Alguien me contó un chisme realmente jugoso. Y me refiero a algo realmente jugoso. Me morí de ganas de llamar a mi esposo y contárselo. Incluso tenía todas las justificaciones listas: por qué era importante que él lo supiera, cómo eso validaba su perspectiva, cómo afectaba nuestras vidas profesionales y mucho más. Encontrar racionalizaciones para compartir información negativa es una habilidad en la que muchos somos expertos. Me moría por levantar el teléfono.

Pero había un problema (No, no la prohibición moral contra los chismes. ¡Les dije que había encontrado algunos justificativos!) Yo estaba en el auto con una amiga y pensé que era grosero ponerme a hablar por teléfono. Así que esperé durante nuestro largo camino de una hora, durante toda la cena con otras amigas (sí, mantuve mis labios sellados) y durante la hora de regreso a casa.

Por fin llegué a casa, exhausta. Finalmente llegó la hora de soltar la lengua, pensé y traté de recuperar la emoción original. Entré rápidamente a casa y descubrí algo interesante. El poder de lo “sucio” se había desvanecido. Ya no estaba tan emocionada. No era tan interesante ni irresistible como pensé en un primer momento.

¿Qué había pasado? Las “noticias” no habían cambiado. Pero el tiempo de espera había disipado su poder. Ya no era “necesario” compartirlo. Ya no estaba en la punta de mi lengua, muriéndose de ganas de salir.

Recordé una cita atribuida a Ben Sira: “¿Escuchaste algo? Déjalo morir contigo. Sé fuerte; no explotará”.

Frecuentemente sentimos que debemos contarle a alguien cierta información, porque es tan interesante, tan importante, tan emocionante (como ya dije, todos somos muy talentosos en el área de la racionalización). Nos convencemos que el tormento psicológico que sufriremos si nos quedamos con la información es tan intolerable que debemos compartirla.

Pero, ¿cuán a menudo es realmente así? ¿Qué pasaría si nos diéramos permiso de relatar el chisme pero con la condición de esperar un día antes de hacerlo? ¿Seguiríamos sintiendo la necesidad urgente de compartirlo?

Uno de mis maestros sugirió una prueba similar con respecto a la comida, en particular con las sufganiot. ¡Esto me interesó porque soy una gran fanática de las sufganiot! Él sugirió que si se desea limitar el consumo de sufganiot, es una buena idea comprar la sufganiá y esperar un día antes de comerla. En ese momento ya no estará tan fresca, gordita y húmeda (¡me dio hambre!) y por lo tanto será menos atractiva. Puede ser que incluso ya esté dura y no te tientes de comerla.

Creo que podemos aplicar esto a nuestro deseo de chismear. Cada vez que tengamos algo que simplemente debemos compartir, impongamos un período de espera de 24 horas. Veamos si la urgencia se desvanece, si la noticia ya no parece tan atractiva, si la hemos dejado atrás.

La motivación para chismear es muy fuerte. Tenemos que utilizar todas las estrategias disponibles para contrarrestarla. Me alegra decir que mi experiencia me ayudó a descubrir una técnica más.