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Susurros del 11 de septiembre

Susurros del 11 de septiembre

En aquel fatídico día, Ari Schonbrun vio milagros en el interior de las Torres Gemelas. Esta es su historia.

por Steve Lipman

En la mañana del 11 de septiembre del 2001, Ari Schonbrun, quién se dirigía a su oficina en la empresa Cantor Fitzgerald en las Torres Gemelas, pensó que la tarea de última hora que le pidió su esposa era una gran molestia.

Pero resulto ser un milagro.

Parado en la puerta de su casa, en los suburbios de Long Island, Schonbrun escuchó a su esposa Joyce gritando desde el piso de arriba:

—¿¡Llenaste los formularios para la escuela de Baruj!?

Baruj, uno de los hijos de Ari y Joyce, tenía 8 años en ese entonces, y debía entregar los formularios en la escuela ese día por la mañana. Schonbrun había planeado ayudar a Baruj la noche anterior pero, dado que había trabajado hasta tarde para compensar por el tiempo que perdería por las Altas Fiestas, cuando llegó a casa, Baruj ya estaba durmiendo.

—No te irás de la casa hasta que lo hagas —declaró su esposa.

Se sentó con Baruj a llenar los formularios.

Perdió su tren hacia el trabajo.

Llegó a trabajar más tarde de lo usual.

Su oficina estaba ubicada en el piso 101 de la torre norte, más conocida como la Torre Uno. Cuando el vuelo número 11 de American Airlines, un Boeing 767, se estrelló contra la Torre Uno, Ari estaba en el piso 78 cambiándose de ascensor para llegar a las plantas superiores.

Cuando el vuelo número 11 de American Airlines se estrelló contra la Torre Uno, él estaba en el piso 78 cambiándose de ascensor.

Schonbrun relata que su llegada tarde a las Torres Gemelas fue el primero de una serie de fortuitos giros del destino, una serie de coincidencias que el ha llegado a ver como milagros que salvaron su vida. Los 685 empleados de Cantor Fitzgerald que se encontraban ese día en el piso 101 perdieron sus vidas.

Si él hubiera llegado a tiempo, como era usual, y si hubiera estado en su oficina, como acostumbraba, habría sido la víctima número 686 de Cantor Fitzgerald, la gran compañía financiera de nivel mundial que perdió más empleados que ninguna otra compañía en aquél fatídico 11 de septiembre.

Schonbrun, ahora de 56 años, piensa a menudo en ese día, especialmente cuando se acerca el aniversario del 11 de septiembre.

“Logré escapar de un edificio en llamas. Dios me dio una segunda oportunidad”, dice él, sentado en un café en el barrio Upper East Side de Manhattan, cerca de las nuevas oficinas corporativas de Cantor Fitzgerald.

Actualmente trabaja como director de los mercados de capital de deudas y de la gestión de activos en Cantor Fitzgerald, donde ha trabajado por más de dos décadas.

Por fuera se ve igual que como se veía antes del 11 de septiembre: alto, afeitado al ras, con una vestimenta casual pero pulcra, pausando para seleccionar las palabras antes de relatar la historia que ha relatado en innumerables ocasiones en los años posteriores a la caída de las Torres Gemelas. Sólo hay una diferencia visible: sus patillas se tornaron blancas. “Eso ocurrió inmediatamente”, dice él. De la noche a la mañana, a causa de la conmoción que vivió aquella mañana.

Pero por dentro Schonbrun es un hombre diferente. “No veo mi vida de la misma forma, y nunca más podré vivir de la misma manera que solía vivir”.

Schonbrun habla a menudo de lo que ocurrió el 11 de septiembre y de cómo cambió su vida. A partir de sus charlas, escribió una autobiografía llamada Miracles & Fate on 78” (Milagros y destino en el 78), la cual publicó hace dos años.

Bajando las escaleras

8:46 a.m. Ari Schonbrun estaba en el piso 78 cuando escuchó la explosión y olió el humo; pensó que se trataba de una bomba.

En el pasillo, oscuro y lleno de humo, vio a una compañera de trabajo, la auditora Virginia DiChiara, quien había resultado con serias quemaduras.

—¡Por favor ayúdame! —gritó ella—. Tengo mucho dolor. Por favor ayúdame y hagas lo que hagas, no me dejes sola.

—Virginia —dijo Schonbrun—, te prometo que te ayudaré y que no te dejaré. Saldremos de esto juntos.

Un encargado de seguridad los envió hacia “la escalera que está a la izquierda”. Schonbrun acompañó lentamente a DiChiara, a quien no podía tocar ya que sus quemaduras le dolían muchísimo, hacia la escalera que conducía directamente hacia la salida de la planta baja. Las otras escaleras terminaban antes, en pisos que estaban llenos de gente que buscaba escapar del fuego y humo.

—Lo vas a lograr —le aseguraba a su colega—. Virginia, si sientes que te vas a desmayar, tírate hacia adelante, cae sobre mí.

DiChiara siguió caminando.

En el piso 75, Schonbrun escuchó su teléfono celular. Era su esposa; ella comenzó a llorar cuando contestó el teléfono. Joyce sabía que un avión se había estrellado contra el edificio de su esposo. “Pero ella no sabía que yo estaba vivo”, comenta Schonbrun.

“Nunca tenía señal en la oficina, ni siquiera en un día normal”. Pero aquella mañana del 11 de septiembre, pudo recibir aquella llamada en la escalera. “Ese fue uno de los mayores milagros de aquel día. Me dirigí hacia el shamaim (cielo) y dije: ‘Gracias’”.

Un momento después, un hombre le pidió prestado su teléfono celular.

—Por supuesto —dijo Schonbrun.

Pero nada. No había señal.

“Al menos mi esposa sabía que yo estaba vivo”, dice Schonbrun, “y por muy extraño que parezca, dada las circunstancias, eso me dio una gran tranquilidad”.

En el piso 50, DiChiara comenzó a fatigarse. —Virginia, tú puedes lograrlo —le dijo. Él vertió un poco de agua sobre la boca de Virginia y sobre sus brazos para aliviar un poco su dolor.

Para darle ánimo, él comenzó a contar los pisos que pasaban. —Te ves genial —le mintió él.

Ella siguió avanzando.

Finalmente, llegaron al primer piso.

Un encargado de seguridad les dijo que debían bajar algunos pisos más y salir por el garaje del edificio. Bajaron dos pisos más y entonces escucharon una voz venir desde la oscuridad: “No pueden salir por el garaje”. Schonbrun, DiChiara y el resto de la gente que estaba con ellos se devolvieron hacia el primer piso y salieron por allí. Cualquier persona que hubiese estado en el garaje cuando el edificio colapso unos minutos después habría muerto.

Al otro lado de la calle, frente al hotel Millennium, Schonbrun ayudó a su colega a llegar a una ambulancia para que la llevaran al hospital. Después de dejar a DiChiara en buenas manos, Schonbrun comenzó a alejarse.

—Ari, ven con nosotros —insistió DiChiara.

Schonbrun pensó que probablemente sería sicológicamente bueno para ella, por lo que aceptó.

“Así”, dice él, “es como me salve de una muerte segura”.

Las torres colapsaron pocos minutos después. Fueron pocos los que se encontraban en el sitio y sobrevivieron.

Virginia, quien ya se ha recuperado, “me agradece cada día por salvarle la vida”, dice Schonbrun. “Pero yo siempre le digo: ‘Virginia, no entendiste. ¿Quién salvó la vida de quién? Si no hubieras insistido que subiera a la ambulancia, yo estaría muerto’”.

“En contra de todas las posibilidades”, dice él, “logré escapar sin siquiera un rasguño. Alguien, obviamente, me estaba cuidando ese día”.

La misión es sobrevivir

Eventualmente se fue del hospital y emprendió rumbo hacia el norte.

Llamó a los padres de DiChiara desde un teléfono prestado y les dijo que su hija, pese a tener quemaduras graves, estaba viva.

Luego llamó a su esposa, quien estaba llorando. “La Torre Uno colapsó y pensé que estabas muerto”, dijo ella.

La última vez que hablaron, Schonbrun estaba en el piso 75 del edificio en llamas. “Cuando el edificio colapsó y ella no supo más de mí, creyó que estaba muerto. Ella pensó durante largas horas en cómo les diría a nuestros hijos que Papi había muerto”.

Gracias a la bondad de algunos extraños y amigos, Schonbrun logró llegar a casa, en tren y en taxi, en la tarde. Lo recibieron unos 20 amigos que estaban muy preocupados por su destino; en su contestadota tenía más de 100 mensajes de voz.

“No tienes idea de cuantos amigos tienes realmente sino hasta que piensan que estás muerto”.

“Ese día aprendí algo sumamente importante”, dijo él. “No tienes idea de cuantos amigos tienes realmente sino hasta que piensan que estás muerto”.

Se lavó, fue a rezar minjá en su sinagoga, y recitó la bendición de agradecimiento hagomel, la cual usualmente se guarda para los días de lectura de Torá.

Al día siguiente, temprano por la mañana, lo llamó un reportero radial desde Israel para hacerle una entrevista.

Una semana después, Schonbrun se encontraba relatando a individuos y audiencias su experiencia del 11 de septiembre. “Yo no encontraba que mi historia fuese algo especial”, dice él. Pero el resto sí lo pensaba. “Sobreviviste por una razón”, le decían. “Tienes una misión. ¿Cuál es?”.

Él se dio cuenta de cuál era su misión: contar cómo sobrevivió, “contar lo que Dios hizo por mí”, y como lo cambió la experiencia.

Cambio permanente

Schonbrun nació en Nueva York y se mudó en su juventud a Israel. Siempre ha sido un judío observante.

Para Schonbrun, todo cambió el 11 de septiembre.

“Pero a pesar de que mis rituales diarios estaban construidos en torno a mi devoción hacia Dios, habían momentos en los que perdía de vista qué es lo realmente importante”, escribió en su libro. “¿Entendía realmente lo que estaba haciendo con esas prácticas, o las hacía sin pensar? ¿Hacía el mínimo necesario y encontraba conveniente tener excusas para no ir a alguna sesión de estudios o para no concentrarme más en las palabras de los rezos?”.

“Todo cambió después del 11 de septiembre”.

Y al igual que él puede enlistar los milagros que le ocurrieron el 11 de septiembre, también puede enlistar los cambios que ha hecho en su vida:

No decir más insultos. Los colegas que utilizan un lenguaje sucio “no utilizan un lenguaje sucio cerca del escritorio de Ari”.

No hablar más en el shul durante los rezos. Antes, “hablaba en el shul al igual que todos”.

No hay excusas cuando sus hijos le piden que vaya a los eventos de la escuela. Antes, él respondía que “Papi tiene que ir a trabajar”. Hoy en día, se toma el día libre para una obra de teatro de la escuela, para un paseo o para cualquier cosa que tenga que ver con sus hijos. “Ahora, mi familia es lo más importante de mi vida”.

Mejorar el temperamento. “No me enojo por pequeñeces”.

Más tiempo para estudiar judaísmo.

Y no se pierde los rezos diarios, tres veces al día, con un minián.

Antes rezaba que pudiera ganarse el sustento. Ahora reza por sus hijos, “que sean unos buenos niños”.

¿Es más feliz ahora? “100%”, dice él.

Aun son parte de su vida los cambios que hizo hace más de una década, ya que “ocurrieron gradualmente, a lo largo del tiempo”. Él no intentó incorporar cambios bruscos de un día a otro.

Schonbrun ofrece algunos consejos en su libro y en sus charlas: Reconozcan la “mano de Dios” en sus vidas. Donen a caridad. Hagan trabajos voluntarios. Busquen modelos a seguir. “Toma una cosa que no estés haciendo actualmente y que podría hacerte mejorar, aunque sea un poco, y toma una decisión consciente de hacerla”.

Pequeños susurros

A Schonbrun le gusta relatar la historia de un “joven y exitoso ejecutivo” que iba a alta velocidad en su Jaguar nuevo por las calles de la ciudad cuando de repente, sintió el golpe de un ladrillo en el costado de su preciado automóvil. Sumamente enfurecido, retrocedió al lugar de los hechos, se bajó del automóvil y agarro al niño que había arrojado el ladrillo.

—¡¿Qué crees que estás haciendo?! —le gritó el conductor.

—Lo siento. No sabía qué más hacer. Lancé el ladrillo porque nadie más se detendría” —dijo el niño en medio de lágrimas. La silla de ruedas de su hermano había rodado por la acera y su hermano se había caído.

—¡Yo no puedo levantarlo solo! —sollozó el pequeño—. ¿Podrías ayudarme a devolverlo hacia su silla de ruedas?

El conductor ayudó a levantar al niño caído y mantuvo la abolladura en el costado del Jaguar como un recordatorio del mensaje del incidente: “No vayas por la vida tan rápido que alguien tenga que lanzarte un ladrillo para llamar tu atención”.

Todos tienen una elección que hacer, dice Schonbrun. Puedes escuchar lo que te susurra la vida, sus sutiles mensajes. “O puedes esperar el ladrillo”.

Luego, él entrega una tarjeta de negocios que lo identifica como un “charlista motivador”. Sobre un fondo que muestra un cielo lleno de nubes están escritas las palabras: “Escucha los susurros”.

¿Y que hay de las víctimas, las casi 3.000 personas que perdieron sus vidas aquel 11 de septiembre? ¿Cómo explica su supervivencia, mientras que otros murieron? En otras palabras, ¿Dios no los estaba buscando a ellos también?

Él responde: “Dios tiene un plan, y yo no puedo explicarlo”.

Imagina una mancha de pintura negra sobre una tela. ¿Es hermosa?, pregunta Schonbrun.

No.

Ahora, dice él, imagina que es parte de una pintura más grande, de una pintura de Picasso. Ahora la pequeña mancha negra hace sentido.

“Sólo vemos una parte de la pintura”, dice él.

“No necesito recordatorios. El 11 de septiembre me acompaña cada día”.

Cuando a Schonbrun le ocurren cosas malas —o cosas que parecen ser malas—, él entiende que son parte de un gran diseño.

El huracán Sandy dañó su casa el año pasado. “Si hubiera ocurrido antes del 11 de septiembre —dice él—, me habría preguntado ‘¿por qué a mí?’”. Pero cuando se percató del daño ocurrido, se dijo a sí mismo que “Dios tiene sus razones. No las conozco, pero algún día las entenderé”.

Pronto será el duodécimo aniversario del 11 de septiembre. En aquel día, muchos sobrevivientes asisten a los actos conmemorativos.

Schonbrun va a jugar golf. Y va solo.

Ese día, él no quiere hablar acerca de su experiencia. No quiere pensar en ello ni tampoco quiere leer el periódico al día siguiente.

“No necesito recordatorios”, dice Schonbrun. “El 11 de septiembre me acompaña cada día”.

El único recordatorio físico que carga con él, en su llavero, es la llave de su oficina en la Torre Uno.

30/8/2013

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