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Ser una estrella

Ser una estrella

Desde concursos de belleza hasta la pantalla cinematográfica, finalmente me gané la lotería.

por Kaila Lasky

Kaila Lasky no fue siempre mi nombre. Llegué al mundo como Kelly Dianne Scott, doble L, doble N, doble T. Este nombre no solamente estaba diseñado para sonar lo menos judío posible, sino que estaba cuidadosamente calibrado para verse simétrico en la marquesina. No estoy bromeando.

Incluso antes de nacer, el plan era que yo fuera una estrella.

A la edad de 3, ya me estaban tiñendo el pelo más rubio y comencé a competir en concursos de belleza como “Pequeña Miss América” yPequeña Miss Half Pint”. A la edad de 9 ya estaba actuando en el teatro local, y a los 12 me gané una admisión temprana a la Secundaria para las Artes Escénicas de Manhattan (de la película y serie de televisión Fame).

A lo largo de mi niñez, absorbí el mensaje de que todo lo importante sobre mí estaba afuera y todo lo que pudiera posiblemente querer en la vida estaba en algún lugar "allí afuera". Esta ideología se vio reforzada en la Secundaria para las Artes Escénicas, en donde todos nosotros —los aspirantes a actores, bailarines y músicos— compartíamos el sueño de ser ricos, famosos, talentosos, poderosos y maravillosos. Lo que importaba era cómo nos veíamos, cómo actuábamos y cuán fuerte era el aplauso.

A los 14, fui co-estrella en un pionero film sobre la indigencia y la bondad llamado The Shopping Bag Lady (La mujer de la bolsa de compras), el cual fue dirigido por Bert Salzman, ganador de un premio Oscar. Para entonces mi nombre escénico era Holly Scott (Kelly era demasiado católico-irlandés, incluso para mí). La película me dio el boleto dorado para el mundo del espectáculo junto con una membresía al Gremio de Actores de Cine y a todos los otros sindicatos teatrales.

Seguí trabajando en películas, TV y teatro en Nueva York por los siguientes 13 años, pero sin embargo eso seguía siendo para mí una actividad secundaria. Mi mantra era "el dinero puede comprar la felicidad" y la vida de actores muertos de hambre simplemente no era para mí. Yo no quería estar atendiendo mesas y viviendo en un departamento desgastado y sin ascensor en el barrio del Bronx. Yo quería una vida de primera clase en Manhattan con un portero y un conserje, en el barrio Upper East Side.

Para conseguir las grandes cantidades de dinero que eran necesarias para eso, utilicé mi encantó y comencé a trabajar en ventas, primero vendiendo ropa ridículamente cara y luego bienes raíces. A los 22 años, yo era directora de rentas de la empresa RiverTower en el edificio Sutton Place, "el edificio en renta más caro de Manhattan". Los inquilinos incluían a Robert Redford, la realeza Saudita y destacados nombres de la sociedad internacional, el entretenimiento y las finanzas. Finalmente, pensé yo, aquí es donde pertenezco. Si puedo sentarme en la mesa de Vera Wang en Southhampton, pasar el rato con el Príncipe Dimitri de Yugoslavia, caminar la alfombra roja en el Baile del Costume Institute en el Museo Metropolitano de Arte, e ir de vacaciones a Marrakech, Paris y Londres, entonces realmente lo he logrado.

Hice todas estas cosas y más. Obtuve un departamento en el barrio Upper East Side con una piscina en el techo y una enorme terraza que rodeaba todo el departamento, en la cual organicé animadas veladas con champaña para la hermosa multitud. Había eventos de etiqueta, salones VIP, hidroaviones y lanchas de alta velocidad. Era glamoroso, divertido y excitante. Viéndolo desde afuera, uno podría decir que yo lo tenía todo.

Entonces, ¿por qué cuando el último invitado se iba de la terraza, o cuando cerraba el club o terminaban las vacaciones, me sentía tan vacía por dentro? ¿Dónde estaba la satisfacción y la paz? Cuando la música se detenía, estaba sola conmigo misma. La futilidad y el vacío eran a veces insoportables. Algo enorme estaba faltando en mi vida, pero no sabía qué era ni dónde encontrarlo. Así que seguí avanzando, esperando que las siguientes vacaciones, relación o compra lujosa fueran la respuesta.

Vida familiar

Fue durante este torbellino cuando hice mi primera frágil conexión con el judaísmo.

Cuando niña, el judaísmo simplemente no era relevante para mí. Después de que mi abuelo murió, cuando yo tenía cinco años, el lema fue "saquemos todo lo judío". Encendíamos velas de Januca y luego íbamos a la casa de nuestros amigos cristianos para abrir regalos bajo el árbol de navidad. Asistíamos a un Seder de Pesaj (del tipo que se hace más corto cada año, ¡Dayeinu!) y comíamos emparedados. Durante la mayor parte de mi vida, esa era toda la conexión que tenía con el judaísmo.

Y sin embargo, a pesar de mi nombre no judío, siempre me sentí judía en mi interior. Así que a la edad de 20, cuando escuché por primera vez sobre las Altas Fiestas, tuve un fugaz pensamiento de asistir a los servicios. Pero ninguna de mis amigas iba y escuché que había que tener boletos, así que… pasarían otros cinco años más hasta que fuese finalmente a un servicio de Rosh HaShaná. La experiencia duró horas y fue de principio a fin en un idioma extraño; sin embargo, algo me tocó. Los recuerdos de mis idas a la sinagoga con mi abuelo me transportaron de vuelta una época en la que me sentía segura y parte de algo importante y especial.

¿Qué tipo de persona quiero ser? Era una pregunta que nunca había considerado mucho.

Había estado viviendo media vida, desconectada de la parte esencial de mí misma, y algo estaba faltando. Sabía con precisión en qué tipo de casa quería vivir, qué tipo de auto quería conducir y qué tipo de salario quería ganar. Pero, ¿qué tipo de persona quería ser? ¿Qué cosas valoraba? ¿En qué creía? Estas eran preguntas que nunca había considerado mucho.

Comencé a asistir a algunas clases nocturnas en Manhattan, y a medida que aprendía más sobre mi judaísmo, fui lentamente quitándome los estereotipos y las ideas equivocadas, como la creencia de que el judaísmo trata a las mujeres como ciudadanas de segunda clase. Aunque yo no conocía ninguna mujer religiosa judía, estaba segura de que todas estaban descalzas, embarazadas y encadenadas a la cocina. Alguien tenía que rescatarlas, educarlas, liberarlas. Resulta que estaba completamente equivocada en eso (conocí mujeres judías observantes que eran doctoras, abogadas, ejecutivas corporativas) y en muchas otras cosas.

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Comencé a estudiar Torá en profundidad, un versículo a la vez. Fue una aventura intelectual diferente a cualquiera que hubiese experimentado. Me enteré de muchas festividades judías de las que nunca había escuchado. Descubrí Shabat, la cena semanal con vajilla fina, comida y vino gourmet. Me encantó la conversación que iba más allá de los chismes, moda y política.

Pero por sobre todo, encontré una atmósfera en esos hogares que era mucho más pacifica que el frenético estilo de vida que yo estaba llevando. Las parejas interactuaban con amor y respeto. Los niños eran inteligentes, respetuosos y refinados. Eran diferentes a cualquier niño que yo hubiera conocido.

Nunca olvidaré cuando le dije a mi mamá en el Seder de Pesaj al que asistimos en la casa del rabino que "algún día yo quiero tener niños como estos". Si me hubieras conocido entonces, te hubieras reído en voz alta. Mi vida era tan lejana de la realidad de esa familia que no había posibilidad de que yo tuviera nunca niños como esos (si llegaba a tener niños del todo).

Todo esto era increíble, pero yo era como una "turista del judaísmo": un lindo lugar para visitar, pero no quiero vivir allí. Yo había estado enfocada en cosas externas durante 25 años, y sólo porque había descubierto mi dimensión interna —un alma que anhelaba verdad y belleza y significado— no quería decir que tuviera algún efecto en mí.

Mi actitud era más como la canción de Billy Joel: "Prefiero reír con los pecadores que llorar con los santos, ¡los pecadores son mucho más divertidos!".

El tirón que ejercía mi antigua vida era demasiado fuerte. Un viernes por la noche estaba invitada a la mágica mesa de Shabat de un rabino y recibí una llamada para asistir a la fiesta de cumpleaños de una princesa Saudita en Miami. Ni siquiera titubeé y me subí apenas pude al siguiente avión.

Alma gemela

Quién sabe qué tipo de vida tendría ahora si los dos mundos paralelos en los que estaba viviendo no hubieran colisionado.

Mi amiga trató de arreglarme una cita a ciegas con un tipo que no solamente era "ortodoxo", sino que también vivía en —¡glup!— Buffalo. Yo tenía cero interés. Lo pospuse por cuatro meses y luego finalmente accedí a una cita por compasión, solamente para complacer a esta amiga que seguía insistiendo con su propuesta. Cuando bajé, esperaba encontrar a un pálido, de manos sudorosas y arqueado tipo religioso, pero imaginen mi sorpresa cuando vi un Adonis que vestía blue jeans y una chaqueta blanca, que estaba sentado como "El Pensador" de Rodin en la silla de mi vestíbulo. Dios mío, ese no puede ser él. ¡Pero era! Desde el principio yo estaba sorprendida de que él realmente quería llegar a conocerme, tanto por fuera como por dentro.

Él había estado cuidando Shabat y de gira con los Rolling Stones.

¡¿Pero ortodoxo?! Yo no era nada religiosa cuando nos conocimos y él había estado cuidando Shabat y siendo casher por muchos años. Al mismo tiempo, él había estado de gira con los Rolling Stones, había actuado en unas cuantas películas y era un exitoso hombre de negocios. Él lo tenía todo: el destello y la esencia, lo físico y lo espiritual, cuerpo y alma. ¿Quién podía resistirse a un paquete como ese? Yo no.

Tres meses después estábamos comprometidos, y cuatro meses después yo estaba en un yate en la costa de Manhattan protagonizando el papel de mi vida en mi propia gran boda judía. Estaba zarpando hacia el atardecer para comenzar el aprendizaje práctico como mujer judía observante.

Curva de aprendizaje

Mi primer obstáculo real fue esta vaga sensación de que vivir una vida de Torá se trataba de obligaciones y responsabilidades. Yo no soy tan altruista y quería saber: ¿Qué gano yo?

Una vez que lo entendí, ser observante no fue para nada lo que yo esperaba. Yo pensaba que sería una interesante, quizás incómoda, adición a mi vida "real". Pero descubrí que todas esas "normas y reglamentos" resultaron ser herramientas probadas por el tiempo para el éxito en las áreas más importantes de mi vida: relaciones, educación de los hijos y manejar todo tipo de desafíos. La Torá me dio herramientas para alcanzar una verdadera paz interna, balancear el hogar y la carrera, y para mantener el romance vivo en el matrimonio, década tras década.

Me tomé mi tiempo para crecer en mi observancia judía, y fui avanzando a mi propio ritmo. El judaísmo no es una propuesta de todo o nada.

Y mientras más cumplía, más llegaba a apreciar las muchas capas de profundidad que hay detrás de todo. ¡Ahora mi esposo se burla de que soy demasiado religiosa para él!

Resultó ser que el sentimiento de realización que estaba buscando durante todos esos años no estaba "allí afuera", sino que estaba justo dentro de mí.

¿Y en cuanto a esos niños que deseaba en el Seder? Créanlo o no, tengo cuatro hijos iguales a esos. Me siento como una verdadera reina y estoy increíblemente agradecida por todo.

18/5/2014

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