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Mi gran cumpleaños

Mi gran cumpleaños

Cada cumpleaños es una oportunidad para reflexionar y estar agradecido.

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Hace poco celebré mi cumpleaños. “¿Fue uno grande?”, preguntó alguien. “¿O el grande?”, inquirió otra. “No estaré en la ciudad para tu cumpleaños”, mencionó otra amiga. “Espero no perderme ese”.

Es muy agradable que la gente se interese y aprecio que quieran compartir la ocasión conmigo, pero las preguntas me hicieron pensar.

¿Qué diferencia hay si es o no un cumpleaños “grande”? ¿50 es más significativo que 49 o 51 porque tiene un 0? (¿Se lo creyeron? ¡Hace rato pasé los 50!). Cada año, cada día es un regalo. Cada cumpleaños es una oportunidad para reflexionar y para estar agradecido. No importa cuántos años uno haya acumulado.

De hecho, la única diferencia real en la cantidad de años debiera estar en nuestro nivel de gratitud. Mientras más hemos vivido, más tenemos para agradecerle a Dios. No es un logro; es Su generosidad.

Yo le pido a Dios que me conceda salud y energía para seguir siendo productiva; para enseñar, para crecer, para dar, para amar. Pero creo que ponemos demasiado énfasis en los números. ¡Los 60 no son los nuevos 50! Creo que esto se debe a nuestro propio miedo y ansiedad.

Es impresionante reconocer que ya pasamos más de la mitad de nuestra vida. Es aterrador hacer un recuento y ver los caminos que ya no podemos tomar. En mi opinión, todas las frenéticas celebraciones de los cumpleaños con “0” parecen mantener alejado el terror que todos sentimos (algunos apropiados y otros no).

Como ocurre cada año en Rosh Hashaná, debemos preocuparnos por usar nuestro tiempo con sabiduría. En verdad lo que importa no son los años sino lo que hacemos con ellos (De acuerdo, ¡también los años!). Quizás los cumpleaños de decenas son más una llamada de alerta (aunque intervalos de 10 años dan mucho tiempo para dormir entre medio); un claro reconocimiento del veloz paso del tiempo (tu madre te lo advirtió, ¿recuerdas?), un mayor ímpetu para actuar y cambiar antes de que sea demasiado tarde.

Pero, como con tantas otras cosas, la expectativa con frecuencia es emocionalmente más inquietante que el día mismo. Cuando llega ese cumpleaños tan esperado (o incluso cuando llega uno de esos más triviales), resulta ser sólo un día normal, con sus altibajos, desafíos y oportunidades. Quizás con un poco de introspección y la adición de algunos regalos.

Y está bien. Porque al igual que con todas nuestras festividades, lo que importa es la preparación. Como ocurre con los regalos, lo que vale es la intención. En este caso, nuestros propios pensamientos sobre quién queremos ser, qué hicimos hasta ahora con el tiempo que recibimos y cómo queremos usarlo en el futuro.

¿Fue este un gran cumpleaños? Sólo en el sentido en que todos lo son. Sólo porque cada día lo es. Porque cada momento es muy valioso, cada instante trae un nuevo desafío para crecer, cambiar y conectarnos con Dios.

No debería ser una celebración egocéntrica sino una celebración hacia el exterior, con expresiones de agradecimiento a nuestro Creador, a nuestros padres, a nuestras familias y a nuestros amigos. Y siempre es agradable un poco de pastel y helado...

25/10/2018

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