Me junté recientemente con una amiga a tomar un café. Esta amiga no vive cerca y fue un poco difícil llegar allá, pero no nos habíamos visto hace tiempo así que pareció valer la pena.

Llegué al lugar de encuentro un poco temprano y me senté afuera en el sol a disfrutar de mi bebida. Había solamente un poco de brisa y el aire estaba suave y agradable. Apareció un mensaje de texto en mi teléfono. “Estoy aquí”. Miré a mí alrededor. No la vi por ninguna parte, pero quizás ella todavía estaba estacionando su auto. Después de otorgar unos generosos cinco minutos de tiempo extra de estacionamiento le escribí de vuelta “¿En dónde estás exactamente?”.

Unos cuantos y más detallados mensajes revelaron que ella se había confundido y estaba esperando en otro lugar. Ella prometió agarrar su auto y “llegar en seguida”. Pero esto es Los Ángeles y nadie llega así de rápido…

Mi primer instinto fue enfadarme. Mi bronca interna comenzó a decir algo como esto: “Mi tiempo perdido. Mi valioso tiempo. ¿Acaso ella no se da cuenta?”. Y así. Ya saben como sigue…

Pero entonces entendí algo que me frenó de golpe.

Me he sentido agobiada últimamente. He estado anhelando un poco de tiempo de relajo, unas vacaciones. ¿Y cuál era el mayor componente de mi fantasía? Sentarme placenteramente cerca del mar a tomar una taza de café, sin tener adónde ir o qué hacer (¡a veces es bueno soñar en pequeño!).

Y a pesar de que faltaba el mar y el resto de mi día estaba muy ocupado, recibí una pequeña probadita de mis anheladas vacaciones. Recibí un relajante momento de pausa bajo el sol de verano.

Mi frustración fue reemplazada rápidamente con gratitud. Dios me había dado un regalo, unas (muy) pequeñas vacaciones, un pequeño impulso de energía (sin químicos involucrados) en la mitad de mi ajetreado día.

Cuando mi amiga finalmente llegó casi me dio lástima. Estaba feliz de verla, pero realmente había disfrutado de esa pequeña pausa de tiempo a solas.

También estaba satisfecha de que había tomado una situación potencialmente frustrante y la había reformulado para transformarla en una situación positiva. Y sorprendentemente, fue en realidad bastante fácil de hacer. Ahora que veo que mi actitud puede cambiarse con relativamente poco esfuerzo, espero que pueda hacerlo en situaciones más complicadas también…

Esta vez, en vez de transformarme en víctima, pude beneficiarme del descuido de mi amiga. Sólo fue necesario un pequeño cambio de perspectiva.