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Buscando respuestas a las preguntas importantes

Buscando respuestas a las preguntas importantes

Mis padres no dijeron nada cuando yo salía con un no judío e iba a la iglesia. Sin embargo, cuando me visitaron en Jerusalem, entraron en pánico.

por Ariella Mendel

Cuando tenía 17 años, mi novio me preguntó si quería ir a la iglesia el domingo por la mañana, ni lo dudé. Me encantaba ir con él a cualquier parte, incluso si iba también su madre.

Fui a la iglesia dos o tres veces. Los hombres altos y de traje miraron esperanzados mi rostro inocente, y le sonrieron a mi novio de 1,9 metros de altura con su corte de cabello mohicano peinado hacia abajo, por lo que casi pasaba desapercibido. Me senté tranquilamente junto a mi novio y su madre, y luego fuimos a desayunar.

Un par de meses después me preguntó si quería ir a estudiar Biblia. De nuevo, acepté sin problema. Fuimos a una sala en la que estaban unos cuantos de esos mismos hombres sonrientes de la iglesia, sentados alrededor de una mesa de conferencias.

Bromearon conmigo, me pasaron un vaso de gaseosa y señalaron a sus Biblias. Citaron pasajes que nunca había escuchado y me dijeron: "Ya lo ves, sólo tienes que creer". Si lo hago, muy bien. Si no, mi novio me prometió que el mundo venidero sería para mí una experiencia un poco incómoda.

Aunque nunca regresé, me sentí confundida. Deseaba profundamente creer en algo.

De mi religión no sabía prácticamente nada. Aprendí a leer toda la porción de mi bat mitzvá, fui a la colonia de vacaciones judía y pasé Séders de Pesaj y cenas de Shabat en la casa de mis abuelos. Mi abuela hacía sopa de pollo, bolas de matzá y lengua, y se colocaba sobre la cabeza un pañuelo de encaje cuando encendía las velas. Mi abuelo recitaba un largo kidush, y mi familia, junto a mi tíos y primos, se paraba, sosteniendo pequeños vasos llenos de vino Manischevitz. En su casa podía sentir el judaísmo, a pesar de que no se enseñaba ni se hablaba mucho del tema.

Pero en la casa de mis padres, en la noche del viernes no decíamos las plegarias tradicionales. Mis padres se autodenominan judíos humanistas. Junto a las velas de Shabat decimos todos juntos: "Bendita es la luz del mundo, bendita es la luz de la persona, bendita es la luz del Shabat". Íbamos a retiros en las montañas, donde hacíamos proyectos de arte mientras nuestros padres asistían a reuniones de ética cultural.

En Jánuca encendemos menorot sobre la chimenea, donde mis padres cuelgan medias de Jánuca llenas de pequeños regalitos.

Como una adolescente en búsqueda, me fascinaron los dioses griegos. Con una amiga no judía, devoramos libros sobre ellos, aprendimos quién era quién y lo que cada uno controlaba. Incluso tuve conversaciones con Zeus durante mi solitaria caminata desde la escuela a casa.

Imaginaba que me consumía un gran agujero negro. La idea me aterrorizó.

En nuestro hogar, no se podía encontrar a Dios en ningún lado. Recuerdo haberle preguntado a mi madre dónde estaba Dios, qué era Dios. Ella no supo responderme.

Comprendí que todo terminaba con la muerte. Mis padres morirían, yo moriría, y todo acabaría. Me imaginaba que me consumía un gran agujero negro.

La idea me aterrorizaba. No sabía qué hacer con ella. Por lo general, la empujaba lo más lejos posible de mi consciencia.

Explorando el judaísmo

Cinco años más tarde. Hace mucho tiempo dejé a mi novio punk y me gradué en la universidad. Viajo con mi mejor amiga de la colonia de vacaciones judía a la ansiada aventura por Europa e Israel. En Israel, durante tres semanas, somos voluntarias en una base del ejército en Haifa. La pasamos súper bien y, de mala gana, viajamos a Europa prometiéndonos volver a Israel de inmediato.

