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Guía para la Auto-Indulgencia

Guía para la Auto-Indulgencia

Cómo perdonarte a ti mismo por completo antes de dormir.

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Ok, lo hiciste de nuevo.

Te habías prometido no tomar otra porción de torta de chocolate…

Te convenciste de que estaba bien esconder algunos papeles de los inspectores de impuestos…

O simplemente echaste un vistazo en un sitio web dudoso…

Y la cruda realidad te destripa con culpa y te hunde en vergüenza.

Pero no es sólo eso.

Tu familia y amigos nunca te perdonarían si supieran la mitad de lo que haces.

Cada vez que tienes un desliz…

Cada vez que estás solo con tu oscuro secreto…

Te sientes un perdedor, un tonto. Has fallado de nuevo.

¿Cambiarás alguna vez?

¿Alguna vez te podrás perdonar?

La respuesta es sí, al menos de acuerdo al sicoanalista Dr. Fred Luskin, director del Proyecto de Perdón de la Universidad de Stanford, y autor del libro Forgive for Good (“Perdona para Siempre”).

El mayor obstáculo para la auto-indulgencia probablemente es nuestra tendencia a deleitarnos en nuestra propia culpa.

Luskin descubrió que el mayor obstáculo para la auto-indulgencia probablemente es nuestra tendencia a deleitarnos en nuestra propia culpa. "No sólo es que nos sentimos mal porque sabemos que nos hemos equivocado", explica. Todo el mundo hace eso. Pero algunos de nosotros nos envolvemos en esos malos sentimientos como si fueran una colcha, cubriendo nuestras cabezas y rehusándonos a detener el lamento.

En lugar de asumir responsabilidad por lo que hemos hecho, tratando de reparar el daño o buscando ayuda, muchos de nosotros decidimos inconscientemente castigarnos mediante sentirnos miserables por el resto de nuestras vidas.

Y esto nos da una aprobación tácita para seguir equivocándonos… y de esa forma, el ciclo continúa.

La Plegaria para el Perdón

Entonces, ¿qué puedes hacer al respecto?

La tradición judía trata esto con una plegaria que decimos todas las noches justo antes de dormir:

He aquí que perdono a quienquiera que me haya irritado, que se haya burlado de mí o que haya pecado contra mí. Ya sea contra mi cuerpo, mi dinero, mi honra o contra cualquier otro aspecto mío. Ya sea accidentalmente, de forma voluntaria, sin intención o de forma intencional; ya sea por medio del habla o de acción. Tanto en esta vida como en cualquier otra. Que nadie sea castigado por causa de lo que me hayan hecho.

Es una plegaria hermosa – terapéutica y purificadora. Terminar el día así pone las cosas en perspectiva.

No tienes que tomarte tan en serio. No tienes que quedarte pensando todo el tiempo en tus errores ni en los insultos a tu estatus o tu ego. Limpia tu mente y alma para que puedas dormir en calma – y levántate como nuevo.

Como escribe Rav Zelig Pliskin: "Cuando perdonamos a otros, nos ayudamos a nosotros mismos tanto como ayudamos a quienes perdonamos. Nos elevamos y nos sentimos mucho mejor cuando perdonamos que si continuamos agregando más y más resentimiento".

No estoy hablando sólo sobre hacer la paz con los demás. También estoy hablando de las formas en que nos lastimamos a nosotros mismos, sin que haya nadie más en medio. ¿Cómo puedes perdonarte a ti mismo por esos errores recurrentes, por esos "pecados" seriales de los que has sido culpable por años?

Te torturas por días pensando en eso todo el tiempo, rebajándote, perdiendo la esperanza de salir alguna vez del pozo en el que te encuentras.

Todo ese castigo que te infliges inhibe tu vida, te deprime y restringe todo crecimiento o desarrollo personal. Eso por no mencionar cómo afecta tu salud o el cómo reaccionas ante la gente que te rodea.

Pero seamos honestos. Probablemente no eres un villano como el Guasón, Darth Vader o Cruella de Vil. Eres un alma creada a imagen de Dios. Y puedes perdonarte a ti mismo.

Ese es el poder de esta plegaria nocturna. Leámosla de nuevo, pero esta vez con algunas diferencias:

He aquí que me perdono a mí mismo por irritarme, por burlarme de mí mismo por algo que hice hoy, o por pecar contra de mí. Ya sea contra mi cuerpo, mi dinero, mi honra o cualquier otro aspecto mío. Ya sea accidentalmente, de forma voluntaria, sin intención o de forma intencional; ya sea por medio del habla o de acción. Que yo no sea castigado por causa de lo que me hice a mí mismo o a cualquier otra persona.

Por supuesto, tienes que expresar un genuino remordimiento y tener serias intenciones y un plan de autocontrol para comportarte mejor. Y, obviamente debes disculparte ante cualquier persona que hayas ofendido o herido.

Esta es la segunda parte de la plegaria:

Que sea Tu voluntad, Dios mío y Dios de mis antepasados, que no incurra más en el pecado, y que cualquier pecado que haya cometido ante Ti lo borres en Tu infinita misericordia, mas no a través del sufrimiento o de enfermedades graves. Que los dichos de mi boca y los pensamientos de mi corazón hallen favor ante Ti, Dios, mi Baluarte y Redentor.

Adoptar esta plegaria como un hábito diario te servirá mucho para calmarte y te ayudará a perdonarte a ti mismo.

¿Entonces por qué no comenzar a decirla – y a pensar en ella – esta misma noche?

Pon tu alma en un sobre de correo y envíasela a Dios.

Él la cuidará durante la noche, y te la devolverá en el primer momento de la mañana – pura, limpia, renovada y llena de nuevas oportunidades.

Publicado: 10/11/2012


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