Constantemente hay ruidos sobre mi cabeza. Durante el día, son los obreros que están destruyendo y (espero) construyendo nuevamente mi techo. Por la noche, son los mapaches correteando por el tejado plano gruñendo, rasguñando y asomándose por la puerta de vidrio de mi habitación. Es un enfrentamiento: nos miramos fijamente… No soy sólo la que pestañea primero. Yo grito.

Los obreros, por otro lado, no causan terror (a pesar de la inolvidable historia de la remodelación de una amiga, en la que un trabajador cayó por el techo del baño mientras su esposo se afeitaba). Simplemente son muy ruidosos, martillando y golpeando, taladrando, cortando con sierras y taladros. Con la radio resonando de fondo…

Todo esto causa estragos a mis tímpanos, pero eso no es lo peor. Siento como si mi propiedad hubiese sido invadida. Me siento un poco insegura y vulnerable. Siempre hay algo o alguien encima mío.

Sí, lo entendieron. Ese fue mi momento de iluminación. ¡Por supuesto que siempre hay alguien! Lo obreros (eventualmente) se irán. Si ese aerosol que tenemos sirve de algo (¡no saben cuántas veces mandé a mi esposo a rociarlo otra vez!) los mapaches también se irán.

Pero Dios, el Creador del mundo, siempre está aquí. Él observa mis acciones. Él escucha mis palabras. No es raro que me sienta vulnerable e insegura. Mis actos no siempre reflejan las metas que establecí para mí misma. Palabras e ideas de las que no estoy orgullosa se escapan de mis labios resguardados. Él observa. Él escucha. ¡Él está sobre mi cabeza! Aunque yo no use una kipá (¿Es por eso que necesito un techo roto y mapaches?), sé que Él está allí.

Sin embargo, a diferencia de mis visitantes nocturnos que aumentan mi ansiedad y contribuyen en gran medida a mi sensación de vulnerabilidad e inseguridad, esa no debería ser mi relación con Dios.

Aunque Su Omnipresencia debe afectar mis actos y darle forma a mis palabras, el miedo no es la reacción apropiada. En vez de sentirme insegura, debo sentirme segura, querida y amada. Dios quiere que tenga éxito. Él desea lo mejor para mí. Él es Quien me alienta con más fuerza.

Recordar que Él está sobre mi cabeza es una herramienta para cambiar mi comportamiento, pero también es una oportunidad para reconocer que constantemente alguien me presta atención, me cuida y me protege.

Escogí usar mi experiencia con los mapaches como una oportunidad para aprender una importante lección espiritual (Dios, ya que me estoy esforzando tanto por aprender… ¡por favor, no los mandes más!) e intento hacer lo mismo con el ruido diurno de la construcción.

En este mundo todo es una oportunidad de crecimiento, una oportunidad para reconectarse y profundizar nuestra relación con Dios. Incluso los obreros y los mapaches…