Seis semanas después volvemos. Pero esta vez, vamos a Jerusalem. En el Kotel nos encuentra Rav Meir Schuster y vamos a la casa de una familia para nuestra primera experiencia de Shabat. De verdad, con todas las reglas que jamás habíamos conocido, pero también con toda la alegría y la serenidad que ignorábamos.

Comenzamos a tomar clases en un programa introductorio de Torá en la Ciudad Vieja. Aprendemos sobre cosas que jamás habíamos oído. Hablo con mis maestros y rabinos sobre el propósito del mundo, el sentido de la existencia y sobre qué es Dios. Tenemos profundas conversaciones de noche, en nuestro cuarto. De a poco, voy recibiendo algunas respuestas a las preguntas que jamás había podido siquiera articular, y dentro de mi propia religión.

Me sorprende lo mucho que me identifico con el judaísmo. Entonces comienzan las llamadas telefónicas.

Descubro que el judaísmo cree en la reencarnación, en la eternidad del alma. Hay tanto que nunca imaginé que era parte del judaísmo. No hay un gran agujero negro de vacío. Me sorprende lo mucho que me identifico con el judaísmo.

Entonces comienzan las llamadas telefónicas.

Lavado cerebral

Papá confiesa con calma que él y mamá están un poco preocupados por mí. "Hay muchos fanáticos en Jerusalem". El rabino de mis padres sugiere que asista a una institución no ortodoxa, porque todos los otros seminarios y yeshivot les lavan la cabeza a los pobres niños occidentales.

Les digo que sólo estamos aprendiendo sobre judaísmo, que somos las mismas personas. Nadie se apoderó de nuestros cerebros y aún pensamos y hacemos preguntas. Muchas preguntas. ¡Incluso estamos aprendiendo hebreo! ¿No es increíble?

Mamá toma el teléfono. Insiste en que averigüe sobre el otro programa de estudios. Me dice que tengo que mantener la mente abierta.

Le digo, con gentileza, que quizás ellos también deberían mantener la mente abierta.

Mamá me informa que ella y papá vendrán de visita, lo cual no me sorprende porque nuestro viaje de dos meses ya lleva seis y no tenemos pasaje de regreso. Llegarán en un par de semanas. Le pido a mamá que me traiga ropa de invierno. Y polleras largas.

Colisión

Es bueno ver a mis padres, pero un poco raro. De repente, mis dos mundos colisionan con fuerza. Mi mundo nuevo, del judaísmo ortodoxo, y mi vida real, la que dejé en mi país. Mis padres asisten a algunas clases y me acompañan obedientemente a algunas comidas de shabat. Observan todo con cautela, analizándonos y sospechando de mí y de mi amiga. Tampoco confían en los rabinos. Después de todo, esos son los tipos a quienes mi padre siempre había llamado mishíguenes cuando los veía caminando los sábados en nuestras incursiones por la zona ortodoxa de nuestra ciudad.

Por primera vez en mi vida, siento que recibo respuestas inteligentes a las preguntas que mis padres no supieron responderme.

Me pregunto por qué mis padres no dijeron ni una palabra cuando salía seriamente con un cristiano, asistía a la iglesia y estudiaba la Biblia. Sin embargo aquí, en Jerusalem, al verme rodeada de personas que observan los mismos mandamientos que respetaron mis tatarabuelos, mis padres están muy preocupados, en pánico.

No tengo el coraje de preguntárselos.

Creo que mis padres, al igual que tantos judíos de su generación, se sienten felices por haberse liberado de lo que sintieron que era la carga del judaísmo. Y entiendo por qué se sienten así, ya que consideran que las leyes de la Torá son anticuadas e irrelevantes, como lo creí yo mientras crecía. Pero cuanto más Torá aprendo, más relevantes y emocionantes se vuelven.

Por primera vez en mi vida siento que recibo respuestas inteligentes a las preguntas que mis padres no supieron responderme.

Mis padres vuelven a casa y yo me quedo en Israel por un año, estudiando, pasando Shabat con familias, encontrando personas para imitar y descubriendo quién quiero ser.

E incluso ahora, muchos años después, cuanto más Torá aprendo e integro a mi vida, y les enseño a mis propios hijos, más significativa y plena se vuelve mi vida.

6/6/2018

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