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Caballo y jinete: ¿Quién dirige a quién?
Con Ojos de Mujer

Caballo y jinete: ¿Quién dirige a quién?

Sugerencias prácticas para prepararse para Iom Kipur.

por

“¡Qué pena haber perdido un buen sirviente! De no haber sido por el árbol del bien y del mal, todos tendrían una serpiente que cargara sus bolsas por ellos” (historia del Talmud).

¿Qué significa esto?

Todos reconocemos la batalla entre nuestro cuerpo y nuestra alma, entre nuestros instintos más bajos y los más elevados, o —si prefieren lo freudiano— entre nuestro ello y nuestro superego. Es realmente la lucha de la vida, el desafío de la vida. Es continuo. Es cotidiano. De hecho, es cada momento. Son nuestras decisiones morales, las que nos acercan o nos alejan de Dios, las que traen luz al mundo o —que Dios no lo permita— oscuridad.

La serpiente en la historia del Jardín del Edén era la encarnación de nuestro instinto más bajo. Ella representaba nuestro ietzer hará, nuestro deseo de rebelarnos, de desobedecer, de satisfacer nuestros apetitos y nuestro ego. Una vez que Adam y Eva comieron, esos deseos fueron internalizados en vez de ser externos y comenzó la batalla.

Pero esta extraña historia nos dice algo más profundo, nos enseña que, incluso ahora, con la actitud correcta, podemos recalibrar nuestra relación con nuestro ietzer hará.

Debería ser nuestro sirviente. Debería cargar nuestras bolsas. En otras palabras, deberíamos utilizar su energía y su poder para lograr el bien en el mundo. Deberíamos ser su amo. Sólo cometemos errores cuando nuestro cuerpo nos controla, porque entonces nuestro mundo y nuestro foco están fuera de sincronía.

Nuestros Sabios lo comparan con un caballo y un jinete: el alma es el jinete y el cuerpo el caballo. El caballo es fuerte y poderoso y el jinete necesita al caballo para llegar a donde tiene que ir. Pero el jinete debe estar a cargo, determinar la dirección y no cederle la responsabilidad al caballo. Si lo decimos de esta manera suena absurdo y sin embargo lo hacemos todo el tiempo.

Como dije, este es el desafío constante de nuestra vida. Tenemos muchas oportunidades de ser jinete, de ser líder, de ser un alma y no un cuerpo. Hay momentos emocionantes en los que tenemos éxito, cuando nos sentamos a horcajadas sobre el caballo y avanzamos con fuerza. Desgraciadamente hay otros momentos desalentadores cuando no lo hacemos y el caballo nos arrastra por el lodo.

Iom Kipur es la oportunidad de arrepentirnos y expiar por aquellas oportunidades perdidas y tomar decisiones que mejorarán nuestra capacidad para tomar las decisiones correctas la próxima vez. Unos cuantos ejemplos de momentos de cuerpo sobre alma:

Cedemos ante la frustración y el enojo—desde enfadarnos con un extraño al conducir (incluso murmurar en el auto no es nuestro yo más elevado) hasta la frustración con nuestros esposos por cosas pequeñas (“¿No te pedí que sacaras la basura antes de irte al trabajo?”) y grandes (“Le dije que no puede recibir eso/ir ahí; ¿Por qué a mis espaldas se lo permitiste?”), hasta el enojo con nuestros hijos (generalmente) indefensos por olvidar su almuerzo, no hacer su tarea, no estar listos a tiempo o, la más seria, por no ser buenos con sus hermanos.

Nos permitimos los celos—quizás alimentados por nuestra obsesiva y contraproducente pérdida de horas en Facebook.

Cedemos ante nuestros deseos —no es que sea malo romper nuestra dieta o saltarnos un día en nuestro programa de ejercicios; dejo que el caballo tome la delantera cuando les permito a mis deseos determinar mis acciones. Me siento humillada cuando como ese pastel de chocolate aunque estoy satisfecha y sigo comiendo y comiendo o me termino el helado en la cama (ya no lo hago ¡pero en mi familia todos recuerdan aquellos días!). Porque dejo que gane mi cuerpo. No controlé mis elecciones.

Somos perezosos, críticos, preocupados y deprimidos. La lista continúa. Ceder ante cualquiera de estas cualidades negativas es dejar que el ietzer hará tome control. Tenemos que luchar.

Somos mucho más que nuestros cuerpos, pero a veces parece ser tan difícil que dejamos que nuestros cuerpos nos dirijan. Abandonamos la pelea. Dejamos que nuestros cuerpos tomen las decisiones, que decidan nuestra dirección. Dejamos que el caballo controle al jinete.

Este año en Iom Kipur queremos hacer nuevas elecciones.

Para asegurarlo necesitamos un plan. Tenemos que escoger una cosa en la que trabajar; digamos por ejemplo que es lashón hará, hablar de forma despectiva sobre otros. No tiene sentido decir: “Nunca más voy a hablar lashón hará”. Lo más probable es que si lo haremos. Nos encontraremos en determinada situación y será demasiado tentador, demasiado jugoso…

Tenemos que escoger una hora al día por 40 días en la que no hablaremos lashón hará. Lo hagamos para dar méritos para que alguien se cure o se case, etc.; eso nos dará una motivación adicional. Tenemos que sobornar al cuerpo (¡Incluso puede ser efectiva una promesa de recibir zapatos nuevos! Confíen en mí).

Tenemos que hacerlo en un momento en el cual funcione. Tal como los alcohólicos evitan calles con bares que les eran familiares y cualquier otra situación que desencadene su respuesta de “quiero un trago”, nosotros también tenemos que planear una estrategia. Si hay una amiga que siempre cuenta chismes o con quien nuestra relación está basada en eso, definitivamente deberíamos disminuir nuestro contacto con ella. ¡Por lo menos no deberíamos llamarla durante nuestra hora libre de lashón hará!

No tienes que fijar tus horas a las dos de la mañana pero tampoco tienes que elegir la hora más difícil. Puede ser en el trabajo, cuando acostumbras a hacer ejercicio o a la hora de la cena, para mantener una conversación más elevada en la mesa.

Para cualquier momento que escojas, yo recomiendo hacerlo 40 días y no un mes, porque 40 es un tiempo de renovación y renacimiento. El diluvio duró 40 días y luego nació un nuevo mundo.

Iom Kipur es también una oportunidad de renacimiento espiritual, de borrar la pizarra y comenzar de nuevo.

Pero no es algo mágico. La oportunidad de borrar la pizarra es un regalo. El hecho de comenzar de nuevo depende de nosotros. Comienza con reconocer quién es el jinete y quién es el caballo, asumir nuestra responsabilidad e incluso celebrarla.  

27/9/2017

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