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Desafiando el Tiempo

Desafiando el Tiempo

La plegaria de minjá es un momento crucial para detenerse y valorar.

por Hannah Dreyfus

Los detalles tienden a abrumar. Los días están cargados con tareas tediosas, con cosas para hacer que aún no han sido hechas y con un empuje constante y agotador hacia el éxito. Los días se pasan dentro de paredes rígidas, con las piernas metidas debajo del escritorio, con los ojos oscurecidos detrás de las pantallas. ¿Cuándo hay tiempo para detenerse y pensar, para hacer introspección y reflexionar? ¿Hay algún momento para detenerse y mirar al cielo, o tan sólo podemos dar un rápido vistazo hacia arriba para decidir si necesitaremos un paraguas hoy o no?

Cuando un mundo que está lleno de detalles físicos nos amenaza con atraparnos, y cuando se atenúa nuestra conexión con la Mano detrás del bolígrafo que escribe incesantemente la historia, entonces la ley judía inserta una pausa. La plegaria de la tarde llamada minjá, la cual se encuentra fijada en medio del frenesí del día, nos obliga a hacer una pausa. En la mañana, ese momento del día en que la mente todavía tiene claridad, es más fácil separar un momento para Dios. En la noche, cuando bajamos las revoluciones, apreciamos el tiempo de comunión y reflexión.

Pero en la tarde, cuando la distracción es tentadora y la fatiga se convierte en un obstáculo en el camino, se hace cada vez más difícil. Pero a la vez, se hace cada vez más importante.

Este rezo tiene el objetivo de entrometerse.

Minjá es un servicio relativamente corto. Está compuesto por sólo un salmo introductorio (Ashrei), y por las “18 bendiciones” (Amidá), la plegaria por excelencia. Minjá debe ser dicho entre el mediodía y el atardecer. Durante los largos días de verano, uno tiene hasta bien entrada la tarde; pero en lo cortos días de invierno, uno debe hacerse un tiempo a media-tarde. En cualquier caso, este rezo tiene el objetivo de interrumpir nuestra rutina; está programado para entrometerse.

En medio del trabajo duro – teléfonos, entrevistas, clientes, niños – este tiempo muerto es raramente un momento bienvenido. "Estoy ocupado ahora", murmuramos con diferentes grados de culpa y exasperación. "Tendré unos minutos más tarde, cuando termine con esto". Y así, uno continúa divagando sobre la importantísima construcción de castillos de arena, dando intencionados golpes en el blando barro, haciendo caso omiso de las nubes de tormenta que se avecinan.

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Conectándote con lo Atemporal

Confrontar nuestra propia transitoriedad no es algo cómodo. Considerar que mucho de lo que logramos no perdurará es desagradable. Si pudiéramos pararnos, por un momento, fuera de la burbuja de la actividad diaria, y observásemos los frágiles fragmentos de la vida bailando y dando vueltas frenéticamente delante de nosotros, entonces el presente adquiriría una perspectiva bastante humilde.

Pero esos momentos de introspección son extremadamente temidos y son hábilmente evitados. Los momentos de perturbadora lucidez, con los que todos nos topamos en algún momento, compelen la pregunta: ¿Hacia dónde estoy yendo? Es una pregunta que pocos se toman el tiempo para enfrentar porque es una pesquisa, es demasiado fundamental para que podamos sacárnosla de encima con una respuesta torpe.

El rezo de minjá integra esta pregunta a la vida cotidiana. Obligados a confrontar a diario las incertidumbres de la vida, uno se vuelve cada vez más adepto a hacerlo. La pregunta esencial – ¿Hacia dónde estoy yendo? – eventualmente deja de ser amenazadora y, en cambio, comienza a atraernos.

Para quienes están envueltos exclusivamente en lo mundano, minjá genera una frustrante interrupción. Para quien quiere enfrentar su propia naturaleza efímera, minjá provee una oportunidad para escapar de ese cautiverio banal; es un momento – separado en un rincón, en una oficina, en una sinagoga – para pararse cara a cara frente a nuestro Creador. Es una oportunidad para desafiar la transitoriedad al conectarnos con Quien preside más allá de la angosta perspectiva del reloj de arena.

Quien insiste en que la pausa, el recreo, ocurrirá cuando deba ocurrir, es tristemente eludido. Un objeto continúa en movimiento hasta que es detenido por una fuerza externa.

La plegaria de minjá es una declaración de libertad. La pausa intencional comunica autonomía por sobre las incesantes obligaciones diarias que marchan continuamente en la escena de la vida. Al renunciar a controlar el tiempo – por un breve momento cada tarde – hacemos lo único que podemos hacer para realmente controlar el tiempo: Nos conectamos con lo Atemporal.

1/7/2013

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