Desde que tenía unos pocos meses de edad, he enfrentado muchos desafíos. Sufrí dos accidentes cerebrovasculares, más conocidos como derrames. Los derrames afectaron el lado derecho de mi cerebro.

El lado derecho del cerebro controla la habilidad de prestar atención, reconocer las cosas que vemos, escuchamos o tocamos y la consciencia del propio cuerpo. En la mayoría de las personas, el lado izquierdo del cerebro controla la habilidad de hablar y entender el lenguaje. Algunas personas también tienen problemas espaciales.

En mi caso, los derrames me dejaron con una hemiparesia izquierda, lo que significa que todo mi lado izquierdo estaba paralizado y posteriormente mis padres también descubrieron que estaba completamente sorda del oído izquierdo. Después de los dos derrames, los médicos les dijeron a mis padres que yo nunca caminaría, hablaría ni podría estudiar en una sala de clases normal. Mis padres no les hicieron caso. En cambio, me llevaron a hacer terapia ocupacional y entrenamiento físico, viéndose obligados a salir de la habitación porque yo lloraba de dolor. Pero gané la posibilidad de moverme y ahora tengo habilidades motoras gruesas en mi lado izquierdo.

Creo en Dios porque he recibido muchas de Sus bendiciones.

Comencé a hablar cuando tenía alrededor de 12 meses de edad y mis primas bromean diciendo que desde entonces nunca me he callado. Aunque debería tener dificultades incluso con un solo idioma, soy bilingüe; hablo hebreo con fluidez. Di mis primeros pasos a los dos años y medio y empecé a caminar sola a los tres años.

Creo en Dios porque he recibido muchos de Sus milagros y bendiciones.

Mis padres no estaban conscientes de mi déficit de audición hasta realizarme una prueba rutinaria de audición a los tres años que mostró que yo estaba “profusa y profundamente” sorda de mi oído izquierdo. Los médicos repitieron la prueba porque yo no tenía ningún impedimento de habla pronunciado, tal como ocurre habitualmente en aquellos que tienen sordera incluso de un solo lado. No soy candidata para un implante coclear. Puedo escuchar perfectamente a las personas y también puedo conducir un auto de forma segura. En un lugar grande y ruidoso, ajusto mi cuerpo para escuchar lo que me dicen sin que eso sea demasiado obvio y también me enseñaron a leer los labios.

Desde el momento en que empecé a ir a la escuela, estuve en clases normales y leía incluso antes de empezar la escuela. A los diez años, podía ayudar a mi hermanastra que estaba en la escuela secundaria a entender el inglés de Shakespeare y a los 12 años leí: “Lo que el viento se llevó” y otros libros de autores como Agatha Christie y Jane Austen de la sección de adultos de la biblioteca. Al final del octavo grado pasé una prueba académica y los médicos se sorprendieron cuando los resultados mostraron que mi conocimiento era superior al grado 12 en todas las materias excepto en matemática (¡odio las matemáticas!). Me dijeron que podía saltearme la escuela secundaria, pero en vez de eso comencé el noveno grado. Me aburrí y desde entonces comencé a estudiar en mi casa. Después, cuando fui a la universidad, obtuve altas calificaciones y recibí premios por mis trabajos.

Al tener estos desafíos en mi vida, naturalmente tuve momentos de dudas respecto a mi confianza en Dios. Cuando mi confianza tambalea, me recuerdo a mí misma todos los milagros que he experimentado.

Mi habilidad de caminar, hablar y estudiar no son los únicos milagros que he experimentado. A los cuatro años, estaba sentada en la parte de arriba de un sillón con forma de L frente a una ventana en el departamento de mis abuelos en el segundo piso. Mi madre estaba en el otro extremo del sillón cuando me caí hacia atrás, ¡atravesando la ventana! Recuerdo haber visto abajo la calle y los grandes pedazos de vidrio que quedaron en la ventana.

Mi madre de alguna manera logró saltar hacia el otro lado del sillón y me agarró de los pies cuando mi cabeza ya estaba afuera de la ventana. Ella logró jalarme hacia adentro y llamó a Hatzalá. Hasta el día de hoy los recuerdo sacando con cinta adhesiva esquirlas de vidrio de mi cabello ondulado y decirle a mi madre que no tenía cortes en la cabeza ni en la cara.

Cuando era pequeña, algunos niños me atormentaron por ser diferente. Ellos se reían de la forma en que caminaba o se burlaban de mi inhabilidad para los deportes. Incluso de adulta tuve un empleador que me dijo que caminaba raro. El año pasado, mi antiguo empleador me dijo: “Ariel, no conseguirás un trabajo en esta área o en la otra área en que estás interesada porque tú eres diferente y las personas quieren lo que es normal”.

Lo que él no sabe es que ser diferente no es algo malo. Solamente significa que he tenido un camino interesante. He hecho en mi vida cosas que los mejores médicos en distintas especialidades dijeron que yo nunca haría. Pero Dios dirige el mundo.

Odio que me digan que soy discapacitada; no lo soy. Soy capaz. Por eso puedo tocar el piano con una sola mano. Algunas personas no pueden tocar con dos. No puedo hacer deportes, pero los deportes no me gustan, así que eso no me causa problemas. Camino más lento que otros y tengo un paso pesado, pero ¿eso me hace incapaz? No lo creo. Puedo caminar, hablar, ir a la universidad, ser excelente en la escuela, conducir y hacer casi todo lo que hacen las personas “normales”.

Mi creencia en Dios me ha dado confianza para vivir sola y desmentir a los detractores. No ha sido fácil.

Confiar en Dios no es una de las cosas más fáciles. Aunque tengo fe completa en Su existencia, no siempre tengo confianza en Él. Algunos días quiero gritar: “¿Dónde estás? ¿Cuál es Tu plan para mí?” Tener fe en Dios es creer que Él existe. Tener confianza completa en Dios significa vivir con la conciencia de que Él es una parte íntima de tu vida y que cada cosa que ocurre es para tu bien. Vivir con esa conciencia es una lucha, a pesar de los muchos milagros que he experimentado en mi vida.

No estoy en donde querría estar en esta etapa de mi vida. Creo que Dios tiene un plan para mí y que estaré en donde tengo que estar, incluso si me toma más tiempo de lo planeado. Si Él no tuviera ese plan, no me hubiese dado las habilidades que tengo. Mi creencia en Dios me ha dado confianza para ir a la universidad, vivir sola, mantenerme a mí misma y desmentir a los muchos detractores que dijeron que yo nunca podría lograr mis metas. Le agradezco a Dios por bendecirme con la fuerza para superar la adversidad y Le agradezco por mi vida con todos sus desafíos.