Hay un viejo chiste que es popular en esta época del año. Es algo así: “¿Cuál es la definición de najas? Cuando los hijos y los nietos vienen a casa para Pésaj. ¿Cuál es la definición de mejaia (dicha, alivio, placer completo)? ¡Cuando se van!”.

Es verdad que se siente cierto alivio al volver a ordenar la casa, barrer las migas, empacar todos los juguetes, pasar entre medio de montañas de ropa sucia y que la cuenta del supermercado vuelva a un rango relativamente normal. Pero yo no usaría la palabra mejaia. Más bien diría que es agridulce.

Es maravilloso decirles adiós a esos hijos que han construido sus propias vidas y sus propios hogares. Sin embargo, es difícil reconciliarse con la realidad de verlos a ellos y a sus familias esporádicamente a lo largo del año. Me alegra que sean adultos independientes (por lo menos casi siempre independientes) pero no me importaría que vivieran un poco más cerca. Así es como empiezo a pensar con anhelo en el shtetl, esas pequeñas aldeas como Anatevka en donde los padres y los hijos vivían cerca los unos de los otros y se veían con frecuencia y en un escenario más natural.

Es verdad que la nostalgia tiene que ser moderada por la realidad. No añoro los días de pogromos, de pobreza; los días previos a la penicilina y a las cesáreas… Ni siquiera los días antes de las computadoras y los iPhones. Aunque en nuestro mundo moderno hay muchas cosas por las cuales preocuparse, también hay mucho para estar agradecidos.

Pero no me molestaría sentir un poco el sabor de esa vida de shtetl. No me molestaría que mis hijos casados vivieran a una cuadra de distancia (de acuerdo, en la misma calle); que mis nietos pudieran entrar y salir de la casa (cuando yo no esté trabajando). No estaría mal no tener que viajar en avión para poder ver a mi familia y que cada ocasión no tuviera que ser un evento.

Quizás en esos pueblos sentimentales de antaño vivían muchas generaciones juntas en un mismo hogar. No creo que sea eso lo que añoro. Cada generación y cada momento en la historia tiene sus ventajas y desventajas. Yo necesito mi espacio y mi privacidad. Sin embargo, conozco personas de la comunidad judía que tienen eso que yo añoro: toda su familia vive cerca y pueden llegar caminando para cenar cada Shabat. No es que hoy sea imposible, sólo es más raro. Especialmente debido a las demandas económicas y a las facilidades de transporte. No tengo celos si alguien tiene una casa más grande o un auto más lujoso, pero si alguien tiene esta situación familiar me vuelvo prácticamente verde de envidia.

Hace poco dije Daieinu en el Séder, así que a pesar del tinte oliva de mi piel estoy feliz con lo que tengo en este mismo momento. Pero al despedirme de algunos de mis hijos y nietos que partieron en un avión, la casa limpia y la sensación de orden no son suficientes para enmascarar el dolor de la distancia. Y otra vez comienzo a soñar con Anatevka (¿Sabían que es una ciudad real? ¡El hijo de una amiga está ayudando a reconstruirla para su Bar Mitzvá!).

No creo que sea una mejaia cuando mi familia se va, aunque puedo sentir que las paredes de la casa respiran. Reconozco que no me gustaría que vivieran en mi casa todo el tiempo, pero si pudiéramos construir un complejo familiar en alguna parte… Nuestra propia pequeña Anatevka moderna, quizás sería la solución perfecta.