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La necesidad de estar en control

La necesidad de estar en control

A las personas controladoras como yo les cuesta mucho pedir ayuda.

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Fue irónica la forma en que me quebré la mano, porque yo simplemente estaba en una excursión con mi esposo en un cálido día de invierno. Comparado con saltar en bungee o correr a máxima velocidad a través de la tormenta de nieve del vórtice polar, la caminata en el bosque era relativamente libre de riesgos. Estaba soleado y el hielo se había derretido en todos los caminos. Pero aún había algunas áreas de hielo repartidas en el bosque, así que estábamos caminando despacio, cuando de pronto, ocurrió.

Me resbalé cuando intenté evitar una pila de rocas mojadas, y al principio pensé que solamente se me había atascado el dedo. Me levanté de un salto y decidí ignorar el dolor. Esta estrategia funcionó por el resto de la caminata, e incluso me ayudó a pasar el resto de la tarde. La idea de que “si no le presto atención eventualmente se irá” funcionó hasta esa noche, cuando todo el ruido del día desapareció, pero el dolor seguía ahí.

Yo no estaba preparada para escuchar el anuncio del técnico de rayos X a la mañana siguiente: “Parece que su mano está quebrada”.

Miré incrédula a mi mano. Se suponía que era solamente un dedo quebrado. No podía permitirme tener una mano quebrada. ¿Cómo funcionaría? Y mientras el cirujano me daba las instrucciones sobre la tablilla que debía utilizar y me hablaba sobre la cirugía que era necesaria para volver a poner el hueso en su lugar, no me di cuenta de cuán limitante iba a ponerse la vida.

La gente pasa por cosas mucho peores”, me dije a mí misma mientras estaba sentada en mi escritorio esa tarde. Y era verdad. Pero mi mente seguía regresando a la conversación en la oficina del doctor, cuando le había preguntado si podía seguir entrenando para la media maratón de la ciudad de Nueva York. ¿Quizás él podía darme un yeso liviano a prueba de agua? ¿Quizás uno con un forro de gore-tex?

Él me miró mudo antes de romper pacientemente mi burbuja. “Usted tendrá que sentarse con su mano elevada y descansar por al menos seis semanas. Después de eso puede correr”.

Yo luché incansablemente en contra de la recuperación. No quería descansar. No quería pedirle ayuda a nadie.

 

¿Seis semanas? ¡No podía sentarme por seis semanas! Yo tenía cinco hijos, una agenda copada y toda una casa que manejar. Y, además de eso, cuando me había inscrito para la media maratón de Nueva York, hace meses, me había prometido a mí misma que la correría sin importar lo que pasara. Incluso si tenía que gatear para llegar a la meta.

Durante los siguientes días, luché incansablemente en contra de la recuperación. No quería sentarme. No quería descansar. No quería pedirle ayuda a nadie. Yo quería correr. Quería recoger a mi hijo de tres años de la escuela y llevarlo al parque. Quería cocinar la cena y escribir artículos y arreglar los problemas de los demás.

Pero no podía ni siquiera abrir un vasito para bebés con una mano. No podía picar verduras. No podía abrochar el cinturón de seguridad de la silla de auto de mi hijo. Seguía intentando aparentar que todo estaba igual solamente que con una tablilla en mi mano. Pero no lo estaba.

El día antes de la cirugía, estaba sentada al final de la escalera intentando atar mis zapatillas con una mano. Me estaba costando mucho. Empecé a llorar. Pequeñas y silenciosas lágrimas que sequé furiosamente. Yo no quería esto. Esto no era parte del plan.

Comencé a culparme a mí misma. ¿Por qué fui a esa caminata en pleno invierno? ¿En qué estaba pensando?

Luego empecé a culpar a mi esposo. ¿No fue él quien me convenció de caminar ese día? Todo es su culpa.

Y luego cambié y comencé a culpar al doctor. ¿No podía arreglar esto antes? ¿No podía darme un yeso realmente fuerte y un protector que me permitiera ignorar la lesión hasta que se cure?

Finalmente, me las arreglé para atar mis cordones y poner mi cabeza en mi regazo. Agotada, sostuve mi adolorida y entablillada mano y culpé a Dios. ¿Por qué me estás haciendo esto? Mi mano no debería romperse por una pequeña caída en el bosque. ¿Por qué no me atajaste? Tú sabes que no puedo vivir así. ¿Por qué pusiste este deseo de correr en mi interior y luego bloqueaste mi camino?

Me senté mirando mis zapatillas y mi inútil mano a mi lado. Sabía lo que necesitaba hacer, pero no quería hacerlo. En mi interior, sabía que Dios no estaba bloqueando mi camino. Él me estaba pidiendo que me entrenara de una forma diferente. Que avanzará a través de la resistencia más grande: yo misma.

Mientras me forcé a mi misma a pedir ayuda, pensé en las miles de personas discapacitadas que hay en el mundo. ¿Así es la vida para ellos todos los días? No podía creer que nunca había apreciado realmente mi mano, nunca me había maravillado de cómo alcanza, sostiene y se aferra a la vida.

Entonces fue cuando finalmente me vi a mí misma y a las barreras que hay en mi interior. Vi la impaciencia y la feroz necesidad de estar en control y de planificar mis días, mis meses, mis años. Vi los contornos de mi lista de deseos y cómo dejaban tan poco espacio para dar un paso al costado, para conectarme, para elevarme.

Hay tantas cosas en la vida que son más grandes que yo misma.

 

Empecé a entrenar a esa voz interna que aún clamaba por atención: “Hazlo tú misma. Es sólo una mano quebrada. Tú puedes abrir ese paquete con tus dientes. ¿Por qué tanto alboroto?”. Lentamente aprendí a ignorar esa voz, a dirigirme a mi hijo de siete años y pedirle que abriera el frasco de café, y ver el deleite en sus ojos cuando me ayudaba. Aprendí a darle a mi hijo chiquito la oportunidad de vestirse por sí mismo. A darle a mi hija adolescente la oportunidad de cocinar su primera cena. A darle a mi esposo la oportunidad de hacerse cargo. Aprendí, una y otra vez, a dar un paso al costado.

Me di cuenta que hay tantas cosas en la vida que son más grandes que yo misma. Estoy encontrando la forma de gatear para alcanzar la meta dentro de mi corazón, rompiendo la barrera final mientras susurro, Gracias por sostener mi mano quebrada.

17/8/2016

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