho años le había pedido que le leyera un cuento antes de irse a dormir.

Entonces él le dio a su hija un beso de buenas noches y le dijo: “Quizás mañana preciosa, hoy papá está realmente ocupado”.

Cuando su hija murió, su pena estaba inextricablemente mezclada por aquellos momentos en el tiempo. ¿Por qué no dejé de trabajar para leerle una historia? ¡Todo lo que ella quería eran cinco minutos de mi tiempo! ¿Pero cómo podría el padre haber sabido que no habría un mañana?

Hace unas semanas murió mi abuelo. Cuando estaba saliendo al aeropuerto para ir al funeral, una de mis hijas me dijo: “El abuelo en realidad no se fue”.

Yo era muy cercana a mi abuelo y estaba teniendo dificultad para mantener la compostura. “Adina, él se ha ido”, dije, mientras las lágrimas bajaban por mi rostro. Pero mi hija de ocho años meneó la cabeza y murmuró: “El abuelo todavía está aquí. Porque es una parte de ti, y es una parte de mí. Y siempre lo será”.

El abuelo tenía una de esas raras almas que radiaban amabilidad. Sus ojos estaban siempre alegres. Y todo el que lo conoció sintió la calidez de su bondad. Y Adina tenía razón. Él había dedicado tanto amor y tiempo a su familia que aún sus bisnietos habían absorbido parte de su hermosa alma.

Un visitante inoportuno

 Unos pocos días después, caminé por la casa de mis abuelos juntando fotografías que contaban la historia de una vida vivida con pocos arrepentimientos. La casa estaba vacía, pero las paredes de la casa todavía tenían esa esencia cálida que había agraciado mi niñez. Donde sea que mirara había signos de vida. Un sombrero. Una chaqueta. Un par de anteojos junto al teléfono. ¿Cómo puede haberse ido el abuelo? Sentí el peso del aire empujándome hacia abajo mientras estaba parada en la cocina que alguna vez había sido mi paraíso. Éste fue el lugar en donde malvaviscos bañados en chocolates habían borrado todos los problemas, éste fue el lugar en donde el amor de los abuelos había transformado la vida de una pequeña niña.

No podemos ver lo que el mañana traerá, pero podemos utilizar nuestros talentos hoy.

Y arañando su camino hacia mí estaba el visitante inoportuno, el remordimiento. Posiblemente podría haber… Posiblemente debería haber… Y miré hacia afuera la cubierta de madera podrida y me pregunté: ¿Supo el abuelo cuánto lo quise? ¿Sabrá alguna vez cuánto es extrañado? Esto me persiguió mientras trataba de irme, pero recordé las palabras de mi hija y di vuelta la llave. El abuelo sabe. Por supuesto que sabe.

 Pero el remordimiento es astuto, y parece que siempre será parte de nuestras vidas. Aún cuando creamos hermosos trabajos o descubrimos ideas asombrosas, siempre habrá una voz que dice: “Si sólo hubiese sabido en ese momento lo que sé ahora”. Pero nunca sabemos.

Desde que aprendí el Mito de Sísifo en la universidad, escucho esa pregunta esencial en mi cabeza una y otra vez: ¿Tiene la vida un propósito? No puede ser que nosotros seamos como Sísifo, condenado a subir una roca a una montaña, sólo para verla rodar hacia abajo después… Y empujarla hacia arriba de nuevo. No puede ser. Si vivimos nuestras vidas de esta manera entonces todo lo que alguna vez tendremos son remordimientos.

Pero si vivimos una vida conducida con propósito, entonces nuestro arrepentimiento puede ser una herramienta para futura grandeza. Einstein no podía predecir cómo serían utilizados sus descubrimientos. Y nosotros no podemos saber lo que el mañana traerá. Pero podemos utilizar nuestros talentos hoy. Podemos decir “te amo” hoy. Podemos leerles a nuestros niños hoy.

¿Qué hubiese pasado si Einstein no hubiese hecho ‘nada’? ¿Cómo se hubiese visto nuestro mundo hoy? ¿Qué pasaría si evitáramos el éxito exclusivamente por miedo a al fracaso? Es por eso que hay un aura de coraje y fortaleza que se crea a partir de las palabras de Einstein. El arrepentimiento real hubiese sido por no haberlo intentado. Y a pesar de que el tiempo y el espacio son relativos, nuestra habilidad para intentar es constante.

Este artículo está dedicado a la memoria de mi querido abuelo, Aarón Yejiel ben Anshel.