Mi bandeja de entrada está inundada de cartas pidiendo consejos para situaciones personales complicadas, para el matrimonio, para la educación de los hijos. El problema es que, en contra de las apariencias, a mí no me gusta dar consejos. Es demasiada responsabilidad. Es demasiado poder. Hay demasiadas variables y aspectos que desconozco.

¿Cómo puedo saber qué es adecuado para ti, para tu esposo o para tu hijo? Ni siquiera puedo afirmar con confianza que sé lo que es adecuado para mi propia familia, mucho menos puedo decidir sobre la tuya. El desafío es que, por mucho que queramos la respuesta perfecta, la vida está llena de misterios. No hay una respuesta “perfecta”; sólo hay lugar a nuestro mejor esfuerzo dadas las circunstancias.

Incluso cuando hacemos ese mejor esfuerzo, después de una cuidadosa investigación y mucho pensamiento, los resultados pueden no ser lo que deseamos. Porque todos los resultados están fuera de nuestro control; están en manos de Dios.

Por lo tanto, puedo darte pautas y sugerencias, puedo brindarte mi simpatía y empatía y quizás, a través de estas herramientas, aplicadas con amor, puedas resolverlo por ti misma. Pero… ¿consejo? Lo dudo. ¿Qué pasa si es erróneo? Aunque el resultado esté fuera de nuestro control, yo soy responsable por dar malos consejos. Eso me asusta.

Y creo que a todos debería asustarnos. Sí, Dios es el árbitro final de la vida de las personas, pero nunca debemos querer actuar como si controláramos las acciones de otros. Esto no es tomar responsabilidad; es renunciar a ella.

Hay una emocionante sensación de poder que pueden sentir los terapeutas (y algunos rabinos y maestros) cuando alguien acude a ellos para “resolver” sus problemas y deben resistirse a ella. Hay vidas reales en juego, emociones reales, personas reales.

Tengo un amigo que pasó una época difícil en su matrimonio. No son necesarios los detalles, pero es suficiente decir que la estaban pasando muy mal. Muchos de sus “amigos” le aconsejaron el divorcio. “¿Por qué debes seguir con ella?” le preguntaron sorprendidos. La presión era enorme y él estaba destrozado. La miseria en su matrimonio se veía agravada en vez de aliviada por los insistentes mensajes de sus amigos.

Él dio un paso atrás y trató de resolver las cosas por sí mismo. Decidió darle a su matrimonio otra oportunidad, trabajar más duro y comportarse con mayor compasión y comprensión. Esto ocurrió hace 15 años y hoy están felices preparándose para celebrar la boda de su hijo mayor.

Me estremezco (y estoy segura que él también) al pensar en la tragedia que hubiera ocurrido si él hubiese escuchado el “consejo” de todos esos amigos bien intencionados. Como siempre digo: si alguien te aconseja no casarte con esa mujer o divorciarte de ese hombre, recuerda que ellos regresarán a su casa y a su buena relación mientras que tú volverás a casa solo. Ellos no son objetivos ni tienen siempre en mente sólo lo que es mejor para ti. Nuestras propias motivaciones son demasiado complejas y no las conocemos por completo, ni siquiera para nosotros mismos. Por lo tanto, es ingenuo en el mejor de los casos y tonto y destructivo en el peor, imaginar que los demás tienen un mayor control o entendimiento de por qué actúan de la forma en que lo hacen o por qué dicen lo que dicen.

En consecuencia esta semana tuve que escribir algunas cartas dolorosas, explicando mi renuencia a dar consejo, en especial a extraños que viven a miles de kilómetros de distancia, cuyas vidas y preocupaciones apenas puedo empezar a imaginar y sobre cuyas elecciones sin duda no quiero tener ningún control. Fue difícil. Es tentador ser considerada la consejera “súper sabia” y la que “lo sabe todo”. Pero como dicen por ahí: “¿Quién murió y te convirtió a ti en Dios?”

Siempre estoy disponible a escuchar; pero, por favor, no me pidas que decida por ti. Puede ser tentador, pero en definitiva es tu vida y tu trabajo hacer lo mejor que puedas para escoger sabiamente y bien.

Ahora tengo que trabajar para aplicar esto en mi relación con mis hijos...