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Lo que aprendí del Rebe de Lubavitch

Lo que aprendí del Rebe de Lubavitch

Me llamó inesperadamente. Quería enviarme en una desafiante misión.

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Cambiar el curso de la historia judía es una hazaña que sólo unos pocos gigantes han logrado. Para sus cientos de miles de seguidores y admiradores a lo largo del orbe, el Rebe de Lubavitch, Rav Menajem Mendel Schneerson, es sin duda la personalidad judía más fenomenal de los tiempos modernos. Sus shlujim —los mensajeros que él enviaba para servir a los judíos y a las comunidades judías en rincones lejanos del mundo, donde necesitaban desesperadamente una guía espiritual e infraestructura para llevar vidas religiosamente observantes— ayudaron enormemente a revitalizar a la judería post Holocausto.

Con motivo del vigésimo aniversario de su muerte, se han publicado varios libros que describen en gran detalle el increíble alcance de sus logros. Son libros fascinantes, pero lo que yo quisiera compartir con ustedes es una experiencia personal que me permitió no sólo reconocer su grandeza, sino que aprendí algo que cambió mi vida para siempre.

Corría el año 1989. Yo recién había comenzado mi año sabático, tanto de mi congregación como de mi posición como maestro en Yeshiva University. Mi plan era ir a Israel, estudiar y escribir. No me esperaba en lo absoluto recibir un llamado de la oficina del Rebe de Lubavitch. El Rebe quería reunirse conmigo en privado para enviarme en una misión.

Yo no tenía ninguna relación previa con Luvabitch. No podía ni siquiera imaginar qué tenía en mente el Rebe para mí. Quizás, pensé, él me había confundido con otra persona. Después de todo, yo siempre me afeito al ras, uso una kipá tejida y vestimentas modernas, y difícilmente podría pasar por un típico jasid.

“¿Están seguros que tienen el número correcto?”, pregunté.

“Sí, seguro —me respondieron— sabemos todo sobre ti. Y el Rebe quiere verte”.

Entonces fui, y lo que el Rebe tenía en mente para mí me dejó boquiabierto. Se veía como algo que iba mucho más allá de mis capacidades. Pero yo tenía suficiente admiración por su casi sobrenatural santidad como para aceptar sin hacer preguntas.

"Pero, ¿hay judíos religiosos allí?. El Rebe simplemente sonrió, y luego agregó tres palabras: "Va a haber".

Yo debía ir, según sus instrucciones, al lejano oriente: a Singapur, Australia, Nueva Zelanda, Bangkok y Tokio. En todos estos lugares, sus representantes acondicionarían centros de reunión y se encargarían de que gente asistiera a escucharme hablar sobre temas judíos para aprender y recibir inspiración. Entonces hice la pregunta obvia: "¿Pero hay judíos religiosos allí?. El Rebe simplemente sonrió, y luego agregó tres palabras: "Va a haber".

Lo que él me enseñó en aquella ocasión era el secreto del éxito de su movimiento y sus discípulos. Él me explicó que para ser un buen judío no bastaba sólo con tener fe en Dios, al menos igual de importante era tener fe en otros judíos.

Debemos creer que dentro de cada judío hay un recuerdo de ese momento hace tanto tiempo en el monte Sinaí, donde cada alma judía estuvo presente y escuchó a Dios darnos la misión de ser "un reino de sacerdotes y una nación santa". Debemos creer que el alma de cada judío siente la conexión con su Creador y desea acercarse más a Dios, incluso más de lo que el cuerpo desea el sustento físico. Debemos creer que ningún judío estará perdido si hay alguien que lo ayuda a encontrar su camino hacia lo que desea su neshamá, su 'alma'.

Ser un buen judío significa tener fe en Dios, y también en los otros judíos.

En nuestra generación hay más baalei teshuvá —gente que ha regresado a la tradición judía y a la observancia— que en cualquier otra época de la historia judía. Y todo se debe a aquellos líderes espirituales cuya fe en Dios iba acompañada de una fe en quienes fueron creados a Su imagen.

En una misión

Fui a todos los lugares a los que el Rebe me envió. Yo era optimista porque el Rebe me dijo que sería un error no serlo. Y gracias a Dios, a causa de mi mensaje —en ningún caso por mí— tuve éxito en cambiar la vida de muchos de aquellos que fueron a escucharme y que estaban buscando una vida con más significado.

Cuando regresé, me avisaron que el Rebe quería verme una vez más. Esta vez quería darme una bendición. Es un momento que atesoro con cariño hasta el día de hoy.

Parte de la grandeza del Rebe era que él no me juzgó —ni a mí ni nadie— por las apariencias externas. Él escogió juzgar a la gente por su esencia interna, por su conexión espiritual con Dios, en lugar de juzgarlos por su apariencia externa.

Y esa es una destacable parte de su legado que todos nosotros, ya sea que nos identifiquemos como sus discípulos o no, debemos poner como una prioridad en nuestra relación con otros. En una época de división religiosa que generalmente está marcada por odio y resentimiento injustificado, debemos recordarnos a nosotros mismos la profunda verdad de la Torá que el Rebe ejemplificaba: Todo judío, sin importar cuán secular o alejado de Dios esté, tiene dentro de él una chispa de lo Divino. Todo lo que tenemos que hacer es alimentar esa llama y, al igual que el arbusto en el cuál Dios se apareció por primera vez ante Moshé, arderá tan fuerte con el fuego de la fe que nunca se consumirá.

28/6/2014

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