En un frío día de enero experimenté mi propio llamado de atención.

Mi amado padre era un paciente en el hospital Memorial Sloan-Kettering. Estaba muy grave. En sólo nueve semanas vi desvanecerse ante mis ojos su figura de 1,87 metros. Aunque nunca perdió su encantadora sonrisa ni su calidez, la energía de mi padre menguaba día a día. Los médicos decidieron un plan de tratamiento. Mi madre y mis hermanos pasamos nuestros días y noches a su lado. Empapelamos la habitación con fotos de los nietos. Mi padre pidió que le lleváramos de casa sus libros sagrados. También pidió una foto de nuestro recto zeide, conocido en Hungría en sus días como “el Rabino milagroso”, Rav Osher Anshil HaLevi Jungreis. La habitación se transformó.

Entonces un procedimiento no salió bien. Recuerdo la enfermiza sensación de miedo espantoso en la boca del estómago. Con valentía, mi padre nos aseguró que todo estaría bien. Se suponía que nosotros debíamos ser los que le diéramos ánimo, pero en cambio él calmaba nuestras almas.

Shéfale, va a estar todo bien, no te preocupes”. Su sonrisa y su calma llenaron la oscuridad.

Nunca oí a mi padre pronunciar una queja a pesar del terrible dolor que sufría y de lo asustado que debe haber estado.

Un día llegué al hospital y la puerta de la habitación de mi padre estaba entreabierta. Me acerqué a su cama, le besé la mejilla y sostuve su mano. Los ojos de mi padre se cerraron lentamente. Entró una enfermera y me pidió que la dejara unos minutos con mi padre. Ella corrió la cortina y me dijo que podía esperar del otro lado.

Me senté en una silla y saqué mi libro de Salmos. Había silencio. Mientras rezaba, oí que la enfermera le hablaba suavemente a mi padre.

De repente oí el sonido más espantoso de toda mi vida. Entonces lo entendí. Mi padre lloraba.

De repente oí un sonido espantoso. Nunca antes lo había escuchado. Entonces lo entendí. Mi padre lloraba. Mi bello Aba sollozaba en voz alta. Me quedé petrificada. No supe qué hacer. El sonido que escuché había surgido de las profundidades de su alma.

—¿Rabino? —Le dijo la enfermera.

No hubo respuesta. Los inquietantes sollozos continuaron.

— Rabino, ¿le duele? Porque esto no debería provocarle dolor. Casi terminé, Rabino.

Finalmente mi padre le respondió en medio de las lágrimas.

—No, no se preocupe. No lloro porque usted me provoca dolor. Me pesa el corazón.

—¿Qué significa eso?

—¡Ay! —Lloró mi padre—. Sé que mis días se están terminando. No sé cuándo, pero sé que será pronto. Tal vez en una o dos semanas, quizás mañana. Sólo Dios lo sabe. Entonces deberé enfrentar a mi Creador. Tengo miedo. Tengo mucho miedo. Tendré que rendir cuentas por toda mi vida.

El llanto angustiado de mi padre llegó a los recovecos más profundos de mi corazón.

La enfermera le dijo:

—Pero Rabino, usted es la persona más bondadosa, gentil y humilde que he conocido. Ha hecho tantas cosas buenas en su vida. Usted es un Rabino, no tiene que tener miedo.

En ese momento pensé: mi padre sobrevivió las llamas del Holocausto con su fe intacta. Perdió a toda su familia, sin embargo se mantuvo firme con su creencia en Dios. Su luz logró encender incluso a las almas más confusas. Pero él se sentía asustado al contemplar su propia vida. ¿Qué pasaba conmigo? ¿Cuánto más yo debía tomarme el tiempo para contemplar mis días en esta tierra? ¿Qué puedo hacer para vivir mejor, ser más bondadosa y más elevada?

Lentamente regresé al lado de mi padre. Observé a ese gigante y me sorprendí por la transparencia de su alma. Él era completamente verdad. ¡Qué enorme bendición había tenido de que me dieran tiempo para vivir a su lado! ¡Qué terrible vacío me quedaría! Toda la vida de mi padre era la Torá viva. Él no sólo estudiaba, él respiraba la sabiduría de la Torá día y noche. Él tomaba lo mundano y lo volvía sagrado. Él se preocupaba por nosotros con todo su corazón y nos transmitió su legado de vida y amor.

Ese día, él me enseñó el valor de cada momento, porque un día deberé presentarme y ser juzgada por mis actos.

Ese día, él me enseñó el valor de cada momento, a considerar cada palabra, porque un día deberé presentarme y ser juzgada por mis actos.

Rosh Hashaná y Iom Kipur son un regalo que recibimos del Cielo. Cada año nos dan la oportunidad de comenzar de nuevo. Todo lo que Dios nos pide es que nos tomemos el tiempo para pensar en dónde nos equivocamos y cómo podemos corregirlo. ¿Cuáles son nuestras debilidades, nuestras imperfecciones? ¿Debo trabajar sobre mi enojo e impaciencia, en mi tendencia a quejarme, la arrogancia o quizás la falta de reconocimiento hacia el bien que he recibido?

Al acercarnos a estos días de las Altas Fiestas, esos momentos en la habitación del hospital con mi padre me llevan a un lugar de calma contemplación y verdad.

Le pido a Dios que acepte nuestras plegarias y nos selle en el Libro de la Vida